Edición del Jueves 02 de mayo de 2013

Edición completa del día

La novela del milenio - Edición Impresa - Artes y Letras

La novela del milenio

por Carlos Catania

Comienzo preguntándome si careciendo de una teoría crítica adecuada se puede acceder en profundidad al Ulises de James Joyce. Mi primera lectura data de muchos años atrás, en castellano, naturalmente. Mi inglés se limita a chapucear lo necesario para salir del paso en lo convencional cotidiano. Ciertos giros gramaticales del irlandés me hubieran descerebrado. Desde entonces comencé a transitar por la vía propedéutica. Leí valiosos y contradictorios ensayos. Me facilitaron una segunda lectura, pero no del todo. Hoy me pregunto si es factible un análisis total de esta incomparable novela. Lo dudo. Ciertas claves de Joyce se me antojan juegos intraducibles, como si el autor se divirtiera a sí mismo. De paso también nos divierte.

Son conocidas sus declaraciones de 1922, cuando Ulises fue publicada: “He puesto tantos enigmas y puzzles que van a tener ocupados a los catedráticos durante siglos debatiendo sobre lo que yo quería decir, y ésta es la única manera de asegurarme la inmortalidad”. Se ha observado que la cantidad de estudios sobre su obra es tan extensa que cada día se añade alguna interpretación o dato nuevo. “De James Joyce se ha dicho todo y al mismo tiempo está todo por decirse” (Mercanton).

Lo cual no quiere decir que el malestar producido por la primera lectura haya evitado una seguidilla de heridas luminosas, encandilantes, bien que ambiguas. No me refiero al ya manoseado fluir de la conciencia que la señora de Leopoldo Bloom, en cincuenta páginas sin signos de puntuación, exige una irritada atención. No obstante comprendí lo elemental: en nuestros pensamientos no existen puntos seguidos, ni comas, ni apartes, ni siquiera comillas o signos de admiración. Algo sumamente importante para un escritor imberbe; una puerta abierta y tentadora.

Después de lo cual inicié mi ciclo propedéutico con la esperanza de penetrar túneles y derribar muros.

Me lancé sobre La Odisea. Deseaba confirmar si el Ulises de Homero y sus aventuras compatibilizaban (valga) con el paseo del señor Bloom durante un día. Reconocí algunos puntos comunes, pero no todos. Eso sucedió más tarde. Molly Bloom se convirtió entonces en Penélope; Esteban Dedalus en Telémaco; La Biblioteca revivía el episodio de Escila y Caribdis; el Cíclope o La Taberna; Las camareras-sirenas, etcétera. Joyce lamentaba justamente que ningún crítico hubiese tenido suficientemente en cuenta el paralelismo de su novela con La Odisea.

En relación al señor Bloom, que es judío, Francesca Romana Paci en su obra James Joyce, vida y obra, aclaraba lo siguiente: “... una teoría avanzada por primera vez a principios del siglo XX por Víctor Berard, afirmaba que La Odisea había tenido sus primeras raíces en lejanos hechos semíticos, y decía que todas las localidades que se mencionan en el texto eran reales e identificables con ayuda de palabras hebraicas, reconocibles en los topónimos griegos”. Vale decir que Joyce escogió a un hebreo para representar al Ulises irlandés.

En el Diario de una escritora, el miércoles 16 de agosto de 1922, Virginia Woolf confiesa haber leído 200 páginas del Ulises, y que se sintió divertida, estimulada, encantada e interesada por los tres primeros capítulos (incluyendo la escena del cementerio). Pero añade que luego se encontró intrigada, aburrida, irritada y desilusionada. No entendía que un poeta como T.S. Eliot considerase que el Ulises era comparable a La guerra y la paz; a ella se le antojaba un libro iletrado, falto de educación (sic). Sin embargo se promete revisar más tarde esa opinión.

Un mes después, termina de leer la novela y la considera un fiasco. Cuando su marido le entrega una reseña donde se analiza el sentido del Ulises, ella lee y reconoce que la novela surge más impresionante de lo que ella había imaginado. Y agrega: “Tal vez la belleza final de un estilo no se revela jamás a los contemporáneos”. Apotegma que me recordó a Nietzsche, a Stendhal y a muchos otros escritores.

Se sabe que cuando Ulises salió a la luz generó cantidad de lectores no sólo desconcertados sino horrorizados. El lenguaje de la novela les parecía sucio e hiriente. No obstante, Hemingway era uno de los principales admiradores de Ulises. Cuando se presentaron problemas de aduana en Estados Unidos para hacer entrar el libro, Hemingway se ingenió para introducirlo de contrabando y convenció a sus amigos para que hicieran otro tanto. Pascale Casanova en La república mundial de las letras, sostiene que Joyce “es a la vez el creador de la primera posición de autonomía dentro del espacio literario irlandés y el inventor de una nueva solución estética, política y, sobre todo, lingüística de la independencia literaria”.

No caben en esta nota rasgos de la personalidad del autor de la novela del milenio. Consigno que nació en Dublin el 2 de febrero de 1882 y falleció en Zurich hacia 1941. Este breve e incompleto artículo no ha tenido otro objetivo que recordar a un escritor que, con martillazos geniales, partió a la literatura en un antes y un después. Demasiado se ha escrito sobre él (y se escribirá), para que este servidor presuma de aportar algo nuevo y original. Personalmente, se me ha permitido extraer del Ulises una variedad de puntos claves, para decirlo de algún modo, y nuevos asideros literarios que, en ocasiones, van más allá de la técnica. Dichos puntos (y empleo una de las tantas palabras compuestas de Joyce) se lanzandisparazumban penetrando profundamente en el blanco de la conciencia.

La novela del milenio

James Joyce según Robert Osborn.



Compartir:
Imprimir Compartir por e-mail
  
Jueves 02 de mayo de 2013
tapa
Necrológicas Anteriores