Homenaje al poeta

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Rubén Sevlever. Foto: Archivo El Litoral

Por Jorge Isaías

“Poemas elegidos y otros escritos”, de Rubén Sevlever. Ediciones UNL, Santa Fe, 2012.

Hay hombres a los que nunca se recuerdan, hay hombres que son recordados muy de vez en cuando, y hay hombres a los que se recuerda siempre. Éstos son los necesarios, éstos son los que han servido a otros en su paso por la vida. Y a éstos últimos pertenece el poeta Rubén Sevlever.

Dueño de un tono bajo, de un perfil aproximándose todo lo que podía a lo desapercibido, no le eran ajenas las discusiones cuando de arte se trataba y defendía sus convicciones con una pasión tan firme que asombraba a quienes no le conocían esa faceta.

Su andar algo abstraído entre los hombres y las mujeres era una prueba para mí de que esa concentración y ese ensimismamiento escapaban al resto de los mortales pero no los ignoraba.

De estas distracciones Juan José Saer me refiere una anécdota. Cierta vez baja de Santa Fe a visitar en la pensión de la Cortada Barón de Mauá donde Rubén vivía en sus épocas de estudiante.

En esos tiempos -siempre según el relato de Saer- Sevlever incursionaba en la pintura y había que esconderle las camisas, sobre todo las ajenas, ya que limpiaba el pincel con el primer género que encontraba.

Una mañana antes de salir Rubén para su trabajo, él se afeitaba en la punta de una gran mesa, mientras en la otra Saer tomaba su café y fumaba. Estaba tan concentrado en la tarea del afeite, que mientras mojaba la brocha en una taza y lavaba la máquina allí mismo, al finalizar se tomó el contenido antes los ojos atónitos de Saer, quien terminó el relato diciéndome:

—Sevlever es el primer poeta que se tomó sus propias barbas.

Hay otras anécdotas donde fui testigo como empleado de su librería. Iba con los viajantes a hacer los pedidos, sin embargo, ese aire abstraído no lo impugnaba para ayudar a los demás como dijo el amigo Antonio Cofré, y yo puedo dar prueba palmaria de ello. Antonio integró las “huestes arianas” también, como le habría agradado decir a Rubén. Es sabido que ciertos poetas tienen sus filiaciones, es decir, su aire de familia, y sus escrituras en algún punto se juntan, se encuentran tal vez en aquello que Borges denominaba “una estética”.

Como no podía ser menos, el poeta Juan Manuel Inchauspe, quien había dicho que la palabra debe ser trabajada en el tiempo, era un admirador incondicional de Sevlever, como también lo era de aquel otro grande, es decir, Raúl Gustavo Aguirre, el mismo que escribió: “En ese supremo instante en que salto o me pudro”.

Ese aire de familia, esa casi complicidad donde sin dejar de lado sus singularidades, que sólo logran los grandes poetas, pueden ser reconocidos por su manera de plantarse ante la poesía y la vida con la misma coherencia incontrastable.

Hoy venimos a celebrar, gracias al Centro de Publicaciones de la UNL, sus escritos inéditos, que él habrá revisado seguramente en incontables relecturas y aun reescrituras.

Hoy seguramente será un día para recordar, porque no me queda ninguna duda de que estos textos integrarán más temprano que tarde el caudal vivo de la poesía argentina.

Como fue antes, con sus libros anteriores, cuando su paso lento y querido era visto por nosotros como una prueba de que la poesía podía encarnarse en ese hombre empecinado en cultivar el más bajo de todos los perfiles, convencido de que la palabra y su trabajo paciente y ponderado era lo verdaderamente importante.

Desde Posadas, mi amigo, el arquitecto Cárdenas, el inefable Negro a quien conocí en Aries en nuestras épocas estudiantiles, me escribió estas palabras, que cito: “En cuanto a mí, me enseñó el valor del silencio que no aprendí, quizás no quise o no pude. A buscar libros también me enseñó”.

Para concluir este homenaje que no paga la deuda al amigo, diré que siempre quiso pasar desapercibido, tanto que eligió para morirse el último día de enero, a última hora de la tarde.

Una semana antes, lo vi desde un ómnibus. Iba vestido de bermudas azules y zapatillas, caminando distraído entre la gente.