De domingo a domingo
De domingo a domingo
La consigna es ningunear la manifestación popular y aumentar la confrontación
Hugo E. Grimaldi
(DyN)
La jefa de los halcones tiene que haber sido la que dio las instrucciones el jueves cuando llegó a Olivos desde San Juan, apenas repuesta del asombro por el conmocionante sacudón que había recibido el Gobierno esa misma noche, con la manifestación callejera de repudio a una decena de graves cuestiones de su estricta responsabilidad.
Está claro que nadie en el entorno de Cristina Fernández se hubiera atrevido a moverse sin su venia, mucho menos en un sentido tan confrontativo como el que expusieron el viernes sus voceros: reforzar como estrategia la apelación binaria del “ellos o nosotros”, es decir contraponer a los que se visten bien y se van a Miami con el actual modelo nacional y popular.
Lo que surge de los dichos oficiales de las últimas horas es que la presidenta de la Nación ha optado por hacer aún más intransigente su discurso, fulminar a quienes osaron salir a la calle en contra de su proyecto político y empezar a pensar en una contramarcha que pusiera en la Plaza de Mayo a miles de militantes que demostraran adónde está la verdad.
¿Qué le contaron y qué no le dijeron a CFK para que resolviera redoblar la apuesta, con los riesgos de un mayor desgaste aun ante muchos justicialistas que conocen sus territorios mejor que nadie?
Por lo que surge de los dichos de quienes hablaron en su nombre, seguramente a la Presidenta se le transmitió toda la verdad, ya que nadie se pone tan nervioso si no tiene en claro que la cosa fue muy grande y las demandas, muy profundas.
¿Una caterva de bienudos y señoras gordas?
El problema para Cristina, algo habitual en la política, es saber si, tras el grado de contundencia de la movilización y el cacerolazo, con la radicalización que parece que se viene su gobierno, ha tomado el camino correcto y si lo que ha decidido no la debilitará en el futuro aún más entre las capas medias de la sociedad, muchas de ellas votantes del PJ y quizás de ella misma en 2011.
Cuando cegado por los desafíos redobló la apuesta, nunca le fue bien al kirchnerismo. Las instrucciones que salieron de Olivos fue avanzar en el ninguneo de la movida porteña, sin consentir que se trató de un fenómeno nacional, a partir de un discurso que transmitió algo así como que los pocos que fueron a la Plaza de Mayo eran una caterva de bienudos y señoras gordas que provenían del Barrio Norte y Recoleta, los mismos que se oponen a la distribución que propugna el modelo, quienes, molestos porque no pueden comprar dólares ni viajar al exterior, apenas lograron cubrir un cuarto de la Plaza de Mayo, ya que dejaron hasta el césped sin ocupar.
Fue tan denigratoria toda esta visión de la concurrencia que hizo el jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina, Luis D’Elía y Estela de Carlotto, entre otros, que a más de uno le hizo acordar cuando la oposición habla de los micros, el choripán y la plata que se le pone en el bolsillo a quienes concurren a los actos kirchneristas.
Raro, porque en su confusión, lo que expresaron provocativamente los portavoces del Gobierno no fue nada más ni nada menos que la tradicional visión “gorila” de desprecio hacia las manifestaciones populares.
Lo objetivo es que, caóticamente y sin un orden preciso de prioridades, quienes caminaron por media Buenos Aires para llegar a la Plaza de Mayo y canalizar allí su bronca por los atropellos que dicen sufrir, reclamaron esa noche al Gobierno por temas muy urticantes y en paralelo, a la oposición, para que se ponga a la altura de las circunstancias.
¿Es frívolo querer vivir en libertad?
Las demandas puntuales a las autoridades fueron por mayor seguridad, más institucionalidad (no a la reforma de la Constitución y no a la reelección permanente), menos inflación (y menor presión impositiva) con la cuestión de la burla a los $ 6 por día como estandarte y un menor avance estatal, sin tanta chavización del Gobierno.
Y con respecto al tema del cepo cambiario y a la restricción de viajes al exterior, que los comunicadores gubernamentales agitaron como la motivación principal de la movida, en verdad la demanda que incluía ese ítem no fue tan frívola como se la presentó, sino referida a un valor supremo que no tuvo tanta prensa, pese a ser clave: más libertad.
Entre tantas quejas de fuste, la consigna que prevaleció fue “no tenemos miedo”, aludiendo a la frase que la propia Presidenta disparó hace poco que se convirtió esta vez en un eslogan tan fuerte, casi un desafío que hasta se cantó con una música muy grave que resonaba desde un camión en la Plaza de Mayo, como aquel otro de 2001: “Que se vayan todos”.
En cuanto a la composición social de la marcha y a la cantidad de personas que salieron a la calle, vale hacer algunas precisiones producto de la visualización periodística, francamente alejadas del relato oficial. Los ciudadanos que resolvieron expresarse en la Capital Federal eran en su mayor parte de clase media y de clase media alta, muchas familias, gente mayor, jubilados, profesionales y un grupo muy amplio de ellos, jóvenes, quizás estudiantes, pero también empleados en busca de una mejor movilidad social ascendente.
Canal 13 y TN sobre todo, transmitieron en vivo desde una docena de lugares en todo el país, mientras que la “cadena del ánimo” de los canales amigos ignoraba olímpicamente el tema, casi como ejemplo de lo que puede ser la regimentación de la opinión y la mordaza informativa, si algún día la Ley de Medios se aplica tal como ha sido pensada. Cuánta plata tira a la basura el Estado en canales que nadie ve y en diarios que nadie lee. Al menos, si no se lo quiere plantear desde la eficiencia, una rémora de los ‘90, habría que pensarlo desde lo sociopolítico: no hay quien pueda con el humor social, ni siquiera los gobiernos controladores, ya que los estados de ánimo colectivos son previos a la acción de los medios y no posteriores.
Una movida que esta vez fue contundente no sólo por lo que se observó en el Centro porteño, en Córdoba, San Miguel de Tucumán, Rosario o Neuquén, sino porque también hubo caceroleros activos frente a la quinta presidencial, en Olivos, Posadas, el barrio de Boedo, Avellaneda, Tapalqué y Banfield. Fue todo tan anárquico que lo que ocurrió el jueves tampoco tuvo conductor como en aquellos tiempos fue la Mesa de Enlace, sino que los vecinos salieron a la calle en muchos casos atraídos por el golpeteo de otras cacerolas, como en aquella noche de diciembre del año 2000, sin redes sociales por entonces, cuando comenzó la escalada de hechos que se llevaron a Fernando de la Rúa de la Presidencia.
Una oposición que sólo sabe chupar caramelos
Ahora, el gran desafío será canalizar el sentimiento de queja de toda esta franja de atribulados ciudadanos hacia los partidos y demás instituciones de participación y habrá que ver cómo hacen los jugadores profesionales de la política para responder a las demandas.
Muy bien no les ha ido a los opositores hasta el momento, ya que mientras el cristikirchnerismo trabajaba durante los últimos meses en todo el país con todas sus organizaciones movilizadas a nivel de las bases casa por casa y escuela por escuela, los opositores se dedicaron a comerse cuanto caramelo se les tiró para provocarlos y a discutir en abstracto, lejos de las necesidades de la gente.
Desde el lado del Gobierno, tampoco los meses que siguen serán un paseo y más allá de su inveterada costumbre de echarle la culpa a los demás, la economía está renga y no por culpa del mundo, precisamente. Si una marcha sigue a la otra para ver quién mete más gente en una plaza es probable que la situación se complique también desde lo político.
Aún si la Presidenta gana tiempo y la protesta se deshilacha, siempre la situación quedará larvada, hasta que, si no hay correcciones, en algún momento vuelva a saltar.
Cuando nada lo hacía prever, cuando los funcionarios se negaban a hablar de inflación y de inseguridad y se discutían la reforma constitucional, el voto a los 16 años, las cadenas nacionales, la tapa de la revista Noticias, cuestiones de la Justicia cercanas a la política, las peleas o las treguas de Daniel Scioli con la Casa Rosada, la continuidad de Hugo Moyano en la CGT o la cuadratura del círculo, el jueves pasó de sopetón algo que va más allá de toda esta coyuntura y que obliga al universo de la política a tomar debida nota. De abajo para arriba, los manifestantes marcaron la cancha, le pusieron límites al Gobierno y obligaron a la oposición a reflexionar. De ahora en más, no habrá tiempo para los desentendidos. “Quien quiera oír que oiga”.
Lo que expresaron provocativamente los portavoces del gobierno, denigrando los reclamos nacionales de esta semana, no fue nada más ni nada menos que la tradicional visión “gorila” de desprecio hacia las manifestaciones populares. Foto: EFE