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LA OBRA TEATRAL “EL MAL QUE AQUEJA” LLEGA A SANTA FE

Ampliar los límites de la pregunta

Dirigida por Luciano Borges, la puesta está ambientada en un lugar remoto de la pampa a finales del siglo XIX, contexto que funciona como metáfora del espacio escénico. En ella confluyen diversas influencias, desde Sarmiento y Ezequiel Martínez Estrada hasta Arthur Schopenhauer. Se podrá ver este viernes, en El Birri.

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Juan Ignacio Novak

jnovak@ellitoral.com

“Como artistas no creemos en la obtención de respuestas, eso nos parece más bien del orden técnico; sino en la posibilidad de ampliar los límites de la pregunta”. El director y dramaturgo Luciano Borges hace esta aclaración cuando se refiere al proceso que derivó en “El mal que aqueja”, obra teatral que construyó con los actores Renata Moreno, Tomás Raele y Gonzalo San Millán, que se presentará en Santa Fe este viernes a las 21 en el Centro Cultural y Social El Birri (General López 3698).

Ambientadas a fines del siglo XIX, muestra a un director de teatro y a una actriz joven que salen de viaje y se detienen en algún punto de la pampa. Allí el hombre sufre un desvarío: cree que ése es el mejor lugar para hacer su obra, para hacer allí su gran escenario. Un punto de partida lleno de posibilidades, sobre las cuales abundó Luciano Borges en una entrevista concedida a El Litoral.

—¿Cómo surge la idea de la obra?

—“El mal que aqueja”, como cualquier otro trabajo de estas características, tiene siempre una prehistoria. La nuestra empezó allá por 2013. Junto a Tomás Raele (uno de los actores de El mal) y otros actores y actrices empezamos a ensayar un proyecto. De esa experiencia, que duró alrededor de 3 años y que quedara trunca por los avatares de la producción independiente, quedamos sólo Tomás y yo, él en la actuación y yo en la dirección; teníamos intenciones de seguir, pero solamente contábamos con algunos núcleos, o escenas, de trabajo muy incipientes, que nada tienen que ver con lo que es “El mal...”, además de un desarrollo muy sólido por parte de Tomás sobre su personaje, que si está en “El mal...” y que es el Capitán Dotta, una especie de oficial decimonónico a la manera de Lucio V. Mansilla pero muy mal parado. Fue ahí, y que por distintas vías, llegaron al mismo tiempo Renata Moreno y Gonzalo San Millán, así quedó cerrado el elenco y retomamos el trabajo. Con los ensayos, pude ver que la experiencia que no habíamos podido estrenar estaba presente todo el tiempo, no ya en aquellos núcleos que nos habían quedado, ya que a poco de andar el trabajo del grupo hizo evidente lo insuficiente de ese material, sino más bien por otra instancia, que un poco impidiera consolidar y avanzar aquel proyecto. Esto era, el pedido permanente de una historia que relatar, la exigencia de un texto, la búsqueda de respuestas. Fue entonces que decidimos hablar de eso que estaba tan presente, el soldado del siglo XIX quedaba, y en lugar de los hermanos que formaban parte de la idea anterior, ingresan un director de teatro y una actriz, ambos de esa época. Con eso, usado como pretexto fuimos a la búsqueda de un lenguaje propio, con el interés de no formar un relato en su concepción tradicional, en forma aristotélica por decirlo a las apuradas. Es decir el de generar nuestros propios procedimientos, de ir hacia una poética que responda nuestras necesidades expresivas y siempre con un sólo propósito: actuar. De ahí la idea de nuestro trabajo. Por supuesto no quiero decir que todo esto haya sido resuelto en totalidad. Como artistas no creemos en la obtención de respuestas, eso nos parece más bien del orden técnico; sino en la posibilidad ampliar los límites de la pregunta.

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—¿Cómo fue el proceso conjunto de dramaturgia junto a Renata Moreno, Tomás Raele y Gonzalo San Millán?

—Fue un trabajo arduo y larguísimo que duró los casi dos años de ensayos. Ahí trabajamos con materiales tan diversos como la filosofía de Schopenhauer y el texto, ya convertido en obra de teatro, de Juan Moreira. En los ensayos improvisábamos con algunos anclajes que nos servían para no desnaturalizar la búsqueda, pero de manera lo suficientemente libre en el campo asociativo y vincular, permitiendo así la aparición de esas pregnancias, de esas miradas particulares que hacíamos del material circulante, que fue muchísimo. En lo que se refiere específicamente a la construcción del texto escénico, trabajamos con unos líneas algo primarias y siempre vinculares, a los que llamo, de manera provisoria hasta que encuentre una mejor definición, como dramaturgia en el aire, estos lineamientos suponen la propuesta de cierta organización de cada núcleo de trabajo, de cada escena sin que específicamente lo sean, estás propuestas, que suceden durante los ensayos y que fueron siempre mejoradas, e inclusive cuestionadas y desarticuladas por el talento de Tomás, Renata y Gonzalo, fueron algo así como una lucha de poéticas donde siempre prevaleció una suerte síntesis del grupo. Luego viene el trabajo de dramaturgia, que es la organización de todo este cuerpo de textos y poéticas, y en el que trabajé alrededor de dos meses. Por último, y más importante, es que nuestro trabajo a lo largo de la funciones sigue creciendo, sin desvirtuar en nada la propuesta que fuera estrenada. Seguimos expandiendo sus alcances, y eso es algo que como grupo hemos buscado siempre.

La pampa y la escena

—¿Cómo confluyeron en la puesta influencias tan diversas como Schopenhauer y Sarmiento?

—El material que utilizamos fue muy diverso y amplio, en la búsqueda de aunar las poéticas circundantes en nuestro grupo. En el caso específico de la filosofía de Schopenhauer, su ingreso está vinculado con la idea de la inexorabilidad de la muerte, y por tanto de la futilidad de cualquier acto humano, o racional si se quiere, en el intento de explicar a través de la razón esa angustia. Además, y forzando un poco el concepto, hicimos uso de una idea de la representación en referencia a la actuación. En lo que a Sarmiento se refiere, tomamos su “Facundo” como texto organizador de algunas ideas sobre la fascinación que genera la pampa como espacio y como concepto, en este mismo sentido es aún mayor la influencia que tiene en nuestro trabajo el texto de Ezequiel Martínez Estrada “Radiografía de la pampa”. Estos dos últimos textos fueron de enorme importancia para la puesta; ya que ambos, aunque de manera más precisa en “Radiografía”, miran a la pampa como un espacio absoluto, de enorme potencia vital, dándole un tratamiento de ente vivo; algo que nos atraía mucho y que nos parecía podíamos establecer cierta analogía con el espacio escénico.



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