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Sábado 10.03.2018
20:51

Crónica política (por Rogelio Alanis)

Sarmiento y las mujeres

La de Domingo Faustino Sarmiento y Aurelia Vélez Sarsfield fue una borrascosa historia de amor que tuvo como protagonistas al presidente de la Nación y a la hija del autor del Código Civil. Foto: Archivo El Litoral




Crónica política (por Rogelio Alanis) Sarmiento y las mujeres

Rogelio Alaniz


Las relaciones que Sarmiento sostuvo con las mujeres sorprenden por su sensibilidad pero sobre todo por la consideración que tuvo por ellas en un tiempo en que lo habitual era el sometimiento, la subestimación y la violencia. No fue un santo ni tampoco el amante más fiel de la tierra, pero con sus atormentadas contradicciones y sus desbordes de pasión, a las mujeres las respetó como amante e hizo todos los esfuerzos posibles para que ocuparan espacios políticos y culturales.


Sarmiento era capaz de dirigir un país, era capaz de escribir las mejores páginas de la literatura nacional, pero además era capaz de querer, capaz de enamorarse de mujeres a las que siempre consideró como sus iguales y siempre las trató como un caballero, es decir, como un hombre en el sentido más noble y vital de la palabra, que reconoce en la mujer su sensualidad y su inteligencia.


En tiempos en que los hombre reprimían sus pasiones íntimas y hasta consideraban una debilidad inadmisible expresar sus sentimientos, Sarmiento los manifestaba sin avergonzarse, al punto en que el hombre cuyas iras políticas eran temibles no se avergonzaba en llorar por amor, tanto como era capaz de reír a carcajadas, porque en él se confundían las pasiones del corazón y las pasiones de la inteligencia.


Fue amigo de Mariquita Sánchez de Thompson y de Juana Manso. A las dos las respaldó en sus proyectos y las defendió ante la legión de sus críticos. Fue amigo de la educacionista Mary Mann y con ella organiza ese empresa formidable de contratar maestras norteamericanas para empezar a hacer realidad su objetivo de educar al soberano y de hacer de toda la república una escuela.


Su relación con Aurelia Vélez Sarsfield es admirable, sorprendente y conmovedora. En la política como en el amor a Sarmiento no le preocupaba lo “correcto”. Todos sus amores estuvieron más allá o más acá de las leyes, aunque en todas las circunstancias siempre fue leal a los dictados de su corazón, incluso hasta consumirse de dolor.


Irreverentes y osados


A Aurelia, a la hija de su amigo, el viejo Vélez, la conoció cuando ella aún no había cumplido los veinte años, él ya andaba por cerca de los cincuenta y estaba casado con una mujer posesiva y celosa. Ella entonces era supuestamente una niña, aunque todo Buenos Aires se había escandalizado cuando su marido la devolvió a su casa por infiel, previo haber liquidado de un balazo al desdichado amante.


Durante treinta años Domingo Faustino y Aurelia fueron amantes, amigos, cómplices, un período que incluyó distanciamientos y retornos con las previsibles palabras de más y de menos, aunque en todas las circunstancias lo que predominó fue el reconocimiento, el respeto intelectual y esa complicidad singular que se establece entre un hombre y una mujer cuando se quieren más allá o más acá del sexo, sus arrebatos y turbulencias.


Sarmiento ya está viviendo en Paraguay; tiene más de setenta y cinco años, presiente que la muerte lo está rondando y sin embargo le escribe a Aurelia palabras como estas: “Venga a Paraguay y juntemos nuestros desencantos para ver pasar la vida; venga pues a la fiesta donde tendremos ríos espléndidos, el chaco incendiado, música, alegría y animación; venga que no sabe mi bella durmiente lo que pierde de su príncipe encantado”.


Claro que se quisieron. Y lo hicieron a contramano de todos y de todo y pagando un precio muy alto por el atrevimiento. Pero a su manera fueron felices; tan felices que alguien llegó a decir que fue la pareja más dichosa de Buenos Aires, una pareja que no le pidió permiso a nadie para serlo, una pareja que nunca firmó un papel, que nunca entró a una iglesia, templo o mezquita, amantes que nunca vivieron más de un mes bajo el mismo techo. Todas irreverencias y osadías en la Argentina de la segunda mitad del siglo XIX, una borrascosa historia de amor que tuvo como protagonistas al presidente de la Nación y a la hija del autor del Código Civil, hija que hablaba tres idiomas, escribía como una diosa, tocaba el piano y, según le cuenta Sarmiento a su amigo Posse, era una habilísima operadora política, muy superior a “los culones inútiles de nuestro partido”


“Te amo como no he amado nunca, como no creí que era posible amar. He aceptado tu amor porque estoy segura de merecerlo. Solo tengo en mi vida una falta y es mi amor por ti... perdóname encanto mío... no puedo vivir sin tu amor”, le escribe Aurelia a su Domingo Faustino.


Para esa misma época Emilia Casto, la “barragana” del Restaurador de las Leyes, don Juan Manuel de Rosas, encabeza sus cartas con “Mi querido padre y señor”; y las firma con un sobrio “Su humilde criada”, respuesta no muy diferente a la de Juan Manuel que firma con el categórico: “Tu patrón”. ¿Se entiende la diferencia entre Rosas y Sarmiento? ¿Es necesario explicar que esa diferencia es personal, pero es en primer lugar, política?


Convertido en bronce


En 1860 y pico en medio de las turbulencias políticas y las presiones sociales, Sarmiento y Aurelia deciden separarse. Él le escribe entonces estas palabras: “No te olvidaré porque eres parte de mi existencia; porque cuento contigo ahora y siempre. Mi vida futura está basada exclusivamente sobre tu solemne promesa de amarme y pertenecerme a despecho de todo... Necesito tus cariños, tus ideas, tus sentimientos para vivir...”. Una vieja amiga que le gusta situarse más allá del bien y del mal me dice: “Yo, en 2018, quiero un hombre que me escriba así, que me diga esas palabras...”.


Aurelia le responde que la situación es insostenible y que deben separarse, que es lo mejor que pueden hacer para el bien de los dos. Sarmiento le contesta: “He debido meditar mucho antes de responder a su sentida carta de usted, como he necesitado tener el corazón a dos manos para no ceder a sus impulsos. No obedecerlo era decirle adiós para siempre a los afectos tiernos y cerrar la última página de un libro que solo contiene dos historias interesantes. La que a usted se liga era la más fresca y es la última de mi vida. Desde hoy soy viejo”.


Conviene detenerse en esa última frase, porque es la frase de un hombre enamorado que sufre y de alguna manera se despide de la vida o de ciertos momentos irrepetibles de la vida: “Desde hoy soy viejo”.


Sarmiento muere en 1888 y Aurelia se va a Europa y regresará veinte años después. Curioso ese mito argentino del regreso después de veinte años, ese “Volver” o ese “Por la vuelta” que Aurelia lo vive antes de que Le Pera y Cadícamo titularan sus tangos. Aurelia le escribe a una amiga: “Vuelvo sin mucho entusiasmo. Hace veinte años que partí para esperar la muerte lejos de mi país porque no quedaba nadie que se interesara por mí, salvo para lastimarme. De mi deseo no hablo. El mismo que traté de hacer realidad en mi vida sin fijarme en las opiniones ajenas. Lo pagué caro. Veinte años es mucho tiempo. Tal vez suficiente para que mi recuerdo se haya desdibujado entre los que tanto me hicieron sufrir con su condena. A lo mejor me dejan en paz. Si a Sarmiento lo congelaron en una estatua a mí muy bien pueden archivarme. Igual que él prometo no moverme”.


Aurelia murió en diciembre de 1924 y el diario La Nación parece que fue el único medio que se acordó de ella. Vivió sus últimos años con discreción y nunca olvidó a Sarmiento. Cuando el gobierno decide honrarlo con una estatua en Palermo ella escribe: “Me alegra que lo recuerden pero a mí no me va a gustar ver su figura tiesa convertida en estatua. Porque ese hombre fue mi hombre. Yo lo abracé y lo besé. Apoyé mi cabeza sobre su pecho y él la sostuvo con sus manos enormes y fuertes. Compartí sus incertidumbres y sus angustias. Lo vi dudar y alegrarse. Tuvimos miedo y muchas veces lloramos juntos. Y ahora quedará hecho estatua en medio de esos árboles de los que tanto me habló y que yo misma lo vi plantar. Dentro de unos años, cuando yo no esté, él permanecerá ahí, quieto, helado. De vez en cuando le llevarán flores y leerán discursos en su pedestal. Pero nadie podrá recordar el calor de sus brazos, la intensidad de su mirada, la ternura de sus palabras. No, no quiero verlo convertido en bronce...”.


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