Edición del Jueves 16 de julio de 2015

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Edgardo Russo, un espíritu independiente - Edición Impresa - Artes y Letras

Edgardo Russo, un espíritu independiente

A principios de mes falleció en Buenos Aires el editor, escritor, traductor y cineasta Edgardo Russo, un santafesino que durante décadas tuvo una activa participación en la vida cultural de nuestra ciudad, y que en Buenos Aires llevó a cabo una notable labor en el campo editorial, hasta la creación de un sello propio, El Cuenco de Plata, precisamente la editorial que republicó en castellano la novela de Gombrowicz que comentamos en estas mismas páginas. A continuación transcribimos el reportaje que casi una década atrás le hiciera el escritor y periodista Augusto Munaro.

 

Por Augusto Munaro

Si alguna vez se llegase a redactar la historia de editores argentinos, seguramente el nombre de Edgardo Russo (Santa Fe, 1949) abarcaría un capítulo del libro. Este polifacético editor, además de ser el responsable de difundir obras extraordinarias, es traductor, poeta y narrador. Pasó por el Centro de Publicaciones de la Universidad del Litoral, El Ateneo, Adriana Hidalgo e Interzona. En 2004, lanzó su propio y más ambicioso- emprendimiento: la editorial El Cuenco de Plata.

—¿Cuándo y cómo se originó su pasión por los libros?

—Lo primero fue aprender a leer y escribir, y fue una experiencia precoz. El resto vino por añadidura. El escritor norteamericano Jonathan Franzen sostiene (citando a su amiga Shirley Heath) que para que una persona se interese en la literatura deben cumplirse dos condiciones. La primera, que el hábito de leer obras sustanciosas haya sido firmemente inculcado cuando era muy joven (en otras palabras, uno de los padres tiene que haber leído libros serios y alentado a su hijo a hacer lo mismo). En mi caso, decididamente mis padres no eran lectores, aunque sí leía mi hermana mayor con la que al parecer empecé a “competir”, tratando de superarla. Pero el simple hecho de tener un padre que lea, no basta (según Heath) para crear un ferviente lector vitalicio. Los lectores jóvenes también necesitan encontrar una persona con quien compartir esa afición.

—¿Cómo nació El Cuenco de Plata en 2004?

—El Cuenco de Plata se empezó a gestar en septiembre de 2003, inmediatamente después de mi renuncia a Interzona. Un año antes había renunciado a la dirección de Adriana Hidalgo, y esa inestabilidad me llevó a conclusiones muy poco románticas sobre las alianzas entre el trabajo intelectual y el capital a secas. De modo que los referentes no hay que buscarlos muy lejos: el trabajo previo en Interzona, y más específicamente los cuatro años armando el catálogo de AH.

—Poesía, novela, ensayo, el catálogo de su editorial es en verdad vasto y heterogéneo. Actualmente, ¿con cuántas colecciones cuenta El Cuenco de Plata? y ¿cuáles son los valores literarios que se consideran en el momento de la selección del material?

—Sí, el catálogo es heterogéneo, precisamente porque la propuesta editorial se basa en calidad y diversidad. El criterio de diversidad nos libra de las especializaciones, o el encasillamiento que fija un proyecto de manera unidireccional: editorial de poesía, editorial de filosofía, editorial de literatura argentina, editorial de psicoanálisis, etc. El perfil se va definiendo por líneas de cruce dentro de una propuesta basada en cierta heterodoxia. No me refiero a un criterio de “provocación” o “vanguardia”, que no necesariamente garantizan la buena literatura, sino en todo caso a un trabajo de elección en los bordes de los criterios dominantes. Marosa di Giorgio y Juan Filloy son en este sentido paradigmáticos. O la colección “El libertino erudito”, que rescata la tradición heterodoxa o contestataria del Iluminismo (Diderot, La Mettrie, etc)... Pero en esta elección hay algo subyacente: creo que la narrativa de ficción se ha empobrecido considerablemente (¿después de Tolstoi y Dickens?, ¿de Proust y Joyce?), y que sus funciones se han desplazado. No corresponde definir los textos de “El libertino erudito” como “filosofía narrativa”, pero Carta sobre los ciegos, de Diderot, es un texto más conmovedor (y vanguardista) que buena parte de la narrativa actual más festejada.

—Según su criterio, ¿qué se vende más en el mercado del libro, las novelas o los volúmenes de cuentos y por qué?

—El cuento es un género que se edita (y se vende) cada vez menos, sin que haya argumentos claros que expliquen el motivo. Decididamente, se vende más la novela, quizás porque en apariencia es un género más ambicioso: desarrolla una trama de mayor alcance (personajes y escenas desarrolladas en una escala espacial y temporal más matizada), y por lo general promete una visión del mundo o una concepción de las cosas que va más allá de lo que se supone permiten los cuentos. Claro que esto no siempre es así, y en oportunidades un cuento (“Bartleby”, de Melville, “Wakefield” de Hawthorne, o los cuentos de Chejov o Quiroga) pueden valer más que todas las novelas rutinarias y previsibles a las que nos tiene acostumbrados el mercado. Lo que no puede dejar de sorprender es que en los años 60 y 70, la circulación del género cuento ocupaba un espacio nada desdeñable en el mercado. Basta pensar en los libros de Julio Cortázar “Bestiario” y “Final de juego”, que en su momento alcanzaron niveles de venta equivalentes a los de un gran best-seller de hoy.

Mi amigo Edgardo

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Edgardo Russo, con su hija Florencia y Enrique Butti, en El Litoral (2000). Foto: Luis Cetraro

 

Por Enrique Butti

Edgardo Russo, de los libros, de las películas, como sólo saben hacerlo los artistas y ningún crítico ni teórico, hablaba con una seducción que despertaba la envidia por haber tenido la posibilidad de leer ese libro, de ver esa película. Se corría a leer ese libro, a ver esa película. A menudo, no se encontraban las cosas que lo habían apasionado, pero como su gusto era infalible esa obra sabía darnos con creces lo suficiente para suplirlas. Esa capacidad lo hizo un editor de primera línea. Es que tenía la amplitud mental y la curiosidad para atisbar, sea en la alta intelligentsia como en la cantilena populachera, más allá de todos los batifondos, alguna nobleza escondida o ninguneada que valía la pena rescatar. Ahora, los lectores y escritores de este país nos quedamos huérfanos.

Con Edgardo nos peleamos muchas veces, pero en el colegio secundario donde nos conocimos nos llamaban Poxipol, por los pomitos siempre juntos, y porque separados no pasaba nada pero si nos mezclaban había que aguantarse. Esa soldadura inspiró a algún sanito profesor de educación física la broma de reunir a los alumnos en círculo, echarnos a los dos en el medio y exigirnos que peleáramos. Como no nos movíamos se caldearon los ánimos con empujones y gritos para azuzarnos uno contra el otro. Caímos trenzados simplemente porque el círculo se estrechó y cerró alrededor nuestro.

Después Edgardo se puso de novio con Estela Figueroa y yo iba ahí de paleta. Una noche tarde, en Guadalupe, en el garaje de Kiwi, después del preciado clericó batido con la tibia de la abuela, Estela y Edgardo bajaron a la playa. Al rato me despedí yo. Caminé un poco por ahí y me saltó encima la cana: “¿Dónde está la mina?”, me acosaban. “¿Qué mina? Yo estoy solo”. Andá a explicarles que yo no era él.

Edgardo, Estela, José Luis Pagés, Morita Torres, Pancho Druetta, y los que estaban y se fueron, éramos todos ávida gente de letras, pero bien lejos de lo que ahora podríamos llamar un conicetista de las letras. Santa Fe no era una fiesta y lo fue cada vez menos, pero nos obligábamos a ser felices de la mejor manera posible. La desesperación era admitir que nuestro privilegio estaba a la portada de todos y que, por las razones que uno quisiera o supiera darle, la indiferencia de doctos y burros, y el hostigamiento de desgraciados malignos nos relegara, revolcados y mordiendo el polvo, en una torre de marfil con todo el Parnaso a mano.



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