Edición del Jueves 05 de mayo de 2016

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De Costa Salguero a Cromañón - Edición Impresa - Opinión Opinión

Mesa de café

De Costa Salguero a Cromañón

Otoño en el bar, con café caliente, tostadas y más café. El tema de la mañana: el caso de Costa Salguero, la fiesta electrónica y la muerte de cinco jóvenes, además de los heridos y todas las consecuencias que produjo este episodio. Este fin de semana las fuerzas de seguridad intervinieron en una fiesta parecida en Rosario. Hubo detenidos y se requisaron drogas, armas y otros menesteres del oficio. ¿Quiénes son los responsables? Una buena pregunta para conversar en la mesa, mientras la mañana avanza hacia el mediodía.

—Yo comparto la decisión de prohibir estas fiestas y cerrar los boliches. Son santuarios de muerte, que no nos podemos permitir que funcionen si es que queremos proteger a nuestros hijos.

—Disiento en toda la línea -ataca José-, una decisión de ese tipo es tan descabellada como cerrar los colegios secundarios porque en la puerta algunos pícaros venden drogas. No se gana nada con cerrar los boliches, porque se van a ir a la provincia de Buenos Aires o harán una fiesta privada.

—Entiendo tu comparación -responde Abel-, pero no se ajusta a lo que yo intento expresar.

—Lo que expresaste no admite demasiadas variaciones -interviene Marcial-, yo con gusto compartiría tus opiniones, si tuvieran alguna posibilidad de aplicarse a la realidad. Lamentablemente los boliches existen, la noche existe y la droga existe... y con esas realidades desagradables tenemos que enfrentarnos.

—Existen, pero se las puede reprimir -refuta Abel-, y si no se puede eliminar el problema de raíz, por lo menos vale la pena reducirlo a su mínima expresión.

—Por lo menos es una buena noticia -comenta José- que los empresarios y policías responsables estén presos o sancionados.

—Yo no voy a defender a empresarios sinvergüenzas y policías corruptos -digo-, pero lo que pretendo es que el problema sea abordado en toda su complejidad, atendiendo a las múltiples causas que lo hicieron posible.

—No sé a qué te referís.

—Muy sencillo. Sobre la tragedia de Costa Salguero se habla de la policía, los narcos, los empresarios, pero no se dice una palabra de los que consumieron las drogas.

—¿Cómo que no se dijo nada? -exclama José-, son las víctimas, son los que murieron o quedaron internados en estado de gravedad.

—Esa es la consecuencia, pero me interesaría ir un poco más allá o un poco más acá de esa interpretación un tanto simplista.

—Sigo sin entenderte.

—Voy a esforzarme por ser claro. Yo siento mucho la muerte de esos chicos, pero no seamos oportunistas; a esos chicos nadie les puso un revólver en el pecho para que consuman drogas. Tampoco sería justo que los contribuyentes deban indemnizar a los familiares de las víctimas.

—No se puede ser tan descarnado -exclama José.

—No soy descarnado, trato de ser objetivo. Estamos ante personas mayores de edad que tomaron la decisión de consumir drogas. No sólo que no fueron obligados, sino que tampoco fueron engañados; nadie les dijo que iban a tomar chocolate con leche...

—Tampoco nadie les dijo que esas drogas podían matarlos.

—Es verdad, pero no perdamos de vista lo más importante: se hace muy difícil, por no decir imposible, controlar a quienes han decidido drogarse.

—Yo creo -dice José- que el Estado tiene la obligación de proteger.

—Eso es lindo decirlo, pero en el caso que estamos hablando no sé cómo puede hacerse posible. Vivimos en una sociedad abierta, en una sociedad que reconoce la libertad de las personas.

—La libertad, no el libertinaje.

—Perfecto, pero ¿cómo poner límites a esa diferencia entre libertad y libertinaje? ¿Qué se puede hacer? ¿Revisarlos a todos? ¿Cómo controlar que no lleven pastillas que miden dos centímetros de diámetro? ¿Qué pretenden que haga la policía, que los desnude a todos, uno por uno, que el Estado destine un policía para cada uno de ellos? Ustedes se darán cuenta de que eso es imposible, porque en definitiva se hace imposible, o sumamente difícil luchar contra una decisión o una pulsión íntima de algunos jóvenes de drogarse.

—Yo coincido con vos Remo -dice Marcial-, ¿pero qué hacemos con los empresarios delincuentes que organizan recitales para vender drogas y policías que miran para otro lado?

—La respuesta a tu pregunta es muy clara; investigar y sancionar a los responsables institucionales, pero no nos engañemos o seamos demagogos ante la tragedia. Si decidieron drogarse se hace muy difícil protegerlos, pero además, y esto creo que hay que destacarlo, no me pueden hacer responsable a mí, funcionario del Estado, por lo que les pasa.

—A mí, esto que pasó en Costa Salguero me hace recordar mucho a Cromañón.

—Creo que hay diferencias importantes.

—¿Por ejemplo?

—En Cromañón no fue la droga la responsable de la tragedia, por lo menos no lo fue en primer nivel, sino el fuego; en Cromañón hubo puertas cerradas y funcionarios del gobierno kirchnerista de la ciudad de Buenos Aires que no cumplieron con sus deberes, y por último, en Cromañón murieron casi cien personas y en Costa Salguero murieron cinco.

—Está bien, hay diferencias obvias, pero también se pueden encontrar ciertas similitudes -digo-. Yo, como todos, lamenté esa tragedia, no es agradable que los jóvenes mueran como ratas, pero hecha esta aclaración insisto con lo que ya dije otra vez: se hace muy difícil preservar la vida o la integridad de la gente si marchan a un recital bajo la convocatoria de un festival de bengalas. Es más, en una mesa como ésta hace unos años dije que las muertes de Cromañón tuvieron varios responsables: los funcionarios, los empresarios, pero también esas multitudes que fueron alegremente e histéricamente a participar del festival de bengalas. Yo puedo condenar el juego conocido como ruleta rusa, lo puedo condenar pero no impedir; pero si un grupo de personas decide jugar a la ruleta rusa y en algún momento, como es de prever, uno se mata, no puedo después echarle la culpa a los fabricantes de armas o a los fabricantes de balas.

—En el caso que nos ocupa, la culpa la tuvieron los que cerraron los portones de salida, cierre que se produjo, además, para impedir que algunos ingresaran sin haber pagado la entrada -dice Abel.

—Puede ser, pero el cierre de los portones actuó a continuación del incendio. Y al incendio lo produjeron, como era de prever, los muchachitos que asistieron al recital bajo la consigna: festival de bengalas. Es más, una semana antes de la tragedia la policía quiso intervenir y los sacaron a pedradas.

—¿Vos querés decir que se la buscaron?

—Algo parecido. En realidad, yo no sé si lo hicieron de manera consciente o inconsciente, pero está claro que si en un local cerrado empezás a arrojar bengalas al techo no te debe sorprender que se produzca un incendio y que las consecuencias sean letales para todos. Y si, sin que nadie te obligue, marchás a una fiesta electrónica decidido a consumir drogas sintéticas, no debe ser del todo extraño que algún organismo no resista esa agresión.

—No comparto -dice José.

por Remo Erdosain

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