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editorial

Nuevos tiempos para la política

  • Durante la campaña, los principales candidatos se limitaron a hablar de vaguedades y a manifestar meras expresiones de deseo.

Los argentinos acuden a las urnas este domingo para participar de unos comicios que representan el inicio de un proceso electoral que, por distintas razones, llega para ocupar un lugar destacado en la historia política del país. Entre otros motivos, porque cualquiera sea el candidato que en diciembre próximo asuma como presidente, encarnará el fin de un ciclo y el comienzo de otro.

No se trata de una lectura antojadiza. De hecho, será la primera vez desde 2003 que entre los aspirantes a la Presidencia de la Nación no aparecerá el apellido Kirchner. Y no es éste un dato menor. Incluso en el caso de que el Frente para la Victoria logre conservar el poder, inevitablemente habrá nuevos aires en los máximos niveles de decisión.

Existen otros condimentos que les dan a estas elecciones características particulares. Quizá como nunca antes desde el retorno a la democracia, los argentinos fueron testigos de una campaña electoral en la que los principales candidatos sólo hablaron de vaguedades y expresaron meras expresiones de deseo.

En el pasado, existieron malas experiencias con políticos que engañaron al electorado, planteando una serie de medidas que jamás estuvieron dispuestos a implementar. Un caso paradigmático fue el de Carlos Menem, quien llegó al poder prometiendo un “salariazo” que terminó convirtiéndose en la aplicación de los lineamientos del Consenso de Washington en la Argentina.

Ahora, en cambio, los candidatos ni siquiera se esmeran por realizar falsas promesas. La consigna parece ser no comprometerse a nada.

Y no se trata de un hecho fortuito. Tanto es así que, incluso, trascendieron públicamente las recomendaciones que recibieron desde sus consultores de imagen: humanizar el discurso -aun a costa de vaciarlo de contenido- y jamás hacer propuestas concretas.

Dicha estrategia se planteó por distintos motivos. En primer lugar, porque es verdad que el ciudadano común parece rehuir de su obligación de informarse para conocer datos imprescindibles a la hora de decidir su voto.

Pero eso no es todo. Además, este proceso electoral a punto de comenzar -las elecciones definitivas recién se realizarán en octubre y existe la posibilidad de una segunda vuelta- se produce en medio de una situación macroeconómica que, inevitablemente, requerirá de una serie de correcciones en el corto plazo.

Ningún político desea quedar preso de sus palabras. Y, por lo general, el electorado no parece demasiado interesado en reclamarles definiciones. Entonces, frente a este contexto, lo que suceda a partir de diciembre próximo será una verdadera Caja de Pandora: nadie sabe con exactitud cuáles son los planes que los principales postulantes a la Presidencia tienen pensado aplicar.

Aun en estas condiciones, el hecho de ejercer el derecho del voto siempre es importante. No sólo porque durante gran parte de la historia de la Argentina no fue posible elegir autoridades sino porque, además, se trata del principal mecanismo democrático a través del cual la ciudadanía está en condiciones de expresarse.

Las elecciones de este domingo representan, en definitiva, el primero paso de un proceso que abrirá las puertas a un nuevo tiempo político en el país. Cualquiera sea el resultado.

Cualquiera sea el candidato que en diciembre próximo asuma como presidente, encarnará el fin de un ciclo y el comienzo de otro.



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