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editorial

  • El dilema que afrontaba la Argentina no se balanceaba entre lo malo y lo bueno sino entre lo malo y lo peor.

Acerca del acuerdo con el Club de París

Sin duda es una buena noticia, esperada desde hace años y varias veces aplazada. Basta recordar que en 2006 se estuvo muy cerca de un acuerdo en la negociación de la deuda que nuestro país mantiene con el Club de París y que por entonces timoneaba Amado Boudou, a cargo del Ministerio de Economía de la Nación. Pero en aquella oportunidad, un Néstor Kirchner receloso de la figura del ex ministro y actual vicepresidente, así como de las entretelas de aquel proceso, incluidos los agentes financieros que operaban con Boudou, tumbó el intento negociador.

Ocho años después, el arreglo ha costado 4.000 millones de dólares más. En ese lapso, pese a las proclamadas políticas de “desendeudamiento”, la deuda pública argentina ha trepado a los 250.000 millones de dólares. En realidad, el descenso de la deuda externa se ha más que compensado con el fuerte incremento de la deuda tomada dentro de nuestras fronteras.

En rigor de verdad, el acuerdo con el Club de París, recibido con beneplácito por los empresarios y la mayor parte del arco opositor, es un mal acuerdo, pero claramente es mejor que la falta de acuerdo. Para quienes, como este diario, han planteado una y otra vez la necesidad de cerrar el extenso default que nos colocó durante años fuera del mundo, es una buena noticia, más allá del sobrecosto que habrá de pagar la sociedad argentina.

El dilema que afrontaba la Argentina no se balanceaba entre lo malo y lo bueno sino entre lo malo y lo peor. Y en este crítico marco de opciones, se tomó la decisión menos mala. El gobierno, fiel a su praxis política, lo proclamó como un triunfo, como un nuevo capítulo de su gesta fundacional de una nueva Patria que sólo vive dentro del envase de un relato sin concesiones. Entre tanto, los sectores productivos y los partidos políticos de la oposición lo viven como un gesto de normalidad y el regreso a un mundo lleno de oportunidades. En suma, por distintas razones, la gran mayoría está satisfecha, con excepción de sectores de la izquierda dura que habitan planetas ideológicos mucho más lejanos.

En su exaltación del acuerdo, tanto la presidente como los principales voceros del gobierno coinciden en subrayar que van a honrar la deuda aunque no fue contraída por los gobiernos de los Kirchner. Estas expresiones, de por sí reveladoras, desnudan una extraña concepción de la política, en la que el núcleo cristinista se siente fundador de algo distinto. Por eso dicen: “Asumimos la deuda que contrajeron otros”, como si los otros no fueran argentinos iguales que ellos y la Argentina fuera ajena al principio internacional de la continuidad jurídica de los Estados, respetada desde siempre por nuestro país. El “nosotros” y “ellos” implícito en el discurso es un lugar común en las declaraciones de la presidente y sus acólitos, sentimiento intenso que ha cavado una brecha profunda en la sociedad argentina dividiendo a réprobos de elegidos, situación que no alcanzan a disimular ciertas efusiones de amor universal que entibian algunos discursos de los últimos tiempos.

Lo cierto es que la economía mundial está en un ciclo de cambio, y el capitalismo, en vez de hundirse en su colapso final -como imaginaba la izquierda del kirchnerismo- supera progresivamente su última crisis. La que en cambio se abisma cada día más en las profundidades del caos económico y social es Venezuela, el espejo en el que muchos militantes del oficialismo se miraban con delectación. Los hechos, entonces, obligan a volver a la realidad, recuperar el crédito, atraer inversiones, salir del pantano de la inseguridad jurídica y la hiperregulación de la economía, fatídica conjunción en un mundo donde los países compiten por capturar inversión productiva.

Los hechos obligan a volver a la realidad, recuperar el crédito, atraer inversiones, salir del pantano de la inseguridad jurídica.



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