En Familia

Se robaron el tesoro

Rubén Panotto

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La noticia sacudió las cabezas adormiladas de una ciudad que se preparaba para disfrutar de un domingo pre-primaveral, y más allá de la humana curiosidad por los detalles de un robo de película, la reflexión inmediata era saber quiénes fueron los afectados. ¿Sería algún familiar, amigo, o conocido? Toda situación de arrebato, hurto o apropiación compulsiva, sea de bienes o personas, deja una terrible sensación no sólo de miedo por el riesgo de vida, sino el sentimiento horrible de despojo y soledad que produce el hecho.

Resulta oportuno que reflexionemos sobre estos aconteceres que nos angustian, paralizan y crean en las mentes de niños y jóvenes la desesperanza de vivir en un mundo mejor y equitativo.

¿Qué le pasa al ser humano? ¿Qué nos pasa a los argentinos adultos, padres de familia y referentes de valores y virtudes milenarias? Algo importante no funciona. Algo valioso se ha corrido de la escena. Formamos parte de una sociedad bipolar, que a lo bueno llama malo y a lo malo bueno. Y así las estrofas del tango “Cambalache” de Discépolo se materializan en cada momento.

El despojo es privar a alguien de lo que tiene y goza, y desposeerlo de ello con violencia. Esta vez, estamos hablando de un despojo material y sentimental, ya que el ladrón no hace diferencia entre un billete y un recuerdo de familia. Quiénes más que los santafesinos sabemos lo que significa el despojo, en sus diferentes expresiones, rememorando la furia de la terrible inundación de 2003, que produjo pérdidas irreparables en vidas y pertenencias, llevándose consigo parte de la identidad de sus dueños. Cuántos más perdieron su vida por depresión y tristeza, al considerarse desposeídos, avasallados, y por qué no, interrumpidos en el desarrollo de su vida y su historia. ¿Se trata de una desdicha del destino?, ¿de erróneas decisiones estatales o personales? Tal vez podamos discurrir que se trata de una mezcla de ambas, sobre las cuales podemos trabajar para sobrellevar una vida digna y deseable.

Valor agregado

Benjamín Franklin ideó la frase: “El camino hacia la riqueza depende de dos palabras: trabajo y ahorro”, y también está el dicho popular “El ahorro es la base de la fortuna”, expresiones que delatan el resultado de una administración ordenada e inteligente. No obstante, la incierta e incontenible globalización ha dado paso a las más aviesas y detestables estrategias para que las riquezas y resultados financieros queden en manos de pocos, mientras el ahorro como valor agregado al esfuerzo personal quede desvirtuado y descalificado como recomendable costumbre, para transformarse en una presa del consumismo y del “compre ya”. Por otra parte, es dable considerar que aun quienes han dignificado el ahorro no tengan leyes que otorguen cobertura, ni instituciones que lo protejan, ni lugares seguros para evitar la rapiña. Hoy quien ahorra es blanco de, al menos, alguna sospecha de cómo ha obtenido su “tesoro”.

La verdadera riqueza

Se cuenta una historia de un sabio vagabundo que caminaba de pueblo en pueblo, pidiendo limosnas y repartiendo conocimientos en las plazas y los mercados del reino. Un día, se le acercó un hombre y le manifestó: “Anoche estuve con un mago muy poderoso, y me dijo que venga hoy aquí, a esta plaza. Me aseguró que me encontraría con un hombre pidiendo limosna, y que ese hombre me daría un tesoro que iba a cambiar mi vida para siempre. Así que cuando te vi me di cuenta de que tú eres el hombre, dame mi tesoro”. El vagabundo lo miró en silencio y metió la mano en su bolsa de cuero raído: “debe ser esto” -le dice- y le acercó un diamante enorme. Asombrado, el desconocido comentó “pero esa piedra debe tener un valor incalculable!”. “¿Sí? Puede ser, la encontré en el bosque”, “¿Cuánto tengo que pagar por ella?”, “Nada”. “¿Te sirve para algo?”, “A mí no me sirve para nada, no la necesito, llévatela”, “¿pero me la vas a dar así a cambio de nada?”, “Sí”. El hombre tomó la piedra y se fue. A la media hora volvió y le dijo al vagabundo: “Toma tu piedra y dame el tesoro”, “No tengo nada más para darte”, y el desconocido le contestó: “Dame la manera de deshacerte de este diamante sin que te sientas despojado”. En verdad, no es rico el que más riquezas posee, sino el que necesita menos.

¿No cree que hemos alterado el orden de los valores? ¿No le parece que la cultura del poder del dinero le ha robado el tesoro de la generosidad y equidad a nuestros niños y jóvenes? Hemos aceptado la vileza de que la reputación depende del saldo de la cuenta bancaria. Vemos jóvenes profesionales ya contaminados con la ambición de enriquecerse con el menor esfuerzo y en el menor tiempo; vemos adolescentes compitiendo en estatus según la marca de su vestimenta, y niños que no aceptan regalos que no sean los de última generación.

La recomendación del Maestro Jesucristo fue: “No acumulen para sí tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido destruyen, y donde los ladrones se meten a robar. Más bien acumulen para sí tesoros en el cielo, donde la polilla ni el óxido corrompen, y donde los ladrones no pueden robar”. También dice: “Nadie puede servir a dos señores, porque menospreciará a uno y amará al otro... No se puede servir al mismo tiempo a Dios, y a las riquezas”. El dinero es bueno si se usa con sabiduría, pero el amor al dinero es el principio de todos los males.

(*) Orientador Familiar

Se robaron el tesoro