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editorial

  • Se han tejido diversas hipótesis, pero el caso de los autos incendiados en la ciudad de Santa Fe sigue sin ser resuelto.

El quemacoches sigue en las calles

Desde principios de marzo de este año, se han tejido las hipótesis más diversas, en un intento casi desesperado por encontrar una explicación al llamativo fenómeno de la quema de autos en las calles de la ciudad de Santa Fe.

Se habló de campaña sucia en el marco de las elecciones, de algún negocio vinculado con la posibilidad de cobrar los seguros, de un piromaníaco deambulando a solas por la ciudad, de una banda organizada, del efecto imitación, de supuestos policías intentando generar un estado de pánico en busca de los más variados objetivos.

Se dijo que el quemacoches prefería los autos blancos, luego se hizo hincapié en que buscaba automóviles viejos, quizá porque carecen de alarmas o porque resulta más sencillo abrir sus puertas para arrojar en el interior los elementos incendiarios. Según los peritajes de los bomberos, el fuego se inicia en todos los casos a partir de lo que denominan “combustibles lentos”.

El quemacoches no utiliza nafta para iniciar el incendio, ya que se trata de un combustible altamente inestable, que se quema de manera inmediata y que puede generar una explosión. En su lugar, utiliza querosene o combustibles de características similares.

Pero más allá de algunas coincidencias en el modus operandi del incendiario, lo cierto es que ningún vehículo está a salvo en las calles de la ciudad durante las noches.

Los meses pasan y nadie parece estar en condiciones de brindar una explicación consistente ante un situación que, a esta altura de las circunstancias, ya se ha convertido en un problema crónico.

Se calcula que entre 50 y 60 vehículos fueron incendiados en poco más de tres meses y medio. El último fin de semana, la seguidilla comenzó con un Fiat Regata, luego con un Fiat 147 que se encontraba estacionado en Los Nogales al 2500 (barrio Altos del Valle). Pero eso no fue todo, ya que el fenómeno se extendió hasta la ciudad de Santo Tomé, donde una retroexcavadora también fue blanco de un atentado incendiario.

Después de tanto tiempo y luego de que tantos vehículos han sido arrasados por las llamas, cuesta comprender cómo es posible que las autoridades no hayan podido resolver este enigma.

Resulta llamativo que el autor -o los autores- de estos atentados no haya sido registrado por ninguna de las más de 150 cámaras de seguridad que funcionan en la ciudad de Santa Fe, a pesar de que el control sobre estas imágenes viene siendo exhaustivo.

El quemacoches no sólo evita ser registrado por el sistema de monitoreo en el momento de incendiar los vehículos, sino que también sabe cómo llegar y escabullirse del escenario de cada incendio sin ser detectado. En otras palabras, está en condiciones de huir a través de “corredores seguros”.

Los incendios se produjeron en distintos puntos de la ciudad. Sobre todo, en el sudoeste y en el centro-norte del casco urbano. Incluso, se observa la particularidad de que dos o más hechos -el 9 de mayo pasado se registraron cuatro casos- se dieran en una misma noche y en barrios absolutamente alejados, lo que desorienta a los investigadores.

La situación comienza a tornarse preocupante. No sólo por las pérdidas ocasionadas a los propietarios de estos vehículos y por los potenciales daños que el fuego pudiere ocasionar en las personas, sino porque esta seguidilla de incendios irresueltos profundiza la sensación de indefensión que recae, pesadamente, sobre gran parte de la ciudadanía.

Se calcula que entre 50 y 60 vehículos fueron incendiados en poco más de tres meses y medio.



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