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Dios es amor

Por María Teresa Rearte

Por medio de la liturgia recorremos el itinerario de la salvación, revelado por Jesús, desde la Encarnación del Hijo hasta la Muerte y Resurrección. Luego la Ascensión y Pentecostés, que marca la culminación del tiempo pascual. Después la liturgia incorpora la solemnidad de la Santísima Trinidad, celebrada el domingo 22 de mayo, a la que le sigue el domingo siguiente la del Corpus Christi, y el viernes posterior la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús.

En la situación sociocultural del presente se advierte cómo un lenguaje masivo y repetitivo fija en el pensamiento un esquema estereotipado, que conduce a que otros “piensen” de la misma manera. Y se deserte de creer. O nunca se lo intente.

En ese marco existencial, ¿qué lugar queda para la autonomía y el porvenir de la espiritualidad cristiana? No obstante, la celebración del misterio de la Santísima Trinidad nos manifiesta que Dios es amor. Es el Creador y el Padre, el Dios de misericordia. Es el Hijo unigénito, que ha muerto y resucitado por nosotros. Es el Espíritu Santo cuyo soplo vivificante aletea en el cosmos y dinamiza la historia.

Una mirada en derredor mostrará cómo las inclinaciones viciosas, que crean acostumbramiento y consolidan el hábito, como por ejemplo el alcoholismo o las drogas, desnudan un interior caótico y aun destrozado. El que exhibe una desordenada necesidad de novedades que obsesiona. La Escritura dice que “en su desesperación se entregaron al desvarío” (Ef. 4, 19).

La contemplación de las tres Personas que son un solo Dios no muestra la soledad o la incomunicación. Y a diferencia de la cultura de la muerte, del egoísmo individualista, nos revela a Dios como amor. En todo lo que mueve el universo se deja ver un mundo de relaciones, que de algún modo reflejan a Dios. “En Él, decía el apóstol en el Areópago de Atenas, vivimos, nos movemos y existimos” (Hech. 17, 28).

Puede parecer extraño en tiempos en los que la figura del “yo” se agiganta. Y se opone lo que es de uno a lo que pertenece a otro. Sin embargo, y aun entre las dificultades de la existencia, los seres humanos descubren que sólo el amor hace felices. Que el desamor es causa de desdicha y aún de enfermedad.

Felices quienes reflejan en sí la huella de la Trinidad divina que es amor. Los que pueden configurar el nosotros. En tiempos de indiferencia, la solemnidad del Corpus Christi, mencionada al inicio de esta nota, es un misterio de intimidad con Jesús en el sacramento de la Eucaristía. En la procesión del Jueves Santo hemos acompañado a Jesús en su soledad. En la del Corpus Christi seguimos al Resucitado, que va delante de nosotros.

En cuanto a la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, se trata del núcleo divino-humano de la persona de Jesús. Del corazón que llama al nuestro y nos invita a salir del yo, a abandonar las seguridades humanas que tantas veces se desvanecen, sobre todo en la hora de la prueba, y a confiar en Él. Lo que explica con claridad aquél “permanezcan en mi amor” (Jn. 15, 9), dirigido a todo bautizado.

No hay que dejarse engañar. El poder del mal es terrible. Y adquiere formas diversas. Lo podemos constatar en el mundo y aún cerca nuestro. La cruz de Cristo en el Calvario da cuenta de su fuerza contra el mismo Hijo de Dios, absolutamente inocente. Pero esto no debe desalentar a nadie. Por heterogénea que sea la civilización actual, y no obstante la negación de Dios por parte de nuestros contemporáneos, la potencia salvadora del amor de Dios es más fuerte que el pecado y la muerte.

Una mirada en derredor mostrará cómo las inclinaciones viciosas, que crean acostumbramiento y consolidan el hábito, como por ejemplo el alcoholismo o las drogas, desnudan un interior caótico y aún destrozado.

Incluso entre las dificultades de la existencia, los seres humanos descubren que sólo el amor hace felices. Que el desamor es causa de desdicha y aun de enfermedad.



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