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“Doce años de esclavitud”, la ganadora del oscar como mejor pelicula

Esperanza de libertad

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Confrontación: Solomon Northup (Chiwetel Ejiofor) no podrá evitar chocar con su pérfido amo, Edwin Epps (Michael Fassbender).

Foto: Gentileza Summit Entertainment

 

Ignacio Andrés Amarillo

iamarillo@ellitoral.com

A la hora de la reflexión sobre “Doce años de esclavitud”, se hace difícil no pensar en “Django sin cadenas”, la lograda fábula de Quentin Tarantino sobre un esclavo liberto y rebelde antes de la Guerra Civil. Aunque las diferencias salten a la vista: mientras que el spaghetti western protagonizado por Jamie Foxx era una fantasía libre basada sobre hechos de la historia estadounidense, el filme de Steve McQueen (con guión de John Ridley) se basa en la autobiografía de Solomon Northup, un señor que padeció en carne propia las desventuras que relata la cinta. Y ya sabemos que la realidad (aunque sea reconstruida ficcionalmente) tiene otras limitaciones.

Es que McQueen eligió contar la crudeza de la esclavitud de los afroamericanos desde una perspectiva de excepción: el caso de un negro libre que es convertido en esclavo durante la docena de años del título. Lo cual habilita muchas reflexiones: ¿Vale más la libertad para quien la probó que para quien siempre fue esclavo? ¿Acaso sufre más su falta, o es más consciente de ella? “Nacieron esclavos, no se van a rebelar”, dice uno de los personajes (un esclavo) sobre la posibilidad de un motín.

La caída

La cosa es que Solomon Northup era un violinista de Saratoga, Nueva York, casado y con dos hijos, viviendo en un ámbito al parecer bastante afable para los afroamericanos libres: al menos en su vida cotidiana, parece sentirse respetado y lo suficientemente confiado como para caer en la peor de las trampas. Durante una ausencia por trabajo de su esposa, que se fue acompañada por sus hijos, Northup decidió hacerse una changa como músico acompañante de un espectáculo de variedades en Washington. Pero los dos empleadores terminaron emborrachándolo y entregándolo a unos traficantes, que alegando que coincidía con la descripción de un esclavo fugado, lo metieron en un barco y de ahí a ser comercializado.

Así inicia su periplo en su nueva condición, a la que de a poco se va acostumbrando, a pesar de dos elementos que entrarán en tensión: su rebelión interna contra la humillación y su esperanza de salvación. Es que, a diferencia del resto de sus compañeros de padecimiento, Northup (a quien le impusieron el nombre de Platt) sabe que hay una salida individual para él: la oportunidad de ser rescatado por sus amigos. No arruinamos nada al decir que finalmente lo logrará (de no ser así, no hubiese podido escribir su historia).

Otro elemento de tensión está en el hecho de que por ser (en el fondo) hombre libre, su relación es con los hombres libres (aunque sea de conflicto y humillación). Así, Northup (al menos el de la ficción cinematográfica) no parece empatizar ni establecer relaciones fuertes con ningún otro esclavo.

De mal en peor

El ritmo del relato es siempre cambiante, teniendo en cuenta el período a tomar. Así, se destacan algunos momentos clave dentro de ese tiempo, mientras que en las elipsis se supone que queda la mayor parte de la vida cotidiana del protagonista. De sus experiencias se resaltan los momentos de cambio, de esperanza de salvación o los picos de crueldad.

Así se comienza con la llegada a las manos de su primer amo, el benevolente William Ford, que para protegerlo de su propio personal lo transfiere al malvado y psicótico Edwin Epps, quien le hará vivir las de Caín (salvo una temporada que estuvo en préstamo con el juez Turner, otro amo que aprovechó las virtudes del ahora Platts. Y sí, como decíamos, las escenas de mayor sufrimiento físico (explícito) y espiritual tienen un lugar destacado, lo que para algunos es un regodeo sádico y para otros una patentización de la maldad intrínseca de ese régimen conducido por hombres creyentes de Biblia en mano.

Es notable la reconstrucción de época, a la altura de las grandes películas que han reflejado ese período (diseño de producción de Adam Stockhausen, dirección de arte de David Stein, escenografía de Alice Baker y vestuario de Patricia Norris), aunque con la ventaja de toda la experiencia de lo ya rodado sobre esos tiempos (que es como mucho, ¿no?). Algún purista puede cuestionar que esclavos sometidos a golpizas y vejámenes de todo tipo tengan tan buena dentadura (algo ya complicado en el siglo XIX para cualquiera), o que las cuerdas del violín parezcan de nylon, pero ya sería entrar en un grado de detalle demasiado profundo.

También se luce la presencia de los cantos de trabajo y los spirituals funerarios, origen de la música negra que hoy forma parte indisoluble de la cultura estadounidense (y mundial).

En carne viva

Los actores, tanto los protagónicos como los secundarios, son artistas de probados talentos, y hay sorpresas entre los no tan conocidos. Pero el tono y las circunstancias del filme aplanan bastante el espesor de los personajes. Así, Chiwetel Ejiofor encarna a un Northup con permanente rictus de pena o de dolor, mientras que Michael Fassbender (Epps, su gran antagonista) parece un villano de James Bond (vicioso, sádico, innecesariamente violento), menos interesante por ejemplo que el personaje de Leonardo DiCaprio en “Django sin cadenas”. El caso opuesto es el de Benedict Cumberbatch, que hace verosímil a su Ford, piadoso pero sin salirse de la lógica esclavista.

Sarah Paulson es una siempre enojada señora Epps, resentida con el atractivo que tiene sobre su marido la esclava Patsey (interpretado por la debutante Lupita Nyong'o, quien puede mostrarse un poco entre tanto azote y vejación).

Paul Dano está bien como Tibeats, el patán al servicio de Ford, un rol que le queda muy cómodo. Alfre Woodard como la concubina del amo Shaw tiene su momento interesante, en el que con sutileza y acento sureño explica cómo esa condición la sacó del sufrimiento.

Y hay lugar para pequeñas apariciones: Brad Pitt (productor del filme) se guardó el rol de Bass, pequeño y sin exigencias, pero clave en la resolución de la historia. Paul Giamatti tiene su aparición como el vendedor del protagonista, y la pequeña Quvenzhané Wallis (que fue la nominada al Oscar más joven por ‘La niña del sur salvaje') fue convocada para encarnar a la hija de Northup.

En definitiva: si a alguien le quedaban dudas de lo despiadada que era la esclavitud, aquí tendrá un catálogo interesante (y quizás la justificación a las picardías que hizo Lincoln para abolirla, tal como mostró Spielberg). Y para mejor apreciación, lo más dura que es cuando se ha probado antes la libertad.

buena

“Doce años de esclavitud”

“12 years a Slave” (Estados Unidos-Reino Unido, 2013). Dirección: Steve McQueen. Guión: John Ridley, basado en el libro de Solomon Northup. Fotografía: Sean Bobbitt. Edición: Joe Walker. Música: Hans Zimmer. Diseño de producción: Adam Stockhausen. Elenco: Chiwetel Ejiofor, Michael Fassbender, Benedict Cumberbatch, Paul Giamatti, Paul Dano, Lupita Nyong'o, Sarah Paulson, Brad Pitt. Duración: 134 minutos. Calificación: apta para mayores de 16 años. Se exhibe en Cinemark.



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