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Grace Kelly, un icono de su tiempo - Edición Impresa - Revista Nosotros Nosotros

Grace Kelly, un icono de su tiempo

A propósito del estreno del film Grace of Monaco (Olivier Dahan), el biopic dedicado a la vida de Grace Kelly y que interpreta otro símbolo de la elegancia actual: Nicole Kidman, un repaso por el estilo de la princesa de Hollywood y Europa.

TEXTOS. GEORGINA LACUBE.

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La princesa fue un símbolo de elegancia.

 

Sobre la vida de Kelly (1929-1982) se han escrito innumerables libros y artículos en incontables idiomas. Es -sin duda- la actriz y soberana a la que más atención han prestado biógrafos, estilistas, periodistas y cinéfilos de todo el mundo. Resulta imposible calcular la cantidad de notas publicadas sobre ella que llevaban el título de Amazing Grace.

Y todas se han referido a su época como modelo cuando tenía 18 años; a su status de figura de referencia que impulsó a Nueva York como capital de la moda; a su primera actuación, allá por 1951, en una obra para la TV llamada A Kiss for Mr. Lincoln, donde lucía unos vestidos magníficos de la época de la guerra de Secesión; a su condición de “favorita” de Alfred Hitchcock; a las once películas que constituyeron el total de su filmografía; a su título de “mujer perfecta de los años ‘50”, ésa que provenía de una familia acomodada de Filadelfia, con buena educación y experiencia en el teatro que encontró un lugar en el cine; y a su desencanto con la fama que la obligó a dejar todo para iniciar una nueva vida junto al Príncipe Rainiero, que conoció en los jardines del Palacio de Mónaco un 6 de mayo de 1955 y con quien tuvo tres hijos: Carolina de Mónaco, Alberto II de Mónaco y Estefanía de Mónaco (con ella se encontraba el día que falleció en un fatídico accidente de auto hace 25 años).

Pero hay más. A pesar de que muchos la consideraron inaccesible y distante, siempre contó con el aprecio de los espectadores y de sus compañeros de trabajo. Edith Head, una de sus vestuaristas favoritas, contó que “trabajar con Grace resultaba muy agradable porque tenía una buena educación y podíamos hablar de cualquier cosa: arte, música, literatura... Disfrutaba visitando museos y le encantaba la música clásica. A veces entraba a mi oficina (de Paramount) con su almuerzo y nos pasábamos horas conversando y riendo. Siempre era un placer verla quitarse los zapatos y relajarse. Hoy la gente diría que parecía una “estirada”, pero no lo era. Grace tenía unos modales fríos y reservados que intimidaban a quienes no la conocían. Lo cierto es que era muy tímida”.

Aunque la imagen de Kelly se moldeó cuidadosamente por los estudios de la Metro-Goldwyn-Mayer con el fin de atraer a los espectadores masculinos, también la presentó como una joven respetable con guantes blancos (su seña de identidad) y medias muy finas a la que las mujeres podían admirar; de ahí que apareciera en revistas como Mc Call’s, Ladies Home Journal y Mademoiselle. Los términos más usados para describirla eran “dama”, “refinada”, “elegante”, “distinguida” y “reservada”.

CON EL AURA DEL NEW LOOK

Tenía lo mejor de la elegancia de lo años ‘50, el aura del New Look y la clase “costa este” que enloquecía a más de uno. De hecho, en 1954, apareció en todas las listas de las mujeres famosas mejor vestidas de Estados Unidos. Confesa amante de la moda y el diseño de ropa, siempre tuvo muy claro qué le sentaba bien y se arreglaba ella misma. Sin más, fue una de las pocas actrices de su época que rechazó el maquillaje recargado que tanto predicaban las tendencias imperantes en el realce de la belleza. Adepta a la cosmética natural, hasta se dio el gusto de aparecer sin el menor rastro de make-up en Historia de una monja, rodada en 1958. Grace se negó también a fumar en sus películas.

Sabía jugar con la ropa. Cuando fue a un casting para hacerse con el papel de la pareja de un militar en Los Puentes de Toko-Ri, llegó a la prueba vestida como la esposa de un piloto: con un sencillo traje de algodón, zapatos planos y gafas de sol. Las otras aspirantes habían acudido a la audición como quien va a una fiesta en Beverly Hills. El papel fue para ella, claro.

Por su parte, cuando la rechazaron para ser la protagonista de La angustia de vivir, por ser demasiado guapa y elegante, llamó a Edith Head y le pidió que la convirtiese en una mujer que lleva 10 años casada con un borracho y se ha abandonado por completo. La estilista le puso un suéter viejo, una pollera sin gracia y unos zapatos gastados, y así se presentó ante el director, que no podía creer que la bella actriz pudiese parecer una desdichada ama de casa. De ese modo obtuvo el anhelado papel que le valió un Oscar el 30 de marzo de 1955. Lo recogió ataviada con un vestido de Head de seda verde agua y los sempiternos guantes blancos.

INIGUALABLE GRACE

Pero quizá en ningún filme lució tan espectacular como en Atrapa a un ladrón, donde nuevamente Edith fue la elegida para vestirla. A tono con su buen gusto, la convirtió en una rica estadounidense que viaja a la Costa Azul y se enamora del chico malo mediante un memorable dos piezas de color rosa de falda plisada y cuerpo estampado y un fabuloso traje de noche blanco con escote palabra de honor que adornó con diamantes. Entusiasmado con el talento de Head, Hitchcock ideó una escena en un baile de disfraces para que Grace pudiese lucir un vestido dorado con un peinado a lo María Antonieta.

Semanas después de terminado el rodaje, la actriz fue invitada al festival de Cannes, y la revista Paris Match propuso organizarle una visita a Montecarlo para posar con el príncipe Alberto. El encuentro sería el inicio de un cuento de hadas. El solitario príncipe terminó enamorado de la reina del cine y dicen que cuando Grace dejó el palacio, Rainiero murmuró: “Es ella”.

Unos meses más tarde se anunciaba el compromiso de Su Alteza Serenísima con la señorita Grace Kelly, que fue sellado con un anillo de compromiso de platino con un diamante de diez quilates de Cartier Nueva York.

Para ese entonces, la actriz tenía aún un compromiso profesional que no iba a eludir: el rodaje de la película Alta sociedad. La encargada de sus estilismos fue nada menos que la diseñadora Helen Rose, una auténtica experta en trabajar tejidos complicados como la gasa y dueña de un estilo sobrio y elegante, a la vez que innovador y natural.

Así, para construir a una mimada heredera a punto de casarse por segunda vez ideó preciosos atuendos de día, un sugerente traje de baño blanco que dejaba desnuda la espalda de Grace y un traje de novia con pequeñas flores bordadas en blanco y gris. La actriz quedó tan encantada con los diseños de Helen que le pidió que le confeccionase el vestido de su boda con Rainiero.

“Estaba bellísima y enamorada”, recordó la vestuarista mucho tiempo después. Su creación costó 7.266 dólares, de hace 60 años; llevaba 25 metros de tafetán y tisú de seda, y un encaje de más de un siglo de antigüedad que se compró a un museo. El velo iba bordado con 1.000 perlas diminutas.

Y hubo más. Para preparar su equipo de boda, Grace contrató a la excelsa asesora de moda Eleanor Lambertt. Con ella compró un abrigo de armiño, otro de leopardo y otro de visón, seis vestidos de cóctel, cuatro sencillos, dos de baile, dos túnicas de noche, dos chaquetas y 20 sombreros, además de incontables suéteres y pantalones. En total, 56 maletas y 4 baúles. El último día de rodaje, la MGM la sorprendió con un regalo: todo el vestuario de la película.

El 12 de abril de 1956, acompañada de una legión de amigos y parientes, Grace Kelly llegó a Mónaco a bordo de un trasatlántico, el Constellation, mientras desde una avioneta Aristóteles Onassis lanzaba al mar miles de claveles blancos y rojos para darle la bienvenida. Bajó de aquel barco con un traje de chaqueta azul marino, un enorme sombrero y, por supuesto, los guantes blancos. El cuento de hadas había empezado.

EL famoso BOLSO

La historia también cuenta que cuando se enteró de su embarazo, lejos de confirmar la buena nueva de forma oficial, Grace Kelly se propuso ocultar la noticia y, ante las cámaras, escudaba su incipiente pancita tras el bolso de Hermès.

Las imágenes causaron tanto revuelo mediático que, rápidamente, la popularidad del accesorio de la casa francesa no tuvo contrincantes. Así fue como Hermès decidió rendirle tributo y rebautizar el bolso con el nombre de la princesa: bolso Kelly.

En su rol de soberana, su estilo estuvo marcado por las rayas navy, los pañuelos de seda anudados al cuello, las pamelas de ala XXL para la playa que combinaba con un body negro y sandalias peep toe, la camisa blanca de estilo masculino, estolas de piel sobre vestidos alucinantes, tops y vestidos de rejilla, vestidos negros de estilo camisero, un collar de perlas, exquisitos vestidos de Christian Dior, Balenciaga y Givenchy, además de las femeninas faldas de línea A que supo lucir como nadie.

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Nicole Kidman en la adaptación para el cine de la vida de la actriz y princesa de Mónaco.

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