La vuelta al mundo
La vuelta al mundo
El otro rostro de la primavera árabe
Rogelio Alaniz
Ahora la noticia no es la lucha contra los déspotas orientales -si es que alguna vez esa lucha existió en serio o por el contrario, no fue otra cosa que un ajuste de cuentas entre corruptos y religiosos de diferentes facciones- sino la movilización contra embajadas y consulados de EEUU. Hoy las crónicas relatan episodios ocurridos en Bengasi, Karachi y El Cairo con sus secuelas de heridos y muertos. Todavía no hay un estudio detallado sobre la composición de esas movilizaciones, pero nadie debería extrañarse de que sus integrantes -por lo menos una porción significativa- no son diferentes a aquellos que los periodistas occidentales calificaron, con su habitual ingenuidad, como protagonistas de una sugestiva y sospechosa “primavera árabe”.
El gobierno de Estados Unidos, en plena campaña electoral, ha enviado marines para reforzar la seguridad en todas sus embajadas. Asimismo, el presidente Obama prometió que no habrá impunidad para los responsables de las muertes del embajador Chris Stevens y sus principales colaboradores. Por su parte, los jefes políticos de Libia y Egipto, manifestaron su pesar por lo sucedido, mientras las manifestaciones antinorteamericanas se expanden por toda la región. ¿Alguien cree en la sinceridad de sus condolencias? Sí. Occidente.
En el camino, un embajador fue asesinado. Según los entendidos, desde 1979 que no es muerto un diplomático norteamericano. Siempre en la línea de las estadísticas, Stevens es el sexto embajador en el siglo veinte que pierde la vida cumpliendo con su deber. En el caso que nos ocupa, se trata de una persona de cincuenta y dos años que antes se había desempeñado en Riad, Jerusalén y Damasco. O sea, que se trataba de un cuadro político experto en Medio Oriente, un personaje que no se por qué me recuerda a “El americano impasible”, de Graham Greene.
En Libia, Stevens tuvo un protagonismo interesante durante la guerra civil. Las ironías del destino lo llevaron a morir en Bengasi, la ciudad donde movilizó sus influencias -que no eran pocas- para inclinar la balanza a favor de los rebeldes. Su muerte, ¿fue un accidente o un acto deliberado? Por lo que se puede saber, el crimen fue planificado. Al Qaeda se hizo responsable de lo sucedido, pero a esta altura de los acontecimientos, eso es apenas un detalle.
Como para que nada faltara a esta suerte de cambalache político, algunos intelectuales y dirigentes consideraron que la responsabilidad de lo sucedido la tiene Estados Unidos por su tradicional política imperialista en la región y, sobre todo, por haber autorizado la edición de un video donde Mahoma es atacado con imágenes groseras y ofensivas. Según este punto de vista, los fanáticos son inocentes y, si se quiere, justicieros, ya que responden a un ataque contra sus símbolos sagrados. La situación podría resumirse con la siguiente consigna: un chiste, una muerte; una crítica, un incendio.
Conviene prestar atención a estas consideraciones, porque pareciera que los enemigos de Estados Unidos le reclaman que para ser correcto con el mundo musulmán, debe aplicar la censura.
Los mismos voceros en su momento pusieron el grito en el cielo cuando Salman Rushdie publicó su libro “Versos Satánicos”, motivo por el cual los ayatolás de Irán lo condenaron a muerte. La conclusión era obvia y perversa: los malos no eran los religiosos, sino el escritor que los había ofendido. La reacción de los fanáticos no fue diferente cuando en un seminario universitario celebrado en Alemania, el Papa hizo algunas referencias tibiamente críticas a la religión musulmana. La respuesta de los hijos de Alá fue elocuente: se incendiaron iglesias católicas y dos monjas fueron asesinadas. Dos frases fuera de lugar y dos muertos. ¿Quién responde por ello? Nadie. ¿Quién tiene la culpa? El Papa, por supuesto. Los fundamentalistas también salieron a matar y quemar cuando un diario de Dinamarca se tomó la licencia de autorizar unas inofensivas caricaturas, no muy diferentes a las que habitualmente se hacen contra las iglesias cristianas en Occidente. ¿Quiénes fueron los responsables de todo? Los dibujantes.
Lo interesante y patético, es que estos razonamientos exculpatorios del crimen, no provienen del mundo musulmán, sino de Occidente. Son los que aconsejan que se clausuren los diarios que hacen chistes y son los mismos que se opusieron a que se levantara un monumento contra un pintor holandés asesinado por un musulmán psicópata, porque -según ellos- el homenaje acentuaría la división social. Estos razonamientos, no son muy diferentes a los que -por ejemplo- ante una violación sexual le reprochan a la mujer usar pantalones demasiado ajustados o polleras provocativas. ¿Y el violador? Una víctima.
En todos los casos mencionados las reacciones fueron desmesuradas, salvajes. Un chiste o un libro con afirmaciones críticas y los caballeros responden con asesinatos, incendios y sacrificios. En el caso que nos ocupa, se trata de una película mediocre titulada “La inocencia de los musulmanes”. El adefesio fue filmado por un ex presidiario, un personaje prontuariado por estafas y delitos contra la propiedad. Se trata de Nakoula Basseley Nakoula, quien en estos momentos está protegido por el gobierno de Estados Unidos, no porque sea una bellísima persona, sino porque las leyes de ese país no encarcelan a una persona que filma una película, como tampoco permiten que lo ejecuten en la calle en nombre de Alá, como en su momento lo hizo un fanático musulmán en Holanda contra el director de cine Theo van Gogh.
La película que motivó el escándalo es un pasquín miserable, una producción mediocre y sucia hecha por un personaje despreciable. El adefesio, ¿autoriza que miles de manifestantes salgan a la calle a destrozar embajadas y consulados, por una película que los funcionarios norteamericanos se enteraron de que existía después de que los fanáticos se convocaron para hacer justicia por su propia mano? ¿Puede una nación ser responsabilizada por la barrabasada de un inadaptado o un loco? ¿Debe una nación modificar sus leyes constitutivas y liquidar la libertad de expresión, para impedir que los fanáticos musulmanes se enojen?
Es probable que dentro de una semana la calma haya regresado a Medio Oriente. No obstante ello, a nadie se le escapa que el día de mañana habrá un nuevo pretexto para los incendiarios. El tema merece ser pensado porque pone en evidencia algunas contradicciones que Occidente -por designarlo de alguna manera- no está en condiciones de resolver, salvo que renuncie a sus propios valores.
La otra variable a pensar, tal vez la más realista, es que para los fundamentalistas Occidente es Satán y cualquier pretexto siempre será bueno para movilizar a sus fieles. Si así fuera, el tema se complica, porque ante esa estrategia no hay políticas de distensión o apaciguamiento que valgan. Estados Unidos y Europa están condenados de antemano y, por lo tanto, la única alternativa que les queda es prepararse para bien morir.
La pregunta de fondo a hacerse en estos casos, es si los fanáticos musulmanes y sus variantes terroristas son una ínfima minoría o representan algo más. El pensamiento políticamente correcto aconseja encuadrarlos dentro de las categorías de minorías insignificantes ¿Es así? Más o menos. Considerarlos minorías tranquiliza y habilita políticas de alianzas con otros actores. La “ficción” es operativa en la coyuntura, pero dudosamente realista en el mediano y largo plazo. Veamos. Si se considera que los musulmanes son casi dos mil millones de personas en el mundo, una minoría del uno por ciento representaría alrededor de veinte millones de personas. Porcentualmente son pocos, pero numéricamente con mucho menos Hitler hizo lo que sabemos.
Los estudiosos en estos temas, consideran que las relaciones que se articulan entre el círculo inevitablemente reducido de terroristas con los simpatizantes, aliados y personas que no se suman a sus filas pero consideran que sus reclamos son justos, están aceitadas y son muy fluidas. Al respecto, no se debe perder de vista que esas supuestas minorías, trabajan sobre sentimientos arraigados en pueblos atrasados, ignorantes, sometidos a la pobreza y la alienación religiosa, por lo que la propaganda contra Estados Unidos y Europa, la crítica contra la modernidad y sus conquistas democráticas, cuentan con la adhesión de amplias plateas.
El odio contra Israel -por ejemplo- es mayoritario, del mismo modo que es mayoritario el odio contra la religión cristiana. En términos prácticos, estas verdades deben relativizarse, porque semejante problema no se soluciona por vía militar, pero -bueno es saberlo- tampoco se solucionan negando la realidad, mirando para otro lado o insistiendo con fórmulas que ya fracasaron.
Obama apenas asumió el poder abrió el diálogo con el mundo musulmán. Correcto y animoso, intentó tomar distancia de Israel y se comprometió a retirar los soldados de Irak. Cuatro años después los hechos están a la vista. Ninguna de sus propuestas dieron resultado. Las buenas intenciones y la corrección política suelen montar en el paisaje espejismos agradables. El drama se presenta cuando se confunde al espejismo con la realidad o se descubre con cierta tardanza que los brillos del horizonte no son las luces del futuro, sino el resplandor del alfanje y la cimitarra, porque, como bien se sabe, “no hay más dios que Dios y Mahoma es su profeta”.
Ataque al edificio del Consulado estadounidense en Libia, en el que falleció el embajador y sus principales colaboradores. Stevens tuvo un protagonismo interesante durante la guerra civil. Las ironías del destino lo llevaron a morir en Bengasi, la ciudad donde movilizó sus influencias para inclinar la balanza a favor de los rebeldes. Foto: EFE