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Martes 28.03.2017
9:08

MARÍA ROSA PFEIFFER, DRAMATURGA Y ACTRIZ

"La palabra escrita no es lo mismo que la palabra puesta en el cuerpo"

Por su labor en “La luna y el pozo” obtuvo el premio Chamán 2017 que otorga la Cátedra Iberoamericana Itinerante de Narración Oral Escénica. “Es un gran mimo, un reconocimiento a la trayectoria”, manifestó. En una entrevista, habló del teatro, al que definió como un “acto ritual, casi religioso”. 

 

Una mujer enfrenta la luna “imponiéndose el desafío de hacerla bajar de su negrura cósmica y así enterrarla”. Tal es el disparador de la obra escrita e interpretada por Pfeiffer, bajo la dirección de Edgardo Dib. <strong>Foto:</strong> Gentileza Marcelo BottaUna mujer enfrenta la luna “imponiéndose el desafío de hacerla bajar de su negrura cósmica y así enterrarla”. Tal es el disparador de la obra escrita e interpretada por Pfeiffer, bajo la dirección de Edgardo Dib.
Foto: Gentileza Marcelo Botta

Foto: Gentileza Marcelo Botta



MARÍA ROSA PFEIFFER, DRAMATURGA Y ACTRIZ "La palabra escrita no es lo mismo que la palabra puesta en el cuerpo" Por su labor en “La luna y el pozo” obtuvo el premio Chamán 2017 que otorga la Cátedra Iberoamericana Itinerante de Narración Oral Escénica. “Es un gran mimo, un reconocimiento a la trayectoria”, manifestó. En una entrevista, habló del teatro, al que definió como un “acto ritual, casi religioso”.    Por su labor en “La luna y el pozo” obtuvo el premio Chamán 2017 que otorga la Cátedra Iberoamericana Itinerante de Narración Oral Escénica. “Es un gran mimo, un reconocimiento a la trayectoria”, manifestó. En una entrevista, habló del teatro, al que definió como un “acto ritual, casi religioso”.   

 

Juan Ignacio Novak

jnovak@ellitoral.com

 

Actriz, dramaturga, directora, docente. Las facetas de María Rosa Pfeiffer son muchas pero confluyen en el teatro, disciplina artística a la que le pone cuerpo y alma desde hace cuarenta años. Por eso la artista vive con una mezcla de sorpresa y alegría el premio Chamán 2017, que le otorgaron desde la Cátedra Iberoamericana Itinerante de Narración Oral Escénica (CIINOE) por su “excepcional contribución al desarrollo de la comunicación, la cultura, la oralidad, la oralidad escénica y el mejoramiento humano”. Galardón que también fue recibido por la española Virginia Rodríguez Herrero.

 

La actriz humbolense está conectada con la CIINOE desde 2007. “Está presidida por Francisco Garzón Céspedes, escritor, narrador y teatrista cubano que reside en España. A raíz de una invitación suya escribí en 2012 el monólogo ‘La luna y el pozo’, que se publicó en las ediciones Comoartes, que pertenece a la cátedra. Circuló por el mundo y en 2013 se hizo un preestreno en el Teatro Cervantes. Yo la retomé el año pasado con la dirección de Edgardo Dib. Y en el medio de esto, le comuniqué a Garzón Céspedes que esto había sido preestrenado en el Cervantes y estrenado acá. Y me encuentro hace pocos días con el premio, que me sorprende gratamente. Es un gran mimo, significa un reconocimiento a la trayectoria”, dice.

 

—¿Pensás que este premio le puede abrir puertas a la obra?

 

—Quizá. Pero es tan azarozo todo esto. Yo tengo invitaciones para ir a Madrid, a Cuba, a Uruguay. Pero son invitaciones, tengo que costearme los pasajes. Cuando un amigo me dice: ‘Que bueno, te vas a Madrid a recibir el premio’, le digo ‘No. Es un premio honorífico’ (risas). Ojalá pudiera, en este momento no puedo. Lo cual no quita el sueño y la ilusión de llevar el trabajo que uno hace lo más lejos posible.

 

—Este premio es la coronación de un proceso lindo para vos.  

 

—Si, porque “La luna y el pozo” significó volver a las tablas como actriz después de cuatro años. Mi último trabajo había sido en “Otros gritos” una obra que habíamos escrito con Patricia Suárez y Laura Cotton, que se estrenó en el Teatro del Pueblo en 2011. Después, en estos cuatro años seguí escribiendo mucho, dirigiendo, pero volví a ponerle el cuerpo. Además, de la mano de un director entrañable y talentoso como es Edgardo Dib, con quien habíamos trabajado cuando los dos éramos mucho más pequeños. Él empezaba a hacer teatro y yo lo había dirigido en la comedia infantil universitaria, en los años ‘90. Nos cruzamos varias veces en Buenos Aires, los dos viviendo allá, viendo nuestros trabajos. Y ahora se dieron una serie de coincidencias astrales, él estaba en Rincón, yo en Humboldt, nos resultaba fácil encontrarnos. Y fue un proceso muy enriquecedor para los dos. 

 

—Cada uno hizo diferentes recorridos artísticos. ¿Toda esa experiencia la pudieron poner en común?

 

—Eso fue lo interesante. En estos caminos diferentes, por ejemplo, nos habíamos encontrado en 2013. Ahí charlamos mucho, nos comunicamos mutuamente el anhelo de volver a trabajar juntos alguna vez y con “La luna y el pozo”, que a él le encantó cuando se la mandé, coincidimos. Si bien recorrimos caminos diferentes, porque él trabajó mucho más en la dirección y yo en la dramaturgia, hicimos una dupla de trabajo que fue muy enriquecedora. Nos realimentamos y redescubrimos sonoridades. Yo desde la actuación, él desde su mirada de director. Además, esto de escribir, dirigir y actuar, es un trabajo que se va encastrando. Cuando dirigimos, por ahí tenemos la necesidad de volver a actuar porque descubrimos algunas facetas o resonancias que por ahí se nos habían perdido en el camino de la escritura y la dirección. Y uno las recupera para volver a instalarlas en esas otras disciplinas. De hecho, Edgardo ahora está actuando en “Nenúfares...”    

 

—¿Se vuelven difusos los roles?

 

—Cuando convinimos empezar a ensayar “La luna y el pozo” Edgardo me dijo: “¿Vos te podés olvidar de la dramaturga?”. Y le contesté que sí, absolutamente. Ya en otras ocasiones me había pasado lo mismo. En “Otros gritos”, en Buenos Aires. O cuando hice “La mujercita del Rihn al Salado”, dirigida por Marcela Cataldo. Yo me escribí, pero después pongo mi cuerpo como actriz y la dramaturga tiene que corregir.

 

—¿Lo lográs?  

 

—Si. Porque soy muy obediente. Y porque antes de ser dramaturga y directora fui actriz. Es lo primero que hice. Y siendo actriz aprendí, ante todo, que hay que obedecer. Suena feo, pero hablo de obedecer en el buen sentido. Hay que olvidarse, entregarse, tratar de no pensar, dejarse llevar. Entonces mi trabajo de dramaturga en este caso es separarme de la actriz, dejarla libre y después de un ensayo ver que se corrige. A mí me resulta fácil porque en general soy una persona maleable y abierta. Me encanta además que se metan en mi trabajo, que me sugieran. Por supuesto que tengo límites, pero revisar, corregir, reescribir, me parece que todo es un proceso que se alimenta mucho del trabajo del director. Me pasó otras veces que estrenan obras mías y me preguntan si puedo ir a ver un ensayo. Voy y cuando lo veo me doy cuenta que tengo que reescribir, porque la palabra escrita no es lo mismo que la palabra puesta en el cuerpo. Es más, yo volví a reescribir “La luna y el pozo” después de haberla montado.


—Además, si queda sólo en el papel no es teatro.


—Si queda en el papel es literatura. Lo puede leer gente de teatro, actores, directores, otros dramaturgos y visualizar una posible puesta en escena. Pero hasta que no está puesta, hasta que el actor no le puso cuerpo y alma y el director tocó con su varita mágica a esos actores, no es teatro. El teatro es un fenómeno vivo, presente. Es un acto de cuerpo presente, es un acto ritual, casi religioso. 


 

Beca

 

Además del premio otorgado por la CIINOE, María Rosa Pfeiffer obtuvo una beca del Fondo Nacional de las Artes en Dramaturgia, por un proyecto para escribir una obra sobre la fundación de su pueblo natal, Humboldt, que se apresta a celebrar en 2018 sus 150 años de vida. Para diagramar la propuesta, tomará algunos personajes que fueron  relevantes en la historia de la localidad del departamento Las Colonias, como Rosanna Falasca y Merceditas. “Estoy en la escritura de esta obra, que me lleva mucho tiempo y mucho trabajo. Pero tiene el encanto de descubrir un misterio. Escribir una nueva obra es como desentrañar un misterio”, explica Pfeiffer.

 


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