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Hermanas Adoratrices

Vida consagrada

María Teresa Rearte (*)

El Cristianismo se caracteriza por ser esencialmente histórico. En ese marco tiene lugar la predicación de Jesús. En esa perspectiva no se trata sólo de que el Cristianismo nos muestra un camino de salvación. Sino de que Jesús es la Palabra de Dios. Que es la salvación de Dios.

Cuando contemplamos el curso de la historia, ésta parece escapar de las decisiones humanas. Sin embargo, en medio del condicionamiento del mundo exterior, asoma la persona humana, su interioridad y su núcleo espiritual profundo. Su libre iniciativa y decisión.

El fundador de la Congregación

En el acontecer histórico de la fe cristiana, en el que la Congregación de las Hermanas Adoratrices del Santísimo Sacramento se encuentran conmemorando este año el 133º aniversario de su fundación, y el 130º del Colegio Adoratrices como se lo conoce en esta ciudad (**), se perfila la persona del fundador de la Congregación, el P. José María Bustamante S.J. Hijo de San Ignacio de Loyola y nacido en España, en el año 1885 concretó en la fundación de una Congregación religiosa la consistencia de la vocación femenina para la vida consagrada.

Es importante mencionar algunos datos sobre el momento histórico del país cuando el P. Bustamante realiza la fundación. En el gobierno del presidente Julio Argentino Roca -1880 a 1886-, se consolidó un notable progreso material, del que las obras públicas y otros indicadores dan cuenta. En paralelo con el desarrollo material, hubo una importante labor legislativa, que se concreta -entre otros aspectos- en la organización de los Tribunales y el establecimiento del Registro Civil. En lo que se refiere a la educación, el gobierno afianza las instituciones educativas mediante los instrumentos legales que les puedan dar una base segura. Por ese tiempo se reúne el Congreso Pedagógico Sudamericano, se crea el Consejo Nacional de Educación, se aprueba la ley destinada a regir las universidades de Buenos Aires y Córdoba, y se sanciona la Ley de Educación Común Nº 1420. Esta última no negaba abiertamente la enseñanza religiosa en las escuelas públicas; pero establecía que sólo podía ser dada “por los ministros autorizados de los distintos cultos a los niños de su respectiva comunión”, y “antes o después de las horas de clase.”

La Ley Nº 1420, además de recoger las conclusiones del Congreso Pedagógico de 1882, se inspiraba en la influencia pedagógica norteamericana introducida por Sarmiento, por una parte, y por la otra en la legislación francesa de 1882 resultante del movimiento democrático liberal.

Vida consagrada

Lo antes expuesto en el orden político e institucional del país, y particularmente en materia educativa que nos interesa para este tema, con el factor ideológico que lo movilizaba, permite comprender la dimensión de la fundación llevada adelante por el P. Bustamante, así como los fundamentos de la vida consagrada femenina que mencionaré a la luz del Magisterio de la Iglesia, que nos es más cercano en el tiempo. San Juan Pablo II afirmaba que “la vida consagrada, enraizada profundamente en los ejemplos y enseñanzas de Cristo el Señor, es un don de Dios Padre a su Iglesia por medio del Espíritu” (V.C., 1). Y añadía que “con la profesión de los consejos evangélicos los rasgos característicos de Jesús -virgen, pobre y obediente- tienen una típica y permanente visibilidad en medio del mundo” (ibídem).

La consagración supone el llamado vocacional, del que quizás se descrea en un contexto cultural que hay quienes consideran poscristiano. No obstante, como “llamada” por Dios en procura de un ideal vocacional, la persona que lo recibe se sabe convocada para responder no sólo en el interior de sí misma; sino también en el ámbito exterior y la vida. En ese sentido, un interesante enfoque sobre la vocación del hombre en general muestra cómo la criatura humana es un ser esencialmente vinculado, que necesita del otro o lo otro (una persona, un valor o realidad trascendente) para su perfeccionamiento. Porque incluso la libertad, que por definición parece suprimir todo vínculo, es -no obstante- la posibilidad de atarse con los vínculos que cada uno elige.

Carisma y misterio eucarístico

El episodio de la Transfiguración es decisivo en el ministerio de Jesús. “Es un acontecimiento de revelación que consolida la fe en el corazón de los discípulos, los prepara para el drama de la Cruz, y anticipa la gloria de la Resurrección” (op. cit.15). La luz que se irradia desde la Transfiguración llega a todos los hijos de la Iglesia. “Todos -dice San Juan Pablo II- igualmente llamados a seguir a Cristo poniendo en Él el sentido último de la vida, hasta poder decir con el Apóstol: ¿Para mí la vida es Cristo? (Flp. 1, 21)” (íbidem). La conmemoración mencionada al inicio de esta nota invita a detenernos en la orientación cristocéntrica de la vida cristiana. Y de modo particular invita a quienes perciben el llamado a la profesión de los consejos evangélicos.

El carisma fundacional inscripto en la pertenencia a la Iglesia Católica tiene su fundamento en la Eucaristía, la que “es fuente y cima de toda la vida cristiana” (L.G., 11). Siguiendo esa línea doctrinal, el Catecismo de la Iglesia Católica expresa que “los demás sacramentos, como también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua” (1324). Por lo que se puede advertir la centralidad que el misterio eucarístico tiene para la Congregación y para la formación cristiana en sus instituciones educativas.

La obra fundacional del P. Bustamante con relación a la Congregación de las Hermanas Adoratrices fue, desde sus inicios en el año 1885 hasta el final de sus días, como la coronación de sus desvelos pastorales. En los que se destaca también el fervor mariano que lo llevó a poner junto al amor y servicio por medio de Jesús sacramentado, el amor al Inmaculado Corazón de María y a San José, que se advierte en las Casas de la Congregación. “La Virgen María recuerda a los consagrados la primacía de la iniciativa de Dios (...) María aparece como modelo de acogida de la gracia por parte de la criatura humana” (V.C. 28). También “cercana a Cristo, junto con José, en la vida oculta de Nazaret, presente al lado del Hijo en los momentos cruciales de su vida pública, la Virgen es maestra de seguimiento incondicional y de servicio asiduo” (ibídem).

Reflexión final

El Cristianismo se encuentra ante la tarea de recomponer la experiencia de la fe y la vida cristiana frente a las distorsiones que pueden afligirle en el marco cultural de nuestro tiempo. El cual nos pide redescubrir la identidad cristiana en lo que se refiere a la adhesión personal a Dios, que se ha revelado en su Hijo y se ha hecho don en su Espíritu. Con ese propósito, la mirada se dirige al Nuevo Testamento en busca de un eje orientador, desde el cual alcanzar nuestro propósito. “En esto consiste la vida eterna: en que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y al que Tú has enviado, Jesucristo” (Jn. 17, 3). Pero la experiencia de fe no debe conducir a una fe privada, individualista, de aquellas que -emocionalmente- se producen en las situaciones límite. Sino que necesita ser una experiencia teologal. Que tenga a Dios por término. Dios es para el cristiano el misterio en el que “vivimos, nos movemos y existimos”(Hch. 17, 28).

A esa actitud teologal no se arriba por la razón, ni por medio del sentimiento. Sino que es más bien el descubrimiento de una luz que nos orienta, y otorga una certeza que se alcanza en la oscuridad de la fe. La que permitió decir al místico San Juan de la Cruz: “Que bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche”. Y vivir la serenidad que ese descubrimiento produce: “¡Oh cauterio suave! ¡Oh regalada llaga!... ¡Oh toque delicado, que a vida eterna sabe...”.

Desde esa actitud de fe quiero asociarme a la acción de gracias por el don de la vida consagrada que Dios ha hecho a la Iglesia. E implorar su gracia para ella.

( *) Ex alumna del Colegio. Ex profesora de Ética Filosófica, de Teología Moral y Ética Profesional y de Teología Dogmática en la UCSF, y de Ética Filosófica en el Instituto Superior San Juan de Ávila de Santa Fe. Escritora.

(**) Ver diario El Litoral, 23/09/2018; pág.10.

Referencias:

V.C.: Juan Pablo II, Exhort. Apost. Vita Consecrata.

L.G.:. Concilio Vaticano II. Const. Dogm. Lumen Gentium.

La consagración supone el llamado vocacional, del que quizás se descrea en un contexto cultural que hay quienes consideran poscristiano. No obstante, como “llamada” por Dios en procura de un ideal vocacional, la persona que lo recibe se sabe convocada para responder no sólo en el interior de sí misma; sino también en el ámbito exterior y la vida.



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