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Sin comparación alguna con otra actividad

El polo argentino, en la cumbre de una disciplina deportiva mundial

El polo argentino. No hay más que un modo de nombrarlo y todo lo demás es su adjetivo. Primacía mundial, su historial, pleno de gratos recuerdos, alterna las hazañas deportivas con apellidos que dejaron huella, enriqueciendo su trayectoria con jalones y etapas inolvidables que lo proyectaron a niveles de indiscutible privilegio como líder absoluto en esta disciplina deportiva.

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En la Catedral. La Dolfina y Ellerstina jugaron hace pocos días la gran final del 126º Abierto Argentino de Polo en Palermo. Foto: Gentileza Matías Callejo / AAP

 

César Román

deportes@ellitoral.com

Especial para El Litoral

La creciente difusión en medios gráficos y audiovisuales en la última década, la dedicación, empeño y profesionalismo de los jugadores puestos al servicio de obtener la excelencia en el juego, unida al amor por sus caballos, en procura de una constante superación, muestran a las claras la particular hegemonía que a nivel mundial ostentamos y que nos enorgullece a la hora de efectuar un balance según pasan los años...

El Abierto de Palermo, ese poderoso imán que atrae a los polistas en actividad, ese volcán que se pone en ebullición cuando al llegar a fin de año derrama ese maravilloso estímulo sobre las más de 15.000 personas que asisten a ese evento, preparándose durante los meses anteriores en torneos nacionales —Tortugas, Hurlingham— e internacionales —Estados Unidos, Inglaterra y Sotogrande (España)— no es otro que la decantación de un cuidadoso y esmerado trabajo que alcanza el punto máximo de intensidad cuando los diez conjuntos más poderosos del planeta se presentan en la Catedral de Polo para derramar en sus dos canchas la genialidad, fogosidad y virtuosismo de su juego, conformando uno de los máximos hitos deportivos que el hombre ha logrado alcanzar.

Visitantes extranjeros de todas las latitudes confluyen en Palermo para disfrutar de ese espectáculo en el que se conjuga la habilidad y destreza de los mejores polistas del mundo que son, indefectiblemente, nuestros, junto a la docilidad, fortaleza y prestancia de sus caballos, tan codiciados y mejor cotizados en el mundo entero.

Desde chico, cuando comencé a ir al polo de la mano de mi padre, me sentí inmediatamente atraído por esa extraña mezcla de fuerza, velocidad, destreza, audacia y precisión que rodean a todas y cada una de las acciones de estos centauros. Considero es la más acertada definición respecto a lo que sienten todos los que se acercan al polo por vez primera.

Quien esté familiarizado con este espectáculo, sabrá que lo que manifiesto no posee un ápice de exageración. Quien no haya pisado Palermo, puede llegar a pensar que es pura fantasía. Afirmo que, de todos los deportes que conozco, después de haber estado en canchas, pistas y estadios de distintos lugares, no he encontrado nada tan singular como este acontecimiento, al cual aguardo año tras año con el mismo entusiasmo, pero renovado desde la primera vez, y además en la certeza de saber que esa secreta esperanza de ver lo mejor va a ser dignamente retribuida y recompensada.

Tenemos la plena seguridad de que hemos ido a ver a los mejores. Imposible no recordar a los Alberdi, a los Cavanagh, los Duggan, los Menditeguy, los Harriot, los Heguy, los Dorignac (Francisco y Gastón), para desembocar finalmente en la generación actual con la increíble sutileza y efectividad de Adolfito Cambiaso, conduciendo a La Dolfina junto a Pablo Mac Donough, David Stirling y Juan M. Nero. El magnífico accionar de Ellerstina, el equipo de la familia Pieres, y la sorprendente evolución de Hilario Ulloa y Guillermo Caset en Las Monjitas.

Es entonces que, al igual que todo deporte practicado por los mejores especialistas, el polo se transforma —de acuerdo a lo manifestado— en un espectáculo único e irresistible, sólo tal vez comparable a la emoción que se puede llegar a experimentar al presenciar los juegos olímpicos, máxima expresión deportiva mundial.

Si usted ha estado en Palermo entonces, si ha vivido esto, si pudo apreciarlo como una atracción singular, simple esparcimiento, o como un deporte para espíritus especiales, congratúlese de vivir aquí, en Argentina. Cada minuto de lo que usted presenció fue irrepetible y se verá sólo en ese lugar y en ese momento...



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