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Miércoles 24.02.2016
19:54

Crónicas de la historia (por Rogelio Alaniz)

Crisólogo Larralde

Crisólogo Larralde. Siempre radical, siempre defendiendo sus ideas con coraje civil y talento político, más acostumbrado a las derrotas que a las victorias. Crédito: Ilustración de Lucas CejasCrisólogo Larralde. Siempre radical, siempre defendiendo sus ideas con coraje civil y talento político, más acostumbrado a las derrotas que a las victorias.
Crédito: Ilustración de Lucas Cejas

Crisólogo Larralde. Siempre radical, siempre defendiendo sus ideas con coraje civil y talento político, más acostumbrado a las derrotas que a las victorias. Crédito: Ilustración de Lucas Cejas

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Crónicas de la historia (por Rogelio Alaniz) Crisólogo Larralde

 

por Rogelio Alaniz

ralaniz@ellitoral.com

Crisólogo Larralde murió en su ley, rodeado de trabajadores y correligionarios, predicando en una tribuna sus verdades. Fue el 23 de febrero de 1962, en un acto proselitista celebrado en la localidad bonaerense de Berisso. El gobierno de Frondizi había convocado a elecciones para el 18 de marzo y Larralde era el candidato a gobernador por la provincia de Buenos Aires.

Se sabe que amigos y familiares le advirtieron sobre los riesgos de una candidatura para un hombre cuya salud dejaba mucho que desear. Todo en vano. A Crisólogo esos detalles menores no lo iban a detener. Político a tiempo completo, radical apasionado, no iba a renunciar a representar a su partido en una campaña electoral que se anunciaba reñida.

Antes de llegar a Berisso, Larralde estuvo en La Plata y desde allí marcharon en caravana hacia esa localidad cuyo nombre evocaba movilizaciones y luchas obreras. El palco se levantó en las esquinas de calle Montevideo y Guayaquil, palcos levantados entonces por militantes de boina blanca, palcos donde los dirigentes radicales hablaban a una multitud que asistía fascinada y con la convicción laica de un acto religioso, palcos donde la política vibraba en el aire en un tiempo en el que la televisión recién estaba dando sus primeros pasos.

Larralde subió a la tribuna alrededor de las diez y media de la noche. Comenzó a hablar y un silencio hondo, profundo, lo acompañó desde la primera frase; él siempre despertaba la atención del auditorio. Suponemos que hoy esos discursos nos sonarán algo retóricos, pero en aquellos años un político, y en este caso un político radical, era un hombre que hablaba al corazón y la inteligencia; el público se entusiasmaba escuchando ideas políticas y palabras emotivas referidas a esas aguerridas tradiciones radicales, tradiciones de luchas, de comicios entreverados, de defensa a veces con una pistola en la mano de las urnas amenazadas por los fraudulentos de turno, y de amistades y rivalidades forjadas en esas intensas patriadas radicales.

Quince minutos duró el último discurso de Larralde. El infarto lo derribó sin contemplaciones. Murió en su ley, repito, rodeado de sus correligionarios, trabajadores en su gran mayoría, en una campaña electoral de hacha y tiza, rodeado de las banderas y símbolos radicales. Su amigo y correligionario, Ricardo Balbín, lo despidió en el cementerio de Avellaneda. “Él sabía que se iba...”, dijo el Chino, recordando el momento en que antes de hablar, le dejó a su hijo algunos papeles que tenía en el bolsillo.

Larralde escribía, siempre lo hizo. Escribía poemas y manifiestos políticos. Durante años publicó sus notas en el periódico anarquista “Libertad”, de Avellaneda. Los anarquistas. Siempre mantuvo relaciones con ellos. Esa relación con el pensamiento ácrata se inició en su infancia, porque su padre era anarquista, trabajador y libertario.

Entre los papeles que Crisólogo dejó a su hijo, había borroneados algunos poemas. Este es el fragmento de uno de ellos: “Andar sin trabas, ser libre, combatir para los otros. La vida, la hermosa vida, sólo se realiza cuando la vamos dando paulatina, totalmente, por la vida del hombre ignorado, por el hermano que nos desconoce. Y entonces por creer, por querer impenitentes, incurables utopistas, ya no somos viejos, ni nos invade el polvo, ni el corazón afloja, simplemente nos gastamos como las piedras que ruedan mucho y siguen siendo piedras con vetas de luz y dureza de juventud”.

Crisólogo Larralde nació en Quilmes el 20 de enero de 1901. Padre obrero, madre empleada doméstica. Quilmes entonces era un barrio apacible, con sus mansiones y residencias a la orilla del río, con sus arboledas y sus chicos jugando en las calles, pero también con sus barrios obreros, sus casuchas miserables, sus inquilinatos humillantes. Larralde se crió en el ambiente de los pobres y allí aprendió el abecedario de los luchadores. Hijo de inmigrantes vascos e italianos, conoció de chico la cultura del trabajo y la afición por los libros. También aprendió, en ese ambiente proletario, de la dignidad de los trabajadores, del valor de un sindicato, de una biblioteca, de una sala de teatro, de una imprenta donde publicar ideas y proclamas.

Se afilió a la UCR a los dieciocho años y hasta su último día fue radical, yrigoyenista y defensor insobornable de los desposeídos. Nunca dejó de ser en el fondo un anarquista defensor a ultranza de la libertad y de los derechos de los ciudadanos. Alguna vez habrá que escribir acerca de esa curiosa y difícil relación del radicalismo con el pensamiento anarquista; porque Larralde no fue el único radical libertario; también lo fue ese gran luchador radical, antinazi y solidario con la república española, que se llamó Silvano Santander y, para los radicales contemporáneos, Sergio Karakachof en algún momento también fue seducido por la orgullosa letanía ácrata.

Larralde fue candidato a diputado por la provincia de Buenos Aires en las míticas elecciones del 5 de abril de 1931, cuando los conservadores convocaron a un comicio experimental con la certeza de que la UCR estaba reducida a su mínima expresión. Pues bien, los radicales asistieron con la fórmula Pueyrredón-Guido y ganaron de punta a punta. A los conservadores entonces no se les ocurrió nada mejor que anular esos comicios.

Durante los años de la denominada década infame, Larralde sufrió cesantías (trabajó entre 1920 y 1930 en la cancillería) persecuciones y calabozos; también alguna que otra garroteada de la famosa policía brava del régimen. En 1940 fue electo senador provincial junto con Balbín. Ambos renunciaron a los cargos debido al escandaloso fraude perpetrado por el gobierno. Ya para entonces Crisólogo era un dirigente de primer nivel en el partido. Junto con Alende, Lebensohn y Balbín organizan la corriente interna renovadora en provincia de Buenos Aires con el objetivo de derrotar al unionismo radical. En 1945 fue uno de los firmantes de la célebre Declaración de Avellaneda. Como muchos radicales de su generación no estuvo de acuerdo con la Unión Democrática, aunque eso no le impidió ser candidato a vicegobernador por su partido.

También, a diferencia de otros correligionarios, tuvo su propia interpretación del 17 de octubre de 1945. Para Larralde esa manifestación no era un aluvión zoológico o bandas de desclasados y lúmpenes manipulados por un militar demagogo. Escribió entonces “...el ciudadano que escribe este artículo, hijo de una inmigrante que trabajó como sirvienta y de un obrero que perdió hace ocho años su vida mientras conducía un carro, declara que en esa multitud que desfiló el 17 de octubre encontró a gente del pueblo. El autor de este artículo se encontró a sí mismo en los niños de zapatillas rotas y mal vestidos. Él también conoció, con sus cinco hermanos, el hacinamiento de una sola habitación y la promiscuidad del inquilinato. El 17 de octubre salió el pueblo a la calle y produjo un acto de adhesión al coronel Perón, creyó que las llamadas conquistas sociales corrían peligro de desaparecer y afirmó su derecho a mantenerlas vivando al coronel Perón”.

Su compresión del 17 de octubre no le impidió ser un duro e intransigente opositor al peronismo en el poder. Siempre le reprochó a Perón no ser coherente en sus objetivos de justicia social y siempre repudió sus objetivos dictatoriales y fascistizantes. Consultado sobre el tema, alguna vez declaró: “El marxismo dijo: la libertad es un prejuicio burgués; el fascismo sostuvo que la libertad es un cadáver putrefacto en el Estado; el peronismo dice: la libertad no sirve para comer... nosotros decimos que la libertad es lo único que sirve...”.

Crisólogo Larralde fue presidente de su partido, candidato a vicepresidente en 1954, a gobernador y vice de su provincia en varias ocasiones y uno de los artífices del artículo 14 bis de la Constitución Nacional. Siempre radical, siempre defendiendo sus ideas con coraje civil y talento político, siempre leal a sus ideas, más acostumbrado a las derrotas que a las victorias. Cuando murió tenia sesenta años; comenzó a desaparecer un perfil de dirigente político, de líder radical, en una Argentina que también empezaba a cambiar para bien y para mal.

Quince minutos duró el último discurso de Larralde. El infarto lo derribó sin contemplaciones. Murió en su ley, rodeado de sus correligionarios, trabajadores en su gran mayoría, en una campaña electoral de hacha y tiza.

El público se entusiasmaba escuchando ideas políticas y palabras emotivas referidas a esas aguerridas tradiciones radicales, tradiciones de luchas, de comicios entreverados, de defensa a veces con una pistola en la mano.

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