Entrevista a Hugo Beccacece

El acento en la belleza

En “Pérfidas uñas de mujer” (Edhasa), Hugo Beccacece reúne una colección de veinte artículos publicados en varios medios periodísticos a lo largo de los últimos años, más dos inéditos: “Los pasos tan temidos”, sobre la vida y obra del director italiano Luchino Visconti, y “Pérfidas uñas de mujer”, de carácter autobiográfico. Son, como el subtítulo lo indica, “ensayos sobre cine, literatura, arte y estilos”, temáticas que Beccacece conoce a fondo y que logra articular a través de una prosa elegante y discreta, allí donde la información y la reflexión se amalgaman en perfecta armonía.

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Marlene Dietrich, según Alberto Vargas.

 

Por Augusto Munaro

—¿Cómo entraron en su vida el teatro, el cine y la literatura?

—Mi formación se hizo casi sin darme cuenta. Mi familia no tenía una tradición de cultura literaria. De chico, iba mucho al cine. También escuchaba muchos radioteatros o radionovelas que, con frecuencia, eran adaptaciones de obras clásicas de la literatura. Así fue como muy temprano sabía de la existencia de obras como Guerra y paz o Ana Karenina, de Tolstoi. Y cuando algunos parientes me regalaban unos pocos pesos, me compraba libros de la editorial Tor. Los devoraba sin hacer caso al canon literario del que ignoraba todo. Dumas, Los hermanos Karamazov y Crimen y castigo, de Dostoievski, ¡a los 10 u 11 años! Por supuesto, eran las adaptaciones de Tor, pero eso me llevó pronto a las buenas ediciones.

—¿Dónde cursó el secundario, Hugo?

—Cursé el secundario en el Nacional Buenos Aires. Recuerdo que un día, un reconocido profesor de literatura, Guillermo Ara, nos pidió, medio indignado por nuestra ignorancia, que nombráramos a grandes autores de la literatura universal. Alguien dijo “López de Vega”. Y él respondió con desprecio: “Si usted quiere...”. Nadie se atrevió a decir nada más, salvo un compañero que, con timidez (provenía de una familia muy culta), musitó: “Marcel Proust”. Ara dijo: “Ése sí es un gran escritor”. Anoté el nombre y quiso la casualidad que unas semanas después, en una librería de viejo de la Avenida de Mayo diera con Los placeres y los días. En 1960, hicimos con mis padres un viaje a Italia, Francia y Suiza. Pasamos por París. Y allí me compré À la recherche du temps perdu, en la edición de La Pléiade. Ése fue un hito en mi vida.

—¿Y luego?

—Después ingresé en la Facultad de Filosofía y Letras y tuve como profesora de literatura a la maravillosa Ana Barrenechea, que nos introdujo en el mundo de Virginia Woolf, de Cortázar, de Borges, de Joyce, en el nouveau roman. No estudié letras, sino filosofía. Pronto empecé a trabajar en periodismo.

—¿Dónde?

—Al principio, en la revista femenina Claudia, donde tenía como compañera de redacción (era mayor que yo) a la gran poeta argentina Olga Orozco. Otro de los privilegios de haber nacido después de la Segunda Guerra fue haber visto el mejor cine europeo a medida que los films se daban. Recuerdo el estreno de La dolce vita, de Fellini. La cola para la primera función era interminable porque, como la censura era muy fuerte, se temía que la prohibieran en la segunda función. Por suerte, no ocurrió. Yo la vi en la primera función.

— “Pérfidas uñas de mujer” trata sobre el mundo de las artes y sus estilos con minuciosidad. La estética constituye, por lo tanto, uno de los núcleos capitales de su libro. Hay una cita que usted incorpora, muy sugestiva por cierto, de August von Platten, y que reza: “Quien ha contemplado la belleza ya está destinado a la muerte”...

—Cuando se habla de belleza, es difícil ponerse de acuerdo con lo que uno entiende por tal en arte, y aun en la vida. La belleza clásica es un tipo de belleza. Todos creemos saber cómo es una mujer o un hombre hermosos. Y, sin embargo, puede atraernos alguien que no responde a los cánones de rasgos regulares, proporciones griegas, etc. Greta Garbo y Rita Hayworth eran hermosas de modo distinto; Bette Davis no era hermosa, sin embargo era irresistible. La tradición acerca de estos temas en arte habla de la confluencia de la belleza, de la verdad y el bien. James Joyce se refería a esa tradición tomista. Hay algo en esa concepción con la que coincido, en parte. Es difícil no pensar que la verdad y la belleza se identifican, pero entonces “belleza” es algo especial. Por ejemplo, cuando uno ve una pintura de un expresionista alemán, lo más probable es que la imagen sea “fea”, hasta desagradable, sin embargo nos parece “hermosa”, para simplificar, por lo que “expresa”, por la “verdad” a la que llega, a fuerza de intensidad. La intensidad es algo que conmueve profundamente. Creo que lo bello está muy ligado en arte al deseo y, concretamente, al deseo sexual.

—Lo bello, lo armonioso; un concepto que tiende a mutar con el correr de los siglos, ¿verdad?

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Hugo Beccacece. Foto: Milos Deretich

—Creo que la belleza no es hoy un ideal al que uno se quiere acercar como si se acercara a un modelo preestablecido a la manera platónica, sino más bien algo que se crea, se inventa y, por lo tanto, esa “belleza” está unida al descubrimiento, a la revelación de un aspecto nuevo, distinto, de la realidad entendida en su sentido más amplio que incluye lo imaginario, el ámbito infinito de la fantasía. Uno dice sin dudar que es bella una escultura de Miguel Ángel, ahora bien, ¿uno dice que es “bella” una escultura de Louise Bourgeois? Uno dice que es bella una escultura de Antonio Canova, la “Paulina Bonaparte”, por ejemplo; y también dice que es bella una escultura de Giacometti. Sin embargo, no se les puede aplicar el mismo criterio de belleza. Se me ocurre que hoy la palabra “bello” en arte confunde más que aclara. Es un tema muy complejo para tratarlo en una respuesta de pocas líneas.

—Uno de los ensayos inéditos que integran el libro, “Luchino Visconti, los pasos tan temidos”, es un completísimo fresco sobre el director italiano. Alcanza casi el centenar de páginas en donde usted cubre no sólo su vida apasionada, sino también su filmografía completa con una pericia de cinéfilo consumado. Ahora bien, he leído varias biografías del realizador, como las de Schifano y Servadio; pero en ninguna me crucé con frases cuyo lirismo genere un clima teatral de ensueño y desvarío poético. Me refiero a que su fraseo por momentos encarna la propia visión de Visconti. ¿Le preocupa el estilo a la hora de compenetrarse en su modo de escribir?

—El estilo es algo que uno tiene sin que se dé cuenta. Nunca me preocupé por tener un estilo particular. Sí, en cambio, por ser claro. Soy periodista desde muy joven. Para un periodista, la claridad es fundamental. Y también busqué que mi prosa tuviera cierto ritmo, cierta musicalidad. Ahora bien, cuando uno escribe textos literarios, a veces, para ser claro tiene que ser oscuro, y perdón por la paradoja. Lo que quiero decir es que, para lograr ciertos efectos expresivos, uno no debe mostrar las cartas desde el principio.

—Algunos de estos valiosos ensayos, lo tuvieron a usted en el lugar de los hechos, inclusive hablando con los mismos protagonistas. Pienso en el caso del vestuarista y escenógrafo Piero Tosi. ¿Alguna vez pensó en escribir un libro de memorias, Hugo?

—El título de mi libro Pérfidas uñas de mujer es, a la vez, el del último ensayo del volumen. En realidad, se trata de un recuerdo de mi niñez y, en ese sentido, podría tomarse como una parte de mis memorias no escritas... todavía.

—Estoy seguro de que anécdotas no le faltarán.

—Por mi trabajo, conocí a muchas personalidades muy interesantes, de la Argentina y del extranjero. Cuando empecé a circular en el medio literario y artístico los escritores tenían ellos mismos calidad de personajes novelescos, más allá del valor de sus obras. Piense en Borges, Silvina Ocampo, Manuel Mujica Lainez, José Bianco, Luisa Mercedes Levinson, Beatriz Guido, Silvina Bullrich, Marta Lynch e infinidad... El primer personaje importante que conocí fue Victoria Ocampo, en Mar del Plata, en 1962 ó ‘63. Yo tenía 21 años. Acercarse a ella era lo más fácil del mundo. Bastaba hablarle y no ser aburrido. Escribir memorias tiene una dificultad: hasta dónde se puede contar sin herir a otros y, detalle no menor, sin tener problemas legales.

—Aparte de Marcel Proust, ¿podría nombrar dos autores que lo han acompañado siempre?

—No podría limitarme a dos nombres. Según aquello en lo que esté trabajando, o según mi estado de ánimo, le citaría casi al azar, a Joseph Conrad, Joseph Roth, Henry James, Evelyn Waugh, Somerset Maugham, Balzac, Stendhal, Barbey d’Aurevilly. Y me interrumpo, porque cada uno de esos nombres podría ser reemplazado por otro que me entusiasma del mismo modo. Sólo hay hasta ahora un nombre al que le doy preferencia por sobre todos: Proust.