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Lunes 12.03.2018 - Última actualización - 9:05
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Espacio para el psicoanálisis (por Luciano Lutereau)

Escenas de la vida conyugal

Para hacer el pasaje a lo público, una pareja tiene que reprimir su intimidad. Las parejas más armónicas en sociedad suelen ser más disfuncionales a solas.




Espacio para el psicoanálisis (por Luciano Lutereau) Escenas de la vida conyugal Para hacer el pasaje a lo público, una pareja tiene que reprimir su intimidad. Las parejas más armónicas en sociedad suelen ser más disfuncionales a solas. Para hacer el pasaje a lo público, una pareja tiene que reprimir su intimidad. Las parejas más armónicas en sociedad suelen ser más disfuncionales a solas.

Por Luciano Lutereau (*)

 

“Cada pareja es un mundo” es una expresión conocida. Muestra lo impenetrable de la intimidad. Todos conocemos relaciones que, por ejemplo, socialmente funcionan de un modo y, luego, son diferentes puertas adentro. Todos las conocemos, porque todas son así.

 

Para hacer el pasaje a lo público, una pareja tiene que reprimir su intimidad. Las parejas más armónicas en sociedad suelen ser más disfuncionales a solas. Por ejemplo, aquellas de las que después se dice: “¿Cómo se separaron, si eran una pareja tan linda?”.

 

Por otro lado, “disfuncional” no es algo patológico, sino que remite al pacto inconsciente que puede unir a dos personas. En realidad, todo lo que une a dos personas es “patológico” (del griego “pathos”, pasión). En varones y mujeres hay dos movimientos que se imponen a la hora de armar lazo: para ellos, erotizar el compromiso; para ellas, no deserotizarse después de comprometerse. Ambos movimientos tienen su reflejo en conductas sociales, pero su raíz es edípica (es decir, social también) en función de la resignificación del incesto a partir de la pareja: para el varón, el vínculo exclusivo con una mujer reedita la captura materna; para la mujer, el placer en la pareja confronta culposamente con la envidia de la madre. Por eso, para entender cómo alguien arma lazos de pareja, hay que analizar lo materno.

 

 

Deseo

 

Hay una escena que escuché en diversas parejas: en medio de la noche, ella se despierta por el avance sexual de su compañero, quien, al día siguiente, nada recuerda. “¿Cómo me agarraste anoche?”, dice ella ante un mirada extrañada; “¿Quién, yo?”, porque, en efecto, la pregunta es respecto de cuál es el sujeto de ese acto. Incluso algunas mujeres cuentan que si los rechazan en ese momento, no pasa nada, siguen durmiendo; y ellos cuentan que de lo único que pueden dar fe es del relato de su compañera, porque ni siquiera recuerdan haber tenido un sueño erótico. Es como si irrumpiera un deseo puro, cuyo sujeto aparece después (como suele ocurrir con el sujeto) en el extrañamiento, quizá también en la culpa. “¿Seré un abusador y no lo sé?” se preguntaba un hombre una vez. No recuerdo haber escuchado nunca una mujer en la que la sexualidad irrumpiera de esa forma nocturna. Creo que esta situación que, como dije, me comentaron miles de veces y, tal vez, sea parte del análisis de todo varón, muestra cómo el deseo para éste es una fuerza que lo precede y lo pasiviza, es decir, varón es quien padece el deseo masculino.

 

 

Infidelidad

 

En una pareja hay dos escenas típicas en torno a la infidelidad. Uno empieza a notar que el otro se comporta de manera especialmente atenta, no es usual que esté de tan buen humor, menos el uso de la ternura fuera de contexto (por ejemplo, en un ascensor ante la mirada de otros). Entonces ése uno pregunta: “¿Vos me estás engañando, no?”, en base a la lectura espontánea de esos indicadores de un enamoramiento artificial; y quizá sea cierto, lo clásico es: la culpa se compensa con ese extremo cuidado y permite desplazar hacia la pareja el cariño que se reprime con el amante, es decir, en el inconsciente la infidelidad no es sexual sino respecto de lo tierno. Por eso muchas personas cuando son descubiertas en un acto infiel dicen “Esto no es lo que parece”, como un modo de decir “Es sólo sexo, acá no hay intimidad”. Sin embargo, hay otra circunstancia que interesa para pensar la infidelidad: otro modo de tramitar la culpa ya no es con la compensación amorosa, sino a través de la indiferencia que produce hostilidad en el otro; o bien un reforzamiento superyoico (como forma de disociación de la culpa) que le marca al otro detalles, que hace que éste le diga “Estás insoportable” y, por esta vía, descarga de manera indirecta su castigo sobre el culpable, lo que produce alivio y tranquilidad. Esta manera de “hacerse retar” es menos corriente, pero no menos típica.

 

 

Conflicto

 

La pareja es conflicto. Sólo a través de las peleas que toca atravesar, una relación se consolida. Hay dos tipos de conflictos: los que se repiten y los que se transforman. La salud es que un conflicto se transforme en otro. Cuando pasan los años y una pareja se pelea por lo mismo, casi con la sensación de actuar un guión, se trata de una fantasía. La inercia es el rasgo propio de lo psíquico y en la fantasía de pareja se establece una soldadura. Por ejemplo, una pareja típica: ella lo admira, como una forma de recuperar la imagen de padre ideal, que la protege de la culpa hacia la madre, mientras que él es un narcisista que la maltrata, pero que al mismo tiempo la necesita para sostener su autoestima, porque fuera de la relación es un sometido; entonces un día se separan por un tiempo y, después de varias relaciones frustradas en las que siguen pensando cada uno en el otro, vuelven a verse y ella puede encarnar el lugar de la madre castradora, que excita el deseo de él que, a partir de entonces, desviará su agresión hacia afuera, modificando su masoquismo social. Es un clásico. Muchos argumentos de Hollywood funcionaron así, porque así es la vida también. Por eso la agresión (que no es la violencia) es parte de los conflictos que tiene que atravesar una pareja y, muchas veces, el tiempo que dos personas pasan separados es una instancia de elaboración.

 

(*) Psicoanalista. Doctor en Filosofía y doctor en Psicología (UBA). Coordina la Licenciatura en Filosofía de UCES. Autor de los libros: “Celos y envidia. Dos pasiones del ser hablante” y “Ya no hay hombres. Ensayos sobre la destitución masculina”.


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