Edición del Sábado 27 de agosto de 2016

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El misterio de lo desconocido: desde el Mar Egeo al Bósforo - Revista Nosotros Nosotros

El misterio de lo desconocido: desde el Mar Egeo al Bósforo

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La autora relata en primera persona su viaje a Estambul donde se entretejen pensamientos, culturas, razas, religiones e idiomas distintos.

Por Nidia Catena de Carli.

 

La grave sirena del barco anuncia la partida levando anclas desde el Puerto del Pireo (Grecia). Son las 16 de un tibio día de primavera.

Durante la tarde y parte de la noche navegaremos en las aguas del Mar Egeo pasando cerca de las múltiples islas de Grecia con rumbo al estrecho del Bósforo en Turquía.

Mientras tanto la vida en el barco continúa con su diaria y amena rutina colmada de actividades, ya sean al aire libre disfrutando del sol, las piletas y yacuzzis, o bien, recorriendo el transatlántico que ofrece innumerables alternativas para cada día de navegación. En una palabra: Es imposible aburrirse en estas “ciudades en movimiento”, dónde todo está pensado para el placer, la alegría y el bienestar.

A la hora de la cena nos anuncian que comenzaremos a navegar el espectacular estrecho de los Dardanelos que separa Europa de Asia, es un sitio muy peligroso con tan sólo 1,6 kilómetros de amplitud en su punto más angosto y 60 kilómetros de largo; en este tramo un experto conocedor del lugar instruirá al capitán del navío en esta peligrosa travesía.

Se advierte claramente que la navegación, de pronto, se hace más lenta, seguramente esquivando los escollos de este paso tan estrecho.

Las horas se suceden -por suerte- sin inconvenientes y con las primeras luces del alba la nave hace su debut en el Mar de Mármara ¡Otro mar más en esta travesía!

El Mármara es un pequeño mar interior que une el Mar Egeo con el Mar Negro a través de los estrechos de Dardanelos y Bósforo, respectivamente. Su nombre proviene del griego mármaros (mármol) por encontrarse esta preciada roca en sus islas.

Mientras navegamos se pueden observar las islas Príncipe y Buyukada, esta última tiene una población aproximada de 15.000 habitantes.

AL FIN EL BÓSFORO

El Bósforo es uno de los estrechos más estratégicos del mundo, conecta el Mar de Mármara con el Mar Negro, su longitud es de 30 kilómetros, su anchura varía entre 700 metros y 4 kilómetros.

Apenas el barco hace su entrada en este estrecho canal guiado por la pequeña embarcación del práctico, oigo hablar de las dificultades de navegarlo con un transatlántico, por su forma de “S” y varias curvas pronunciadas, además de sus corrientes de aguas cambiantes. Pero uno sabe o “quiere creer”, que está en manos de expertos navegantes.

Desde el puente más alto del barco diviso extasiada como va emergiendo de las aguas del Bósforo y del Cuerno de Oro esta ciudad fascinante que se denomina Estambul.

Frente a mí tengo un imborrable horizonte de mezquitas, cúpulas y minaretes, increíbles palacios otomanos de madera o yalí que costean el Bósforo. Es una panorámica imborrable que, en un par de horas más, estaré conociendo.

Mientras el barco navega rumbo a la dársena, aprovecho para refrescar todo lo leído cuando preparaba este viaje tan lejano y excitante. En el pasado esta ciudad fue la antigua capital de tres grandes imperios (se llamó Constantinopla) y, es todavía, el histórico punto de encuentro entre oriente y occidente: pasado y presente. Es la única ciudad del mundo construida en dos continentes, Europa y Asia.

EL ARRIBO A ESTAMBUL

Al concluir con las complicadas tareas del amarre de la nave en la dársena del puerto, se escucha potente el pitar ronco del barco anunciando el arribo a esta metrópoli que intuía tan llena de recónditos misterios.

Luego de cumplimentar los trámites de desembarque, piso por fin la antigua Constantinopla.

Al salir del puerto tomamos con mi hija un taxi, con un programa -previamente pautado- que abarcaba todo el día; el mismo nos permitiría ir recorriendo y conociendo las calles y monumentos más representativos de esta laberíntica metrópolis.

AYASOFYA O SANTA SOFÍA MUSEO

A la hora de optar por los monumentos de reconocida fama, no hay dudas que éste se encuentra en primer término.

En la actualidad es museo, pero en un principio fue basílica cristiana. Es el ejemplo clásico del estilo bizantino, cuya influencia iba a irradiar por todo el Occidente Cristiano y el Oriente Musulmán.

En 1453, tras la conquista turca, fue utilizada como mezquita, por lo cual se añadieron cuatro alminares y el mihrab.

Esta edificada en ladrillo con refuerzos de piedra y tirantes de madera. Su superficie cubierta es de nada menos que 9.571 metros cuadrados y la cúpula central de 31 metros de diámetro está apuntalada en los extremos por dos semicúpulas.

Al transponer sus portales sentí la potente magia de ese enorme ámbito donde una luz fría la invade todo. Al desplazarme comienza un juego de formas y espacios producidos por arcos, curvas, columnas y muros.

Las imágenes están prohibidas. Dios, los espíritus como los ángeles, los hombres y los animales no deben estar plasmados en imágenes, así lo dice el Corán. Sus pinturas y mosaicos con imágenes cristianas fueron cubiertos o reemplazados por enormes medallones decorados con inscripciones en idioma árabe.

Ese día no me permitieron acceder a la planta alta pero, en una segunda visita lo pude hacer y realmente valió la pena. A pesar del tiempo y la intención de eliminar todos los mosaicos, pude disfrutar de verdaderas obras de arte, el más destacado muestra al Emperador Constantino y a la Emperatriz Zoe adorando a Cristo. En otro, se puede apreciar la sepultura del duque veneciano Enrique Dándolo que falleció en Santa Sofía en el año 1205.

Desde este sector puedo observar la magnífica cúpula central que reina soberana sobre el conjunto, atrayendo al visitante con su mágica belleza del más puro estilo bizantino, cuya belleza iba a irradiar de Oriente a Occidente.

EL PALACIO TOPKAPI

Con el corazón palpitante por la emoción de haber conocido la mítica Santa Sofía, me dirijo ahora a Topkapi, otro de los símbolos de la milenaria ciudad turca.

El legendario palacio fue la residencia principal de los sultanes otomanos y su corte de jenízaros, odaliscas, esposas y eunucos, durante 400 años que duró su reinado.

Ahora es un museo, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Es una visita que bien vale la pena descubrir el boato del sultanado.

En una sala se pueden apreciar las múltiples colecciones de porcelana china, las miniaturas, los relojes. Otra muy interesante muestra los trajes de gala de los sultanes y de sus esposas.

Lo más interesante es el fastuoso tesoro de los sultanes, con diamantes de 86 kilates, esmeraldas talladas y cientos de kilos de oro.

Una vez terminado el recorrido hay que subir a su terraza desde donde se disfruta una panorámica excepcional del Bósforo y de la ciudad.

EL GRAN BAZAR

Estambul es, sobre todo, el Gran Bazar, donde se palpa el verdadero pulso de la ciudad, inmenso, atrapante, con un toque de decadencia y exotismo.

Con su más de 200 mil metros cuadrados de extensión, es el mercado cubierto más grande y variado del mundo. Está conformado por alrededor de 4.500 tiendas, una mezquita, diez lugares de oración, una veintena de fuentes, baños turcos, cafés y restaurantes.

A medida que lo recorro me sorprende ver lo mejor al lado de lo peor. Las joyas más costosas y los íconos más sagrados se pueden encontrar codeándose con falsas antigüedades; pero todo es parte de las reglas del juego, como lo son el regateo y el incesante asedio a los paseantes, que constituyen, a la sazón, sus potenciales clientes.

De lo que no me quedan dudas es que en esta variedad de mercadería no encuentre -por ejemplo- el yuyito o la especie más exótica del planeta. Aquí pregonan: “¡El remedio a todos los males!”.

LA MEZQUITA AZUL O DEL SULTÁN AHMED

La fascinación que me embarga en la Mezquita Azul, cuando apenas pongo un pié en ella es casi enceguecedora. Tal sensación es transmitida sin dudas por sus más de 20.000 azulejos de color azul que adornan sus pilares y parte de sus muros inferiores con diseños de diferentes tipos de tulipanes.

La iluminación ocupa un lugar preponderante en este juego de luces que provienen de 200 vitrales y las lámparas de aceite que penden del techo. Cientos de metros cuadrados de alfombras cubren sus pisos, fueron ejecutadas a mano en los talleres imperiales durante el reinado del sultán otomano Ahmed l entre los años 1603 y 1617. Lo notable es que contaba con tan sólo 14 años.

Su construcción se complementa con una Medersa (escuela coránica), un orfanato, un kervansaray (alojamiento para camellos), una gran fuente y un kulliye (complejo socio-religioso) donde hay un mausoleo en el que está enterrado el “Sultán Niño” Ahmed l.

Este sitio sagrado para los musulmanes de todo el mundo es un lugar de oración, por eso en este momento se escucha por sus seis minaretes el llamado a orar el Corán.

Pero Estambul es mucho más aún, es la más estratégica encrucijada donde llegan hombres con pensamientos, culturas, razas, religiones e idiomas distintos. ¡Todo un desafío en esta etapa de la historia que nos toca vivir!

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Estambul es, sobre todo, el Gran Bazar, donde se palpa el verdadero pulso de la ciudad, inmenso, atrapante, con un toque de decadencia y exotismo.

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