EDITORIAL

Oídos sordos

El shock fue grande. El multitudinario y multicausal reproche al gobierno de la Nación se hizo escuchar con una voz potente que superó cualquier pronóstico previo. Y el eco todavía resuena en los diversos ámbitos de la vida nacional.

 

Los protagonistas directos no imaginaron que la convocatoria -lanzada, reproducida y multiplicada por las redes sociales- iba a tener semejante efecto. Y no sólo en Buenos Aires, sino en las más importantes provincias de la Argentina.

Los analistas se vieron sorprendidos por un fenómeno que se amplificaba con el correr de los minutos. Las diferentes expresiones de la oposición no tuvieron tiempo de pescar ni una mojara en el río revuelto de la reacción popular. Y el gobierno nacional pasó del asombro al resignado registro del acontecimiento, con visiones diferenciadas que van desde la receptividad a la negación. Por fin, y como era previsible por los antecedentes, la presidente de la Nación le bajó a su tropa órdenes de generar una contraola.

A partir de ese momento, dirigentes polémicos pero veteranos, como Aníbal Fernández, cambiaron su discurso inicial, de tono reflexivo, por el lenguaje descalificador. Pero el que se llevó las palmas fue el siempre tenso Jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina, quien llegó a decir que la movilización del pasado jueves fue “la expresión de la oligarquía que quiere voltear a Cristina”. Desbordado por su bronca, hizo catarsis con palabras agresivas que lo hundieron en un pantano político.

El tamaño del dislate aumenta con las responsabilidades institucionales propias de su cargo. Por definición, la oligarquía puede caber en los salones de alguna importante corporación, pero es incompatible con las imágenes de decenas de miles de personas manifestándose en las calles y plazas del país. Confundir una genuina expresión de descontento popular con una acción “destituyente” de grupos oligárquicos, puede comportar una perversión conceptual, una mala praxis política o un caso clínico de blindada negación de la realidad. También, una mezcla de todas ellas.

Otra cosa que quedó en claro es que la figura discursiva de “la cadena nacional del miedo y el desánimo” que la presidente emplea a repetición se reduce a unos pocos medios que mantienen posiciones críticas respecto del gobierno y que son capaces de mostrar lo que la mayoría oculta.

En este sentido, el crecimiento geométrico de los fondos afectados al pago de la publicidad oficial se mostró el último jueves -ante los ojos de todos los argentinos- directamente proporcional al silencio de la enorme mayoría de los medios de comunicación audiovisual. En la Argentina no hay más voces, como prometían los mentores de la “ley de medios”; hay menos, muchas menos. Y el objetivo es apagar las que aun subsisten.

La única monumental corporación de medios que existe hoy en la Argentina es la que depende directa o indirectamente del gobierno y los recursos del Estado. Los márgenes para la libertad se estrechan. Pareciera no haber lugar para los 40 millones de argentinos que Cristina invoca con insistencia en sus frecuentes discursos.