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Nuevos rumbos

Familias que llevan la frutilla por la costa

  • Entre Rincón y Helvecia el cultivo fue creciendo hasta representar un tercio del total provincial. Fue por la dificultades para expandirse en Coronda, pero también porque es la zona donde los pequeños productores encontraron mejores alquileres y suelos nuevos.
Familias que llevan la frutilla por la costa

Para adelante. Ramón Panique y su familia sufrieron el granizo los últimos dos años, pero eso no le impide trabajar con una sonrisa. Foto: Juan Manuel Fernández

 

Juan Manuel Fernández

jmfernandez@ellitoral.com

El cultivo de frutilla en la provincia de Santa Fe -históricamente enclavado casi con exclusividad en Coronda- empezó a buscar nuevos horizontes y encontró en la zona costera de los departamentos La Capital y Garay donde hacer pie.

La conjunción de un puñado de factores hicieron que, en pocos años, el área sembrada entre San José del Rincón y Helvecia se dispare hasta representar en la actualidad un tercio del total provincial. Influyeron sobre todo el crecimiento de la planta urbana corondina que limitó la expansión en esa zona, el ingreso al cultivo de familias con cultura quintera que se reparten el trabajo entre sus miembros y así bajan uno de los mayores costos como es la mano de obra contratada y la búsqueda de tierra más barata.

Así, de las 414 hectáreas totales implantadas en la campaña 2013 -que está por finalizar- 106 se encuentran al norte de la ciudad de Santa Fe, mientras en Coronda -que llegó a tener hasta 700 hectáreas en la época de esplendor- se cultivaron 308.

En su mayoría, los protagonistas de esta “colonización” son pequeños y medianos productores, con una media de 2 hectáreas cada uno, que encontraron en la frutilla -que se cosecha entre julio y noviembre- un producto sin desperdicio y de venta constante durante buena parte del año.

Apoyo técnico

Tan importante es el crecimiento de la actividad, que desde agosto de 2012 funciona un grupo de Cambio Rural “Hortícola de San José del Rincón y Arroyo Leyes”, coordinado por el ingeniero Esteban Rufino. Está compuesto por 10 productores, en su mayoría frutilleros que complementan el esquema anual con hortalizas como zapallitos o berenjenas. Las dimensiones van desde menos de 1 hectárea hasta 5 o 6 hectáreas, aunque “la mayoría son pequeños, con superficies de 2 hectáreas promedio”.

El denominador común es que todos alquilan “y compiten en esta zona con los loteos, entonces se da el problema de falta de superficie para seguir cultivando”, advirtió el asesor. Aunque también los iguala el hecho de estar “atados a los precios del mercado” por el bajo volumen individual, la carencia de capacidad logística y, sobre todo, la atomización. Por eso, uno de los objetivos del grupo es inculcar un comportamiento asociativo, ya sea para la venta de producto o la compra de máquinas o insumos.

Rufino, quien destacó que dos años atrás la superficie frutillera en la zona era de unas 60 hectáreas, explicó que en Coronda “ya no se dispone de tanta superficie para hacer el cultivo” y muchas quintas han quedado muy cerca de la planta urbana, por lo que el uso de fitosanitarios es un problema.

En la Costa, además de espacio hay “suelos muy buenos, con capacidad productiva” por una menor presencia de patógenos (hongos y bacterias); y hasta mejores temperaturas y calidad del agua “muy apta para el cultivo”.

Sin embargo en Rincón y Arroyo Leyes empiezan a sufrir el acoso de los loteos, que compiten con fuerza por el suelo. Por eso estima que la expansión seguirá hacia el norte “porque mucha gente prefiere vender y hacer un negocio inmobiliario antes que alquilar para producir”. El proceso ya está ocurriendo, y “se van yendo para Santa Rosa o para Helvecia” donde pueden encontrar alquileres mucho más convenientes.

Frontera norte

Andrea Silda Avendaño y su marido Aníbal, oriundos de Tarija (Bolivia), se afincaron en Helvecia hace 35 años y en 2012 decidieron sumar las frutillas a la producción de pimientos y zapallitos. De las 12 hectáreas que cultivan -sólo 5 son propias- decidieron dedicar una a la fruta y así pusieron el mojón más norteño del cultivo. Fue “una experiencia muy buena”, aseguró la productora, por lo que ya tomaron la decisión de continuar. “Y no se si no hacemos un poquito más, está muy bueno”, se entusiasmó.

Aunque para las hortalizas cuentan con mano de obra contratada, a la frutilla la trabajan ellos mismos con alguna ayuda de su dos hijos. Tienen herramientas propias que le permiten no contratar terceros, aunque sí pagan flete para mandar la cosecha al mercado. “Lo que se puede, lo hacemos nosotros”, remarcó.

Lo que sedujo a la familia para incorporar el cultivo es su permanencia en el tiempo. “Me interesa que es una cosecha larga, de muchos meses”, explicó la señora Avendaño. También le parecen puntos a favor el precio de la fruta y la recolección diaria, lo que implica un ingreso constante de dinero a la casa. “Hay una venta permanente y no se tira nada, porque la que se pasa de madura se la lleva la fábrica para hacer dulces”, agregó.

Conforme con el desempeño, aseguró que “por ser la primera vez lo hicimos bastante bien”, ya que lograron buenos rendimientos. Ahora sólo deben corregir algunos detalles: “los arcos los pusimos muy juntos; tienen que estar más abiertos”, citó como ejemplo.

Como le ocurre a todos los productores, los precios arrancaron bien arriba y luego bajaron. “En el mercado al principio la bandeja de 4kg valía arriba de $100 y ahora 20 a 30. En la fábrica te pagan $4 el kilo”. Ellos envían la producción a los mercados en Santa Fe, Buenos Aires, Córdoba y “mucho a Rosario, junto con el zapallito”.

Andrea contó que tienen ganas de ampliarse, pero todavía no saben bien cuanto. “En una de esas hacemos algún macrotúnel”, dijo, para evitar los problemas del clima y las malezas. Mientras tanto, compraron y están a punto de instalar un conteiner refrigerado para mantener la fruta y mejorar la logística comercial.

Cuestión de familia

Más al sur, en Arroyo Leyes, Ramón Panique y su familia -también descendientes de bolivianos de Tarija- trabajan 6 hectáreas de frutilla y forman parte del grupo de Cambio Rural que coordina Rufino. Llegaron hace tiempo desde Monte Vera, donde Ramón comenzó como jornalero en la producción de tomate, chaucha y zapallito, antes de alquilar su propio lote para cultivar. Según dijo, decidió mudarse a la costa por la recurrencia de las granizadas que le arruinaban la producción, además de buscar “tierra más barata”.

Hace 8 años comenzó con “con poquito” (media hectárea) de frutilla. Y, entusiasmado por la productividad y el aprovechamiento total de la cosecha, fue creciendo hasta las hectáreas actuales. “Es distinto al tomate o el zapallito que cuando se te pasa ya lo tenés que tirar”, coincidió con los Avendaño.

Con el tiempo la familia fue especializándose. Al principio trabajaban sin desinfección de tierra y con cinta de riego perforada, mientras ahora utilizan Metam amonio (un sustituto del bromuro de metilo) y cambiaron la irrigación al sistema de goteo. “Los microtúneles antes los hacíamos con arquitos de caña y ahora, con la plata que fuimos sacando los hicimos de hierro, que es más duradero y no hay que renovarlo todos los años”, explicó.

“Trabajando nosotros nos beneficiamos nosotros”, explicó sintéticamente, y consideró la actividad “un microemprendimiento familiar” en el que todos los días hay trabajo: regar, abonar, cosechar, preparar la fruta. “Cada uno en la familia se queda con su parte de la venta; no tenemos beneficio de nadie más que de nosotros”.

La venta la realizan principalmente a los compradores que llegan a la chacra y, en menor medida, envían a Buenos Aires y Rosario. “Al mercado de acá no vendo porque no me da el tiempo de cosechar y vender”, explicó, aunque los precios se definen ahí. “La gente viene con la base del mercado; si ahí vale $20 acá vale $15”, detalló.

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Falta asociarse

El jefe de la familia Panique destacó que la participación en Cambio Rural es positiva, pero se lamenta de la desconfianza que todavía persiste en el grupo, que frena los potenciales logros. “Si tuviéramos más apoyo sería más fácil”, dice, y explica que “siempre hubo propuestas pero nunca llegaron a nada”. Por ejemplo, han pensado en comprar una alomadora en conjunto o insumos para instalar macrotúneles.

Esteban Rufino indicó que al formar el grupo se plantearon objetivos colectivos, además de resultados productivos. “Todos los productores son individualistas, les cuesta ver al vecino como compañero y no como competencia”, dijo, y remarcó que “este año se ven mejoras en ese sentido: al principio les costaba participar y ahora ya se discuten varias cosas”.

En el plano comercial, al vender individualmente y no entregar tanto volumen no cuentan con poder de negociación. Vender en bloque “podría generar algo de presión para, al menos, discutir un poco el precio del producto”.

Esa es una deuda de la Cooperativa de Arroyo Leyes, que hoy funciona sólo como acopio, ya que el volumen que trabajan ronda los 3.000 kilos diarios y aún es bajo. Se trata de un problema de capacidad, ya que un sólo productor puede cosechar alrededor de 1.000 kilos día por medio “y no llegan a tomarle la fruta a varios productores”, explicó el asesor. Además, indicó que “el productor está un poco alejado” y sólo acude en circunstancias excepcionales, como cuando hay una granizada y hay que gestionar una ayuda estatal.

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Frutilla y algo más. La familia Avendaño complementó con frutilla su planteo hortícola.en Helvecia Foto: Juan Manuel Fernández

Sin crédito ni seguro

  • La familia Panique, en Arroyo Leyes, fue de las más castigadas por el granizo los últimos dos años. Por eso, dicen, “lo seguimos (al cultivo) más por usar el material que ya tenemos”.

A comienzos de agosto ellos estuvieron entre los más perjudicados por una fuerte manga que les cortó la cosecha por un mes. Justo en la época de primicia, cuando se dan los mejores precios que -en el balance anual- compensan la baja cuando la fruta abunda.

La pérdida fue tal que “no se si vamos a salir a flote para empezar el próximo año”, se atajó. Aún deben pagar las deudas y lograr un excedente de dinero para volver a comprar insumos. Por eso no saben si seguir con lo mismo, achicarse o cambiar de rubro. “Depende de los proveedores”, dice Ramón, ya que un crédito “no es conveniente, porque con una granizada como esta empeora la situación”. Para colmo las aseguradoras no cubren el cultivo de frutilla, por lo que no hay modo de reducir ese riesgo.

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Campaña con altas y bajas

  • Este año el precio en fresco fue muy bueno para la frutilla, “porque en Tucumán hubo una helada muy fuerte y entró mucho más tarde en el mercado”, explicó Esteban Rufino.

La nota negativa la dieron los plantines, que no rindieron como se esperaba y tardaron en empezar a producir. También se destacó el granizo, que en Rincón y Arroyo Leyes se recortó los rindes entre 300 y 400 gramos por planta en unas 40 hectáreas. El cálculo de pérdida orilla los 15.000 kilos menos por hectárea o 600 toneladas en la zona. “Hubo quintas de 3 o 4 hectáreas que hicimos el número de la pérdida y daba entre $300.000 y $400.000”, indicó.

"en esta zona compiten con los loteos, entonces se da el problema de falta de superficie para seguir cultivando”

Esteban Rufino

Asesor Grupo Cambio Rural “Hortícola de San José del Rincón y Arroyo Leyes”



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