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Miércoles 19.08.2015
20:32

Crónicas de la historia (por Rogelio Alaniz)

Los usos políticos de San Martín

 Crédito: DYN
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Crónicas de la historia (por Rogelio Alaniz) Los usos políticos de San Martín

 

 

Cuando en 1824 San Martín regresó a Europa o se fue a Europa (no es un juego de palabras) estaba muy lejos de ser el héroe o el prócer nacional que íbamos a conocer las posteriores generaciones. Para esa fecha, en Perú lo consideraban un político con ínfulas monárquicas y un mujeriego compulsivo; en Chile se le imputaba su amistad con intrigantes y bandoleros, además de responsabilizarlo de la muerte de los hermanos Carreras; y en Buenos Aires no le perdonaban haberse negado a enviar el Ejército de los Andes para salvar a la ciudad asediada por las montoneras federales.

Por supuesto que el general siempre contó con defensores leales y nunca llegó a ser un paria en su tierra, como lo demuestran las expectativas que despertó en Buenos Aires su llegada en 1829, pero convengamos que su gravitación en aquellos años estaba muy lejos de la unanimidad que luego despertaría.

En 1842, en un diario de Chile salió una nota firmada por un “Teniente de artillería de Chacabuco”. Allí se recuerda el rol desempeñado por San Martín en el proceso de emancipación chilena. Por primera vez, después de más de veinte años de silencio, autoridades políticas chilenas reconocían la labor del general. El artículo responsable de esa justa reivindicación pertenece a Domingo Faustino Sarmiento, quien en 1845 lo visitó en su casa de Grand Bourg, visita que tres años antes había realizado Alberdi, lo que demuestra que ya para entonces San Martín no era un desconocido u olvidado en la política nacional.

Para Alberdi como para Sarmiento, el San Martín que conocieron era un hombre dotado de notables virtudes republicanas. Lo definen como sobrio, austero y modesto. Admiran su sencillez y su temple, pero no comparten sus relaciones con Juan Manuel de Rosas y, mucho menos, comprenderán la decisión testamentaria de donar su sable a quien califican como un tirano.

Bartolomé Mitre desempeñará un rol decisivo en la reivindicación histórica de San Martín. En 1862, y a través de sus gestiones, se levantó en la ciudad de Buenos Aires el primer monumento en su homenaje. En realidad, el homenaje más trascendente de Mitre lo hará redactando un excelente libro de historia, bien escrito y bien documentado, que transformó al creador del Ejército de los Andes en el prócer por excelencia, una necesidad histórica de la Nación y del Estado para constituir sus propios símbolos y mitos.

Contrapunto digno de destacar son las críticas de Alberdi a San Martín, críticas políticas e históricas que impugnan la decisión de consagrar jefes militares. Alberdi le imputa a San Martín haber hecho poco y nada por la Argentina. Según sus argumentos, a la batalla de San Lorenzo no se la puede considerar un antecedente liberador, porque apenas fue una emboscada de escasa trascendencia. Pero la objeción más fuerte apunta al hecho de que preocupado por liberar a Chile y Perú, desatendiera la liberación de las cuatro provincias del Alto Perú, tarea que finalmente realizó Simón Bolívar, motivo por el cual los argentinos perdimos ese territorio.

Alberdi tampoco creía que fuera una solución feliz para los argentinos reivindicar a un militar para una Nación que debe predicar los valores de la paz, la instrucción y el trabajo. Controvertidas y polémicas, las opiniones de Alberdi merecen ser tenidas en cuenta más allá de las imputaciones de quienes le reprochan que sólo estaban motivadas por su odio contra Mitre y sus recelos contra el yerno de San Martín, Mariano Balcarce, con quien disputaba cargos diplomáticos en Europa.

En 1878, y bajo la presidencia de Avellaneda, se celebraron los cien años del nacimiento del prócer. Y en mayo de 1880 sus restos llegaron a Buenos Aires, una decisión política de las autoridades de entonces en sintonía con la voluntad del Libertador, quien en su testamento había escrito de puño y letra que deseaba que su corazón fuera enterrado en Buenos Aires.

Hasta el día de hoy se debate si es justo que los restos de San Martín estén en la Catedral. Los historiadores no se ponen de acuerdo al respecto, pero gravita más la hipótesis que sostiene que los restos deberían estar en un cementerio. Incluso, entre las autoridades de la Iglesia Católica de entonces no había acuerdo unánime respecto de un militar cuyas relaciones con la masonería eran más que evidentes, una imputación muy seria en un tiempo en que la masonería era considerada una institución enemiga de la religión. La iniciativa de construir un mausoleo afuera del recinto consagrado pudo haber sido una manera “salomónica” de resolver una diferencia que en esos años era considerada insalvable.

Ya para principios del siglo XX, San Martín era un prócer consagrado pero aún no alcanzaba la distinción de “Padre de la Patria”. En 1933 el escritor radical Ricardo Rojas escribió “El Santo de la Espada”. Fue un libro que se vendió masivamente. Allí se presenta a un San Martín que en su actitud mística, en el aura de misterio que lo rodea, en su pasión redentora, en su entrega generosa a una causa, se parece mucho a Hipólito Yrigoyen.

El San Martín descripto por Rojas es por sobre todas las cosas un héroe, algo así como un Cid Campeador o un caballero cruzado, un militar guiado por fines trascendentales que iban más allá de la política y la historia. Ese San Martín sin dudas que es un santo, un santo laico cuyos objetivos reales no son de este mundo ni de esta vida.

Un año después, el historiador José Pacífico Otero escribió su propia historia sobre la vida del general y creó el Instituto Nacional Sanmartiniano. Para esa misma época, el presidente Agustín Justo declaró al 17 de agosto como efeméride patria. El camino a la canonización laica estaba abierto y los libros de Mitre, Rojas y Otero serán los textos “sagrados” que certifican la santidad del prócer.

Con la llegada al poder político de los militares nacionalistas, los homenajes a San Martín se estatizaron y militarizaron. En 1944 el Instituto Nacional Sanmartiniano se transformó en organismo estatal. Desde esa fecha hasta la actualidad, los presidentes de esta institución fueron militares, salvo el período correspondiente a José Castiñeira de Dios. Ese mismo año se creó la Orden del Libertador General San Martín, y ya para esa fecha el bronce de San Martín pesará más que el de todos los próceres nacionales.

En 1950 el gobierno peronista declaró el año del Libertador, atendiendo a que se cumplía un siglo de su muerte. El retrato del General Perón, montado en un caballo pinto, fue un símbolo más que evidente de que se pretendía identificar -a través de la historia- la gloria de un prócer con la gloria de un político en pleno ejercicio del poder. Como para coronar los homenajes, ese año se creó la avenida Libertador, la avenida emblemática de la ciudad de Buenos Aires. La iniciativa se impuso a pesar de los escrúpulos de algunos historiadores que recordaban que el atributo de Libertador pertenecía a Simón Bolívar. Ninguna de estas objeciones impidió que, a partir de 1950, para los argentinos, el Libertador fuera por definición el general San Martín.

Desde el punto de vista político, la figura de San Martín logró la unanimidad. Fascistas, liberales, conservadores, izquierdistas, nacionalistas lo reivindican aunque por razones diferentes y a menudo opuestas. El debate acerca de su gravitación se mantiene hasta la actualidad. En los últimos años se han escrito libros presentándolo como un agente de los ingleses, un hijo natural de Diego de Alvear, un mestizo defensor de los pueblos originarios o un jefe militar que anticipaba al Che Guevara.

Imposible impedir las escrituras más diversas y en algunos casos más disparatadas. Napoleón, Washington, Garibaldi, Bolívar, corrieron riesgos parecidos. Los mitos, como se podrá apreciar, siguen realizando su labor tenaz e invisible, pero la historia, además de librar su lucha contra las mitologías, deberá abrir un frente de combate contra las banalizaciones, el sensacionalismo y las manipulaciones groseras, promovidas por quienes más que buscar la verdad o defender posiciones ideológicas controvertidas pero respetables, sólo desean vender libros de pésima factura intelectual a una masa crédula y consumista.

por Rogelio Alaniz

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Alberdi no creía que fuera una solución feliz para los argentinos reivindicar a un militar para una Nación que debe predicar los valores de la paz, la instrucción y el trabajo.

La historia, además de librar su lucha contra las mitologías, deberá abrir un frente de combate contra las banalizaciones, el sensacionalismo y las manipulaciones groseras.

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