Edición del Viernes 27 de diciembre de 2013

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De Lázaro Báez a Flamarique - Opinión Opinión

mesa de café

De Lázaro Báez a Flamarique

Remo Erdosain

Mucho café y té después de Nochebuena y Navidad. También sales digestivas y analgésicos. Todos se quejan de algo. Unos del hígado, otros del dolor de cabeza; algunos, de la resaca. Todos se quejan pero ninguno se arrepiente. Año Nuevo se proyecta como una amenaza, pero nadie está dispuesto a desertar; por el contrario, pareciera que la cercanía del peligro los estimula. De todos modos, ni las fiestas con sus excesos y consecuencias impide que el tema político sea el más importante de la velada.

-Novecientos sesenta y cinco cuartos -repite Abel como si estuviera rezando.

-Y ninguna flor -completa Marcial.

-No sé de lo que están hablando -tercia José.

-Lo sabés muy bien -digo- pero te conviene hacerte el distraído.

-No es mi estilo -responde.

-Dejémonos de suspicacias -exclama Abel- está en todos los diarios y es la comidilla de políticos y funcionarios. Hablo de los eternos arreglos multimillonarios entre el señor Lázaro Báez y los Kirchner. ¡Es una vergüenza! En cualquier país del mundo más o menos decente ya deberían haber presentado la renuncia o, en el mejor de los casos, deberían estar dando explicaciones en algún juicio político.

—No te parece que se te va la mano -acota José.

—Se queda corto -dice Marcial- yo no recuerdo que en la historia argentina haya habido un caso tan escandaloso de corrupción en el que estén involucrados de una manera tan directa las máximas autoridades políticas del país. Ni Menem se dio ese lujo.

—Lázaro Báez es Kirchner, en eso no hay vuelta que darle -sentencio.

—Lo peor del caso- dice Marcial- es que ni en el peronismo ni en la oposición el tema parece preocupar demasiado.

—La oposición ha hecho sus denuncias -puntualiza Abel.

—Algunos, no todos. Y más de uno lo hizo para quedar bien y nada más, porque lo que predomina en la Argentina es una suerte de complicidad en el mal- explica Marcial.

—Yo no sé si es para tanto -reacciono-, pero de lo que estoy seguro es que en los países serios los políticos están sometidos a exigencias éticas superiores al común de la gente, mientras que acá es exactamente al revés; estar en el poder significa disponer de privilegios e inmunidades que para el vecino de la otra cuadra no cuentan.

—Yo soy un convencido de que es así -afirma Marcial-, como también estoy convencido de que el peronismo es la manzana podrida de la política argentina. Son ellos los que teorizaron acerca de las virtudes nacionales de los corruptos locales y los que escribieron alguna vez que es preferible que robe un político o empresario nacional a que robe un extranjero.

—Linda coartada para ser ladrón sin cargo de conciencias -señalo.

—Es que ésa ha sido la conducta histórica del peronismo: robar invocando intereses nacionales y populares. Ya lo dijo el compañero Dante Gullo: ojalá hubiera cien empresarios como Lázaro Báez.

—He aquí un dirigente que sabe lo que quiere -digo.

—O lo que le conviene -agrega Marcial.

—Además -interviene Abel- Báez no es el único que se ha hecho multimillonario con este gobierno.

—Otra vez el gorila responsabilizando al peronismo de lo malo, lo peor y lo terrible -reprocha José.

—¿Y acaso no es así?

—No, no es así; por lo menos no es como vos lo pintás. Además, no se olviden de que esta semana la Justicia liberó a De la Rúa y a sus amiguitos de toda responsabilidad en las coimas que se pagaron durante su presidencia.

—Fue un fallo de la Justicia -comenta Abel.

—Ustedes sí que son geniales. Cuando la Justicia falla a favor de ustedes, es justiciera; pero cuando falla a favor de nosotros es corrupta.

—Te recuerdo -digo- que en el caso de De la Rúa el pecado estuvo en coimear a senadores, a senadores peronistas, entre los cuales el más destacado fue ese modelo de tribuno romano que se llama “Choclo” Alasino.

—A los peronistas -digo- se los conoce por los apodos: “Bombón, Chori, Trucha, Bataraz” y siguen las firmas.

—De todos modos -interviene Abel- convengamos que Alasino fue y es un arquetipo de lo que estamos hablando: corrupto, simpático, venal, popular, cínico, afectivo, peronista típico como se dice en estos casos.

—Y un gran amigo de la señora presidente, un íntimo y cálido amigo -comenta Marcial con sonrisa malévola- una amistad cuya manifestación más dulce se dio cuando en esta ciudad se celebraba la Constituyente.

—No sé de lo que estás hablando -responde José.

—Yo sí lo sé -enfatiza Marcial con tono enigmático.

—También podemos hablar de las relaciones del hijo de De la Rúa con Shakira, un culebrón que si hubiera estado interpretado por un peronista se habrían hecho un picnic con nosotros. O, sin ir más lejos, las no tan sigilosas habilidades del muchacho para arreglar exámenes en la facultad invocando la tutela de su señor padre. En definitiva, lo que yo también sé es que De la Rúa puede alegar cualquier cosa menos inocencia. Trece años hace que la causa está abierta y ahora nos venimos a enterar de que no pasó nada, de que el señor Flamarique es un caballero, que Chacho Alvarez renunció al ‘cuete’ a la vicepresidencia y que Pontaquarto estaba loco -se queja José.

—En eso coincido con José -digo- no conozco los fundamentos del fallo, pero lo que mi cabeza ignora, mi olfato advierte. Que en el mundo del poder se compran votos no es ninguna novedad, y en el caso que nos ocupa -además- todo estaba armado para la coima: una ley antipopular, senadores corruptos habituados a vender el voto, funcionarios generosos con la plata que no es suya y Flamarique haciendo estragos con su Banelco.

—Yo no creo que De la Rúa haya dado la orden -dice Abel.

—Es que las cosas en estos ambientes funcionan de otra manera -explico-, De la Rúa no dio la orden, pero sospecho que sabía lo que pasaba.

—No dio la orden porque no hacía falta darla; cada uno sabía lo que tenía que hacer.

—Es que en la Casa Rosada lo que se hace en estos casos es dar luz verde. Después, el trámite de llevar la plata, negociar con los beneficiarios, lo hacen otros y el presidente no está al tanto de los detalles.

—No está al tanto de los detalles, porque está al tanto de lo fundamental.

—Además -insiste José- De la Rúa conocía mejor que nadie cómo se ‘negociaba’‘ en el Senado, porque allí había estado muchos años y no podía desconocer lo que sabían de memoria hasta los porteros del Congreso.

—Yo no lo voy a defender a De la Rúa -aclara Marcial- pero no perdamos de vista que el operador principal era Flamarique, peronista de la primera hora, sus amigos eran los peronistas Chacho Alvarez, Nilda Garré, Abal Medina, por mencionar a los más conocidos y, repito, los destinatarios de las coimas eran los que ya sabemos.

—¿Quiénes?

—Los peronistas, por supuesto, que para estas cosas siempre suelen estar bien dispuestos.

—Claro -protesta José- los radicales son unos santitos.

—Al lado de ustedes -replica Abel- monjes de clausura.

—Es como decía mi tío -agrega Marcial- de todos hay que desconfiar y a todos hay que revisarlos minuciosamente, pero a los peronistas hay que revisarlos dos veces y si es necesario tres.

—No comparto -exclama José.

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Viernes 27 de diciembre de 2013
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