Edición del Sábado 27 de setiembre de 2014

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Viena, un sueño imperial - Edición Impresa - Revista Nosotros Nosotros

Viena, un sueño imperial

Viena, un sueño imperial

El Palacio Imperial.

La autora nos presenta el corazón de esta ciudad europea en un recorrido que habla de una riqueza histórica que va más allá de la música, jardines y palacios.

 

TEXTO. NIDIA CATENA DE CARLI. FOTOS. ARCHIVO EL LITORAL.

Para la mayor parte de la gente, Viena es sinónimo de la grandiosidad del Imperio Austro-Húngaro, de las ondas de los valses de Strauss, de los palacios monumentales con sus salas de baile iluminadas por candelas, de rituales solemnes, donde los fastos han permanecidos hasta nuestros días. Como el Picadero Español, donde expertos domadores hacen danzar a sus corceles blancos marcando pasos y cabriolas, en un ballet equino cuidadosamente orquestado; también cada domingo, en la capilla del Hofburg, el antiguo Palacio Imperial, los Pequeños Cantores de Viena interpretan una misa de Mozart o Haydn ante una audiencia de melómanos.

Hoy como ayer, se sigue festejando la noche de San Silvestre, con el baile del Hofbug, donde las jóvenes vienesas danzan el Danubio Azul, como si nada hubiese cambiado desde la época del Emperador Francisco José l. Este es uno de los grandes acontecimientos mundanos de la sociedad vienesa.

Conocer la Viena imperial es recorrer los palacios y jardines más representativos de la dinastía de los Habsburgo, sus iglesias y museos; también es inexcusable no asistir a la Staatsoper (ópera del estado) uno de los lugares más frecuentados por los vieneses, lo mismo que tomar un café en alguno de sus distinguidos locales.

Para finalizar la tarde, un paseo por los jardines del Palacio de Schonbrum, escenario de los amores del Emperador Francisco José l y su bella esposa Sissí.

LOS ÍCONOS DE LA ANTIGUA VIENA

Es imposible imaginarse Viena sin la catedral de San Esteban y su torre elevándose a los cielos. En el transcurso de los siglos fue allí donde los ciudadanos se reunían en ocasiones solemnes a celebrar sus propios triunfos o a llorar sus derrotas. Es el palpitante corazón de la ciudad antigua desde el año 1137, en que fuera colocada la piedra fundacional.

Me encaminé a la Stenplast donde está emplazada la Catedral. Allí me había citado con una licenciada en arte para que me explique este singular edificio. Ella lo expuso así: “Es una composición arquitectónica muy atípica y contrastante, salvo la torre principal de prosapia gótica. La nave fue construida apartándose totalmente del estereotipo medieval, no existe otra catedral cuya decoración exterior se base en azulejos multicolores, salvo que su abolengo estuviera vinculado con remotos orígenes hispanos-lucitanos. Tampoco posee los goterones con figuras demoníacas que, según las creencias, servían para ahuyentar los malos espíritus. No tiene los arbotantes de otras catedrales pero, en su lugar, se construyeron planos a dos aguas profusamente decorados“.

EL INTERIOR DE LA CATEDRAL

Bien vale la pena recorrerla integralmente. No nos pasará inadvertido el Púlpito de Pilgrán, obra maestra del 1514. Las figuras superiores representan a los cuatro Padres de la Iglesia. En la base divisamos el autorretrato del escultor, denominado “el curioso de la ventana”. Sobre la escalera llama la atención la escultura de un perro, que “cuida que no atraviesen sapos ni lagartijas”, símbolos del mal en siglos del pasado.

Conocerla completa lleva buen tiempo por sus dimensiones: 170 metros de largo y 70 de ancho; la altura de la nave lateral y mediana es, respectivamente, de 24 y 28 metros; mientras que el coro alcanza 22 metros de altura.

Es imposible pensar Viena sin la catedral; representa un ícono que atrae a propios y extraños.

HOFBURG: EL PALACIO IMPERIAL

Entrar y desplazarse por este laberíntico palacio no es nada sencillo, necesité de un plano para acceder por mi cuenta a los espacios habilitados. Es gigantesco con sus 18 alas, 54 escalinatas, 19 patios y 2600 habitaciones.

A decir verdad, no me alcanzaban los cinco sentidos para “adueñarme” de tanta belleza junta. No obstante, el tiempo es tirano así que me dirigí al ala donde se encuentran las salas de ceremonias de María Teresa y su esposo, el emperador Francisco Esteban l.

El lujo y el boato es una constante en estas habitaciones de muros blancos estucados con dorado, espejos, pinturas y mobiliario de estilo. Imperdible echar una ojeada al Comedor de la Corte y Sala de la Plata, aquí sorprenden una mesa tendida con un mantel blanco y un servicio de 140 cubiertos de oro y plata; esta sala se llama Triunfo de la mesa de Milán. ¡Sencillamente alucinante!

Mi hoja de ruta me llevó al ala del Antiguo Castillo, donde se encuentra la Capilla Imperial, dedicada a la Asunción de Virgen; fue construida por el emperador Federico lll (1447- 1449). Allí todos los domingos y los días de fiesta se celebran misas solemnes.

Un broche de oro de esta visita, lo constituyen las salas de Schatzkammer, sin parangón por su esplendor y riqueza. El emperador Carlos VI depositó allí sus tesoros en 1712. Las piezas más destacadas de la colección son: la Corona Imperial del Sacro Imperio Romano, la Corona Imperial Austríaca y la Orden de la Casa de los Absburgo.

Luego de recorrer, casi sin pausa, este palacio de leyenda me quedaba por deleitarme con “el plato fuerte”. Éste, sin dudas, era para mí visitar los apartamentos privados del emperador Francisco José l y su esposa Isabel (Sissí). Los mismos se conservan casi intactos, como en 1848, fecha en que el emperador accedió al trono. Según “mi mirada”, no encontré el lujo sibarítico de otras dependencias, sino un aposento con un lecho de hierro artísticamente trabajado, un catre de campaña del emperador, un escritorio y, detrás, una habitación para hacer gimnasia. En un corredor próximo está el único baño del palacio. Increíble pero real.

La calle que atraviesa el Hofburg conduce al vasto espacio del Heldenplatz (Plaza de los Héroes) con la imponente estatua del archiduque Carlos. Con esta sugestiva vista del palacio y jardines, puse el broche final a esta inolvidable visita.

PALACIO BELVEDERE

El Belvedere fue la residencia del príncipe Eugenio de Saboya. Sus excepcionales dotes militares lo llevaron a la cima en su lucha contra los turcos (1683-1697) que culminó en la batalla de Tibisco, ésta marcó el ocaso de las reiteradas incursiones otomanas en Europa.

A partir de ese momento el joven príncipe se llenó de gloria como salvador de la Cristiandad y la Civilización Occidental. Fue considerado por Napoleón como uno de los siete estrategas que más conocimientos aportaron al arte de la guerra. Como es de suponer, el príncipe Eugenio, fiel a su imagen y al espíritu de magnificencia de la época, quiso erigir “su” monumento. Como se decía por entonces: ”El poder sin pompa es ridículo”. Eugenio lo sintió como una necesidad funcional para garantizar su poderío.

Bajo esta premisa, se erigieron los palacios Belvedere Superior, en la cima de la colina, y Belvedere Inferior, al pie de la misma. El conjunto arquitectónico revela la concepción barroca del poder absoluto, símbolo del prestigio de su dueño.

Luego de una larga caminata, me encontraba al fin frente al imponente portal de hierro forjado que da acceso al Belvedere Superior, recargado de emblemas heráldicos y nobiliarios de Eugenio de Saboya. A ambos lados de la verja, dos leones sostienen el escudo de los Saboya y, más abajo, dos ángeles denominados “amorcillos” juegan con un cordel. La corona del Sacro Imperio Romano es el motivo que más se repite.

Franquear semejante verja es toparse con un mundo de fábula: jardines increíblemente geométricos dispuestos en terrazas, grupos escultóricos ordenados que obedecen a rigurosas perspectivas, están sobriamente colocados en las zonas verdes de los jardines.

Continuando con mi derrotero, arribo a la cascada artificial escalonada y al estanque que la alimenta. Visitar este palacio por dentro amerita, por lo menos, un día completo, para poder apreciar su suntuosidad y belleza.

El decorado en la planta baja representa temas de la mitología clásica. Del centro parte una escalera rampa que lleva al primer piso, con grandes muros y techos estucados en oro. Aquí, nuevamente, los “amorcillos” sostienen las farolas negras que iluminan profusamente este ambiente “casi” de cuentos de hadas y brujas. Son imperdibles el Salón de Mármol y la Sala de los Espejos.

Los magníficos portales se cierran al atardecer, pero aún queda mucho por ver aquí y más allá también. Es que Viena Imperial es mucho más que música, jardines y palacios. Es una interminable saga novelesca de los personajes increíbles que la habitaron durante nada más y nada menos que 640 años de reinado. En definitiva, Viena es un sueño imperial, que bien vale la pena conocer.

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El Palacio Belvedere.

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La catedral de San Esteban.



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Sábado 27 de setiembre de 2014
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