llegan cartas

Para vos... rama del mismo árbol

Stella M. Gómez de Molini

DNI 10.863.107

Señores directores: Lleva en su alma, y en su todo, la hermosa vocación de ser maestra. Eligió la docencia con los ojos y el corazón, aprendió y vivió tanto, que en su mochila de la vida y del tiempo sólo caben buenos frutos. Comenzó en escuelas cercanas, en cada una dejó su sello, y a cada uno de sus alumnos, su enseñanza. El tiempo pasó y el destino, oportunista e irrespetuoso pero ¡muy sabio! no pidió permiso, ni siquiera preguntó, le dio el tiempo necesario para armar su valija y allá partió.

Podía contar con los dedos de sus manos los alumnos que la esperaban. Caritas curtidas por el viento. Manitas coloradas. Narices frías. Ojos de asombro. Miradas de amor. Pies descalzos. Ropa con hilos de tiempo: callados, vergonzosos, humildes.

Allí en medio del monte, la escuela. Erguida, con los brazos abiertos, demasiado grande, para tan pocos niños, con enormes ventanales, techos colorados, campos con escarcha, sol entre los árboles. De a poco se convirtió en cocinera, portera, “mamá” y esos niños se adueñaron de sus días y de sus noches, de su sueño y su despertar, de su risa y de su llanto. Temió la oscuridad de esa zona inhóspita, aprendió a convivir con el miedo a los ruidos extraños, los que le regalaban, sin avisar noches de insomnio.

Le costó ese desarraigo, aunque nunca develó el misterio, porque el amor a su vocación y a esos alumnos era más fuerte, y no estoy exagerando para nada.

Ellos aprendieron a leer, a escribir a, sumar, a cantar, a reír, a jugar con las simples cosas, a las escondidas, a la rayuela. Los días de lluvia animosos, con las manos y las caras llenas de harina hacían tortas fritas para acompañar el mate cocido. Inventaban juegos y así pasaban el tiempo entre risas y cuentos.

Pero... como todo comienza y termina alguna vez, llegó el tiempo del adiós. No quiso despedirse, metió en su mochila un cuenco de lágrimas, guardó en los bolsillos de su guardapolvo blanco todo lo vivido en ese tiempo, y se alejó casi en silencio, con el corazón roto, pero con la firme certeza de que allí dejaba todo.

Hoy, esperando su jubilación, siente en sus espaldas el peso del tiempo, pero estoy segura de que grabados a fuego lleva en sus entrañas los bellos recuerdos.

Y a sus alumnos, ¡todos! frutos maduros de una buena siembra, con el sol a cuesta y la lluvia fresca.