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JUAN GELMAN Y LA ELECCIÓN DE LA PALABRA MÁS SONORA DE LOS ARGENTINOS

El “boludo” como murmullo colectivo

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Estanislao Giménez Corte

egimenez@ellitoral.com

http://blogs.ellitoral.com/ociotrabajado/

I

Gravemente sería una exageración decir así, libres de cuerpo, que los congresos no sirven para nada, que los sondeos no sirven para nada, que las ponencias no sirven para nada. Quisiéramos evitar ese juicio categórico y arrojado, que finalmente tampoco sirve para nada. La cuestión pareciera ser muy otra. El problema no estaría tanto en el congreso ni en el sondeo per se, sino en lo que se pretende posteriormente de ello: que represente algo, que sea ‘utilizado’, que ‘sirva’. Sabemos, sí, que ésa no es la pregunta esencial a propósito de estas empresas y que, en el fondo, ello no es ni sería mensurable. De modo que la manía de que a una conferencia cualquiera se le pretenda dar un uso específico ulterior, cuando ello es a toda luces inviable, obtura la discusión desde el inicio. El nudo de la cuestión es, con todo, la pretensión un poco cándida de otorgarle un carácter utilitario o funcional a cosas que ostensiblemente no lo tienen ni pretendieron alguna vez tenerlo. Con idéntica liviandad, irresponsablemente se hacen listas sobre cuál es la mejor novela de la historia, el disco más representativo del blues o el mejor actor de teatro comprometido. Ahora, alguna mente brillante urdió la pregunta por la palabra que identifica a los argentinos.

II

Descaradamente le preguntaron a Borges, creo que un periodista italiano: “¿Para qué sirve la poesía?”. La perplejidad del maestro habrá sido inconmensurable. El espíritu economicista, utilitario de la pregunta, es a todas luces cuestionable: choca y se contradice con la naturaleza misma del hecho poético, que no quiere nada; nada, como no sea, aunque de formas indirectas y misteriosas, estimular, emocionar, motivar a un lector. Sería la diferencia entre la retórica (que pretende persuadir) y la poética (que carece de “resultados”). Muchos autores han trabajado estas cuestiones. Pero una emoción, una conmoción ¿sirven acaso para algo? En ciertas situaciones, las conferencias, los simposios, los sondeos, no son más que entretenimientos, divertimentos, dicho ello en el más respetuoso y cabal sentido del término. Son, digamos, un encuentro con la inteligencia del otro, un intercambio gozoso con la cadencia verbal de otro, con sus gestos y sus entonaciones, con el saber del otro, pero más aún con su sensibilidad. Nada más. Otorgarle a esa expectación o disfrute un improbable uso es un problema recurrente y en parte inútil. Vamos a disfrutar de una ponencia o de una conferencia, creo, con el espíritu de quien va a un recital.

Cubrí para este diario, en 2004, el Congreso de la Lengua Española que se desarrolló en Rosario. Vimos a Sábato, empequeñecido por los años, caminar muy lentamente entre adoquines y ser vivado por una insólita turba de aparentes lectores. Lo vimos lagrimear en el homenaje que le dispensó Saramago. Un episodio a la vez cómico y de cierta relevancia fue la intervención, en tal encuentro de filólogos y lingüistas, de Roberto Fontanarrosa: horror de puristas y de altos investigadores, el humorista habló sobre las malas palabras e hizo derrumbarse en carcajadas a sus acompañantes de mesa. Como en todo humor con cierto sesgo de saber popular, había detrás de la comicidad acostumbrada y coloquial cosas muy poderosas. Con despreocupada ironía, dijo que las malas palabras eran irremplazables y que no deberían ser marginadas de la lengua convencional. Por extensión, podemos decir nosotros, ni de la poesía, ni de la literatura, ni de ningún lado.

III

Juan Gelman es un poeta laureado en todo el mundo. Como representante argentino, en el reciente VI Congreso de la Lengua desarrollado en Panamá, eligió a “boludo” como “el” vocablo argentino, circunstancia destinada a la conformación de un atlas sonoro del idioma. El poeta sostuvo que “es un término muy popular y dueño de una gran ambivalencia hoy. Entraña la referencia a una persona tonta; pero no siempre implica esa connotación de insulto o despectiva. En los últimos años me ha sorprendido la acepción o su empleo entre amigos, casi como un comodín de complicidad”. Si consideramos, aquello, lo de arriba, aquél sesgo entre simbólico y lúdico que pueden tener estas elecciones ¿qué podremos decir? Quizás esto: que “boludo” es un término extraordinariamente popular; que a la vez es elástico en sus usos y connotaciones (polisémico, diríamos); que es un insulto pero ya casi no (depende de la entonación y el contexto); que es un nexo oracional que cierra una expresión; que es un énfasis y que es, inclusive, una expresión de cariño. Casi diríamos que “boludo” tiene, en el fondo, un cierto tono emotivo, una apelación a que el otro despierte, se movilice, se active.

IV

Ahora imaginemos esto. Gelman, de 83 años, está solo en una habitación de hotel. Ha leído a enormes autores. Ha devenido él mismo un gran autor. Ha creado un particularísimo estilo. Al filo de la madrugada, o en la mañana, el poeta respira hondo y elige, entre resignado y decidido, “boludo”. ¿Cómo? ¿qué?, ¿habrá sido un divertimento para él, siquiera una provocación?, ¿una pequeña broma menor? ¿o habrá buscado, en la memoria emotiva y en su propio decir, palabras que sean potestad de un país? ¿Habrá buscado, no en altos libros sino debajo, en crónicas calientes, la aparición de una cierta línea horizontal, de un sonido que cruza, invisible, las cosas y las gentes? ¿Habrá visto y oído ese murmullo compartido, ese habla que se nos sale en cualquier situación, ese decir acostumbrado como cortina de nuestras voces? ¿Habrá sido esa línea sonora el término que se desliza en las voces de una cancha de fútbol, en una plaza, en un asado entre amigos? ¿Habrá tratado de reconstruir, en su imaginación, diálogos de jóvenes, de no tan jóvenes, de gentes de la ciudad y de los suburbios? ¿Habrá escuchado un agresivo: “¡sos un boludo!”, un tierno “dale, boludo”, un ocasional “no sabés lo que me pasó, boludo”, un tranquilizador “voy para allá, boludo”, un confesional “fui un boludo”, una exhortación “no digas boludeces”. ¿Habrá recorrido conversaciones de padres con sus hijos, escenas del cine actual, historietas de antes, en las que casi accidentalmente se presenta la palabrita antes de acabarse el aire del hablante o cortarse el límite de la viñeta? ¿Habrá pensado Gelman en el curioso viaje de la palabra, del barrio, de la calle, al congreso, al diccionario?, ¿del adolescente mal hablado al gramático que la observa y la oye como a un insecto a estudiar?, ¿del porteño de barrio al continente todo? ¿Habrá pensado en ese trayecto que ahora encalla en Panamá, otrora insulto básico de esquina y ahora palabra casual de relativa ternura, “no seas boludo”?



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