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Viernes 21.12.2018
21:50

La fe cristiana (por María Teresa Rearte)

Ante el Adviento y la Navidad



La fe cristiana (por María Teresa Rearte) Ante el Adviento y la Navidad

Por María Teresa Rearte (*)

 

Adviento es el tiempo litúrgico de espera del nacimiento en la Carne del Hijo de Dios y de María. Necesitamos comprender que es un tiempo de encuentro del hombre con Dios. Y prepararnos para ese encuentro. No sólo en el íntimo recinto de nuestro corazón. Sino como Pueblo de Dios que aguarda la venida del Salvador anunciado.

 

La pobreza

 

El Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina anunció recientemente que, en el tercer trimestre de este año, la pobreza subió del 28,2 al 33,6 % de la población urbana. Y abarca a 13,6 millones de argentinos. Son 5,4 puntos más; es decir que son 2.180.000 nuevos pobres. Y que el flagelo de la pobreza golpea duramente a 13.600.000 personas, sin incluir la pobreza rural. Es el nivel más alto de la última década.

 

De los 13,6 millones de pobres urbanos, hay 161.500 nuevos indigentes. El mayor salto de la pobreza e indigencia aflige a los menores de 17 años. Ascendió del 44 al 51,7 %. Son 931.700 nuevos chicos pobres, que totalizan 6.255.000 niños que viven en hogares pobres, con las necesidades y carencias propias de esa situación.

 

En ese contexto socioeconómico y cultural estamos viviendo el tiempo litúrgico de Adviento. Y nos disponemos a celebrar la Navidad del Señor. ¿Cómo? ¿Con las luces, brindis y regalos de un señor importado de otras latitudes, con el que se quiere festejar de un modo no cristiano la que es una celebración cristiana: el Nacimiento de Jesús? ¿Un festejo en el que el arbolito reemplace al pesebre, como informaba una encuestadora? Refiriéndose al cual el Papa Francisco ponía en contacto la Fe con las realidades temporales, al decir que “el pesebre enseña a ser libres de cualquier pretensión de éxito”. Más que a la vida exitosa hay que aspirar a la fecundidad de la vida, cada uno por sus propios caminos. Para eso también hay que ayudar a abrir esos caminos para todos.

 

La Fe cristiana es indisociable de las realidades temporales. Navidad es la entrada en la historia como historia de la salvación, del Hijo de Dios que, “por su Encarnación, se identificó en cierto modo con cada hombre: trabajó con manos de hombre, reflexionó con inteligencia de hombre, actuó con voluntad humana y amó con un corazón humano. Nacido de María Virgen, es verdaderamente uno de nosotros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado”. (GS 22).

 

Arrebatos de libertad

 

Hoy que están de moda los arrebatos de una libertad que nadie niega, se argumentan renuncias a una fe que posiblemente nunca se tuvo, como decepcionados por lo que la Iglesia no es. Y tampoco puede ser. No es un club, ni un partido político, ni algo parecido. Sino una comunidad de salvación que nació en torno al Rabí Jesús. Es el Pueblo de la Nueva Alianza en su sangre del que somos parte por el bautismo. Por eso quiero recordar algunas conversiones que, entre tantas otras, se han dado en el curso de la historia para que, sin ánimo proselitista, aporten a la reflexión. Aunque sin duda puede haber objeciones de parte de nuestros contemporáneos. Pero no impiden su mención.

 

En la noche de Navidad del año 1886, Paul Claudel (1868-1955), un joven de dieciocho años, experimentó en la Catedral parisina de Notre Dame una poderosa certidumbre, que lo llevó a abrazar la fe católica. Se trató de un hecho inexplicable ante una imagen de la Virgen María y el Niño. Por su parte, Jacques Maritain, probablemente el intelectual católico más relevante del siglo XX, junto a su esposa Raissa, fue un creyente laico y converso. Para más datos menciono que fue un gran defensor del Concilio Vaticano II, a quien el Papa Pablo VI entregó el día de la clausura (08-XII-1965), el Mensaje del Concilio a los hombres de ciencia y de la cultura.

 

Una memoria de especial relieve en la peregrinación de la fe es para Edith Stein, alemana, nacida en Breslau (hoy Wroclaw, Polonia), judía, filósofa, convertida al catolicismo, monja carmelita y finalmente mártir en Auschwitz. Teresa, la bendecida por la cruz, es el nombre en religión de esta mujer que inició su camino espiritual convencida de que no había Dios. Mujer de ciencia y mujer de fe, Edith Stein reconoció siempre que su bautismo en la Iglesia Católica no significó nunca un rompimiento con el pueblo judío. Al contrario, siempre tuvo conciencia de que “pertenecía a Cristo no sólo espiritualmente, sino incluso por vínculos de sangre”.

 

En medio de tantas búsquedas satisfechas o no, de placer, dinero, poder, felicidad, hasta de seres inteligentes de otros planetas, ¿no sería más conveniente buscar a Dios?

 

El tiempo de Adviento abre al futuro. Sería beneficioso tratar de aproximarnos a lo que significa el misterio de la Encarnación, que no acaba en el pesebre.

 

Hablar del Adviento como tiempo de espera no implica una actitud pasiva. Sino una oportunidad para reorientar la vida. Y buscar cómo encarnar el mensaje evangélico en los propios proyectos y las estructuras terrenales. Por eso se habla del Adviento como tiempo de conversión.

 

Sed de Dios

 

“Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo” (Sal 42, 2). La cita del Salterio nos invita a recordar que siempre hubo mujeres y varones que dieron testimonio de una experiencia espiritual, que traduce la inquietud del corazón humano por la dimensión trascendente de la vida. Es real que también existe el escepticismo y la indiferencia, y aún las presiones ideológicas. A veces se piensa que la indiferencia y la crítica, y por qué no los ataques, acabarán silenciando a quienes buscan más allá de las experiencias inmediatas. Sin embargo, la realidad muestra una gran indigencia existencial que pone en evidencia la necesidad de un renacer espiritual.

 

Podríamos preguntarnos por las razones de la descalificación de las iglesias cristianas, particularmente de la Iglesia Católica. Cada uno puede indagar las razones que prefiera. Lo que se puede advertir es que la trascendencia ha bajado de los Cielos y que lo que podríamos llamar la esfera teológico-ética se ha secularizado. Ha adquirido una línea de horizontalidad de marcado carácter individualista. Pero entonces, ¿qué sentido de trascendencia tiene en la Navidad una experiencia espiritual privada de su referencia al Hijo de Dios y su Encarnación?

 

El pesebre

 

El Evangelio de Lucas relata que Jesús nació en un pesebre porque no había lugar para Él en la posada. (Cfr Lc 2, 7). “Esto debe hacernos pensar y remitirnos al cambio de valores que hay en la figura de Jesucristo, en su mensaje. Ya desde su nacimiento Él no pertenece a ese ambiente que según el mundo es importante y poderoso”. (Papa emérito Benedicto XVI).

 

El pesebre es -afirmaba el Papa Francisco- “una invitación a hacer un lugar en nuestra vida y en la sociedad a Dios, escondido en el rostro de tantas personas que están en condiciones de malestar, de pobreza y tribulación”. Que nos convoque a tomar conciencia moral, religiosa y política de la dimensión de la pobreza enunciada al comienzo de esta nota. Retomo el pensamiento del Papa Francisco que decía: “Jesús conoce bien el dolor de no ser acogido. Que nuestros corazones no estén cerrados como las casas de Belén”.

 

Hoy que están de moda los arrebatos de una libertad que nadie niega, se argumentan renuncias a una fe que posiblemente nunca se tuvo, como decepcionados por lo que la Iglesia no es. Y tampoco puede ser. No es un club, ni un partido político, ni algo parecido. Sino una comunidad de salvación, que nació en torno al Rabí Jesús.




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