Edición del Jueves 02 de mayo de 2013

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Almeyra - Edición Impresa - Artes y Letras

Almeyra

Almeyra

Hebe Uhart en Santa Fe. Foto: Pablo Aguirre

Desde hace varios años, la deslumbrante cuentista Hebe Uhart (y novelista, a juzgar por “Camilo asciende”) se ha dedicado a viajar y escribir notas de viajes, que son a la vez crónicas de personajes y situaciones, a la manera de las crónicas (admiradas y traducidas por Uhart) que escribían para los periódicos los mejores escritores brasileños de las décadas pasadas. A libros como “Del cielo a casa”, “Turistas” y “Viajera crónica”, que recogen esos curiosos textos, se suma ahora “Visto y oído”, publicado también por Adriana Hidalgo. De estas nuevas crónicas de viaje (en la que Santa Fe y sus amigos santafesinos ocupan un lugar especial) transcribimos uno de sus tramos.

 

Por Hebe Uhart

Almeyra queda a 130 kilómetros de Buenos Aires, y 30 son con camino de tierra, porque una parte de la población quiere asfaltar y la otra se niega. Se niegan porque temen que vengan en caravana desde Buenos Aires todos los ladrones, violadores y secuestradores que ven por TV. Los secuestradores y ladrones se desalentarían ante esa parte de tierra. Cuando pasó un camión regador, o alisador, una nube nos cegó en el auto: íbamos a visitar a una pareja recién jubilada que quería el descanso, la tranquilidad y algo así como el comienzo de una nueva vida. El pueblo tiene 300 habitantes, de lo más variado; no todos viven en el casco urbano. Casco urbano es un decir: hay unas casas espaciadas alrededor de la plaza, donde estaba también la que visitábamos, una capillita, un mercado, y en la vieja estación, una biblioteca. La casa de los amigos de mi amiga es un chalet con un parquecito adelante y bastante fondo. Dije que quería recorrer el pueblo sola, para no contaminar la mirada, imbuida de lo que los romanos llamaban “La importancia del asunto entre manos”. Pero inmediatamente me sentí una idiota, porque pensé: Si tengo ganas de ir al baño, voy a la casa. No había qué recorrer. Desde la plaza veía la casa y todas las casas, más allá, el campo. Primero fui a la bibliotequita que hay en la estación desactivada, una chica que vive en un campito es la bibliotecaria. Y sobre su mesa, una sorpresa: el libro de Mary McCarthy, “Memorias de una joven católica”, que anduve buscando por toda la ciudad sin éxito. La bibliotecaria debió pensar que es una obra piadosa; es lo más finamente corrosivo que he visto. La bibliotecaria me dijo que las mujeres leen, los hombres, no. De ahí me fui a mirar una tapera que había sido hotel cuando funcionaba el ferrocarril y Almeyra tenía dos hoteles para viajantes, y unos 2.000 habitantes. De una ventana de la tapera sale una rama de árbol de gran tamaño y al lado otra casa muy vieja que parece habitada: me abre muy contenta una chica embarazada y con un nene de dos años. Me dijo que vino de Santiago del Estero y que no tiene luz: su casa es semitapera. Me detengo a charlar con ella para hacer tiempo. Ya casi termino el recorrido y me dijeron que volviera a almorzar, entonces me voy al mercado, la señora no me atiende, pero el marido sí y me dice:

—Acá somos todos como una gran familia, hoy por ti, mañana por mí. Yo, si tengo un cliente que sé que está ajustado, no lo ahorco, acá yo ni un sí ni un no.

Al lado del mercado está la delegación, no tienen municipalidad, sólo un delegado. Es una casita cualquiera, y afuera tiene la bandera argentina y otra que desconozco. Le pregunto a un hombre que va en bicicleta:

—¿De dónde es esa bandera?

—Ah, no sé -me dice-. Yo estoy “adactado” a la bandera argentina.

Entro en la casita del delegado y en un periquete estoy en el baño de la casa. Retrocedo culposa y aparece la delegada disculpándose por no estar. Yo sé lo que va a comer la delegada y dónde lo compró: de al lado trajo carne y verduras.

Me falta ver la capillita, unos albañiles la están pintando y arreglando; le pregunto si puedo entrar. Me dicen:

—No tenemos la llave de adelante, entre por la cocina.

Entro, paso por la pieza donde duermen los pintores, veo sus zapatos tirados por el piso y en otra habitación un retrato de un cura. Pregunto:

—¿Es el cura de acá?

—No, al cura no lo conocemos, viene una vez por mes, nosotros no somos de acá, somos de Suipacha, quién entiende a la gente de este pueblo, están todos peleados.

Llegó la hora de comer. Si me gritaran “¡A comer!” yo escucharía perfectamente. En el almuerzo, por supuesto quieren saber dónde estuve, como si hubiera ido al lejano Arauco. Dije:

—Fui a ver a una chica embarazada que vive en la casa vieja. Dice que no tiene luz.

Carlos dijo:

—A veces tiene, a veces no, porque se cuelga. Ella vino de Santiago con la mamá, pero viven en casas distintas, ella se peleó con la mamá.

—¿Acá pelean mucho? (Cuento lo que dijo el del mercado.)

—Y sí, se pelea, yo he peleado porque no podan los árboles, los destrozan. Y después por el asfalto. Acá casi todo el mundo tiene su vehículo, pero para salir cuando hay barro se necesita ésa. ¿Ves? No, yo no compro acá, por el asunto de la cadena del frío, compro en Suipacha o en Navarro. No, policía no tenemos, está de vacaciones, farmacia no hay.

Lo bueno de una comunidad tan chica es que uno puede repasar todas las cuestiones paso a paso, sin olvidar ninguna. Le digo que me gustaría entrevistar al que estaba “adactado” a la bandera argentina. Me dijo:

—Es gente especial.

Es curioso que mantenga los eufemismos en ese lugar. No insisto.

En el fondo de la casa Carlos tiene una parra, un horno hecho por él mismo para hacer asado, cocer pan. Tiene frutales de todas clases, ciruelas, duraznos. Hay una despensa y en ella guardan miel, dulce de todo tipo y un frasco de ortiga con alcohol para mitigar la caída del cabello. Al lado de las herramientas, una lancha (hay una laguna pero suele estar seca). Hay muchas cosas más y una escopeta para matar las comadrejas que vienen a comer la uva de la parra.

Ana dice:

—La comadreja escupe el hollejo y la semilla de la uva.

El fondo es una selvita de rosas, el lugar de las herramientas está cubierto de hiedra. En el gallinero hay una sillita blanca, de ésas de jardín. Pregunto:

—¿Y para qué está esta silla acá?

Dice Carlos:

—Para esperar al lagarto overo, que viene de la laguna. Se come los huevos.

Ana dice:

—La comadreja asusta a las gallinas, que se van a dormir a los árboles.

A las cuatro de la tarde tomábamos té, mate, comíamos galletitas en el jardincito, que está cerca del gallinero. No recuerdo bien, pero creo que entró por los fondos una visita inusitada. Apareció una señora muy elegante, con un conjunto gris de pollera y chaqueta en una tela un poco rasada, su brazo estaba lleno de pulseras variadas. Su cabello canoso estaba cuidadosamente peinado, con ondas grandes, y estaba arreglada como para tomar el té en la Richmond de la calle Florida. Dijo que arrendaba un campo cercano y que se dedicaba a la cría de cerdos porque rinden, y ella era una persona práctica. Pero se ve que en su campo se aburría un poco y por eso iba a visitar a los vecinos. Dijo:

—Soy Sara Vela Hirigoyen, con hache, mi marido era agregado cultural en Quito. Soy viuda desde hace tiempo y hace diecisiete años que vivo aquí, arrendé este campito.

Como estuvo en Quito, empecé a hablar del barroco mestizo criollo, que me gusta tanto, pero esa conversación no prendió porque surgió otro tema, que sacó Carlos: el mejor modo de matar a la comadreja. Y los dos estuvieron de acuerdo en que a la comadreja no sólo había que pegarle un tiro, hay que rematarlas, porque son muy vivas y se hacen las muertas. Entonces, es bueno darles unos palazos. La señora Hirigoyen apoyó vivamente la tesis. Entonces Carlos recordó el caso de un conocido que mató una y estaba embarazada, tenía varios comadrejitos en su panza, se arrepintió de lo que hizo y alimentó a biberón a los hijos del bicho muerto. Qué detalle tierno, espero que la vida no me ponga en la necesidad de matar ninguna comadreja, ni viva ni estúpida.


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Pasteles de Luis de Luna.

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