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Recientes mediciones, particularmente de la Economist Intelligence Unit (EIU), señalan que su crecimiento industrial en 2012 fue inferior al de veinticinco países emergentes.
editorial
Brasil: un gigante con problemas de músculo
Recientes mediciones, particularmente de la Economist Intelligence Unit (EIU), señalan que su crecimiento industrial en 2012 fue inferior al de veinticinco países emergentes.
A la hora de evaluar la performance económica internacional, es un lugar casi común afirmar que el nuevo escenario está constituido por Brasil, Rusia, India y China, el célebre Bric. Pues bien, en el caso de Brasil, en los últimos meses este punto de vista se ha relativizado al ritmo de las vicisitudes y las contradicciones de su economía nacional. Al respecto, se admite que nuestro vecino es uno de los “gigantes” económicos del siglo XXI, pero recientes mediciones, particularmente de la Economist Intelligence Unit (EIU), señalan que su crecimiento industrial en 2012 fue inferior al de veinticinco países emergentes.
Los datos de la EIU son aceptados por los dirigentes brasileños, quienes no desconocen los desafíos de una realidad globalizada cada vez más cambiante. Concretamente, a Brasil se le está haciendo cada vez más difícil sostener pautas de crecimiento parecidas a las que exhiben China o India, a pesar de disponer de buenos recursos naturales y un excelente nivel de inversiones.
De todos modos, no deja de llamar la atención que la considerada séptima potencia mundial atraviese por estas dificultades, aunque es verdad que a este puesto en el ranking del planeta merecería matizarse, ya que los porcentajes de su producto bruto, superior al de países como Italia o Canadá, por ejemplo, se deben en primer lugar a que se trata de una nación con más de doscientos millones de habitantes.
Empresarios brasileños estiman que este atraso se debe a las dificultades para renovar las infraestructuras, lo que reclamaría una mayor inversión en puertos, carreteras y ferrocarriles. La presidente Roussef se ha hecho cargo de esta debilidad y por ello insiste en que se aprueben las privatizaciones previstas en puertos y se abaraten los costos de transporte con el objetivo de desarrollar en términos competitivos una estrategia exportadora acorde con las exigencias del mercado mundial.
Así y todo, no se debe perder de vista que para cumplir con estas metas es necesaria una profunda reforma cultural que modifique arraigados hábitos de las clases empresaria y política, todos habituados a operar internamente con altos niveles de protección. Al respecto, el lobby paulista se ha distinguido por reclamar niveles de protección indispensables para mantener los actuales puestos de trabajo en el área industrial. Los reclamos se justifican en nombre de una suerte de paz social, pero se pierde de vista que por ese camino las políticas de crecimiento hacia afuera se postergan. Por su parte, los trabajadores deben resignarse a cobrar salarios deprimidos siempre preferibles a la desocupación.
La otra reforma pendiente es la educativa. Brasil, en este sentido, registra avances, pero ellos están muy por debajo de las exigencias que en el mismo campo tienen países como China, Japón, Corea del Sur, los Estados Unidos y la mayoría de los países de la Unión Europea. A favor de Brasil, se debe decir que a algunos de estos cambios, en particular el educativo, los está emprendiendo, aunque queda claro que el camino que falta recorrer para ser efectivamente la séptima potencia mundial, con todos los atributos que esta calificación representa, es arduo y, por lo que se ve, los resultados todavía no están garantizados.