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Miércoles 09.01.2019 - Última actualización - 10:31
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“Roma”

Un pedazo de vida

Cleo (Yalitza Aparicio) es una empleada doméstica silenciosa, que sufre sus cuitas en silencio y sin llorar, pero no por eso carece de intensidad en sus emociones. Gentileza Netflix

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Foto:Gentileza Netflix
Cleo (Yalitza Aparicio) es una empleada doméstica silenciosa, que sufre sus cuitas en silencio y sin llorar, pero no por eso carece de intensidad en sus emociones.




“Roma” Un pedazo de vida

 

Ignacio Andrés Amarillo

iamarillo@ellitoral.com

 

Si Alfonso Cuarón ganase el Oscar a Mejor Director por “Roma”, redondearía cinco victorias mexicanas en seis años: él mismo ganó en 2014 por “Gravedad”, Alejandro González Iñárritu lo hizo en 2015 y 2016 con “Birdman” y “El renacido”, y Guillermo del Toro en 2018 con “La forma del agua” (sólo cortó la racha Damien Chazelle de la mano de “La La Land”). La diferencia estaría en que esta vez sería de la mano de una producción casi enteramente mexicana en elenco y equipo, hablada en español y mixteco, y con mucho del color de su país (todas las anteriormente nombradas fueron hechas en el corazón de la industria hollywoodense, y con elencos de celebridades; Iñárritu ya había estado nominado por “Babel”, caso similar).

 

¿Qué tienen en particular estos mexicanos? Una de las cosas que podemos reflexionar es si, como outsiders de las grandes usinas cinematográficas, son hoy los depositarios de una herencia clásica que procesan y evolucionan mejor que en el origen (un caso similar podría ser el del uruguayo Fede Álvarez, el argentino Andy Muschietti y españoles como Jaume Collet Serra en el cine de terror). Al menos algo de esto podría darse en el caso de Del Toro, que saldó su deuda con la tradición del cine de monstruos de la Hammer y de los musicales de la era de Shirley Temple en “La forma del agua”.

 

Y lo mismo podríamos decir de Cuarón en “Roma”, pero con una particularidad: su relación a explicitar aquí es con escuelas europeas como el neorrealismo italiano y la nouvelle vague, al menos en la faz estética: los viejos cinéfilos reconocerán la estética de posguerra italiana en la forma de retratar las vidas humildes, los planos de la vida doméstica, algunos diálogos; de igual forma, el recurso al plano secuencia para sostener la unidad narrativa actoral y la continuidad visual recuerda a los experimentos galos de los ’60 (los travellings de acompañamiento como en la playa, las tomas a 360º para las escenas interiores). Todo esto en un blanco y negro que evoca al cine del pasado, a la vez que gana una nueva calidez: México es soleado y caluroso sin necesidad del abuso de los filtros naranjas en la cámara (recurso popularizado por “Traffic”, entre otras cintas conocidas).

 

Pero al mismo tiempo, como decíamos, se trata de una película eminentemente mexicana, sin necesidad de la omnipresencia de elementos folclóricos (el exotismo del Día de los Muertos en “Coco”). Hay una búsqueda estética y temática hacia el cine latinoamericano de los ’60 y ’70: el retrato de la pobreza, las tensiones de clase, la violencia política, diversos elementos en convivencia en unos años únicos. Y la recurrencia a “no actores” para representar a las clases subalternas, tal como hacía el cine de ficción de formación documental en aquellos años (cruces como los que hacía Fernando Birri por estos pagos).

 

Meses complicados

 

La protagonista del relato es Cleo, integrante del personal doméstico de una familia de clase media alta que vive en la Colonia Roma, un lugar de cierto estatus en la Ciudad de México de los ’70. Cuarón dedica esta película a Liboria “Libo” Rodríguez, una empleada que lo crió de niño, así que el gran ejercicio es correrse de su propio lugar (el de los niños de la casa, su propia extracción de clase) para adentrarse en el mundo de esta aborigen que habla el mixteco con su compañera Adela: “Ya no hablen así”, dirá Paco, el segundo de los niños varones, y es inevitable la mirada circular de los niños estadounidenses con domésticas latinas, que les transmiten el español (Iñárritu abordó esto en una de las historias de “Babel”). Cuarón extrae de sus recuerdos esos detalles de desigualdad naturalizada, donde cualquiera de los patrones pide que le alcancen algo que está ahí nomás a las polifuncionales domésticas, la naturalización para ellas, y al mismo tiempo las relaciones de cercanía que se construyen lateralmente a esa disparidad.

 

Pero la casa está en revolución: el señor Antonio, médico, se va en un viaje académico a Ottawa, en Canadá: algo sobrevuela su partida, y su ausencia comienza a prolongarse en lo que cada vez más se perfila como un cambio en la estructura familiar. De tal modo, su esposa Sofía comienza a tomar decisiones en esa casa de cocheras demasiado estrechas para los autos y habitaciones separadas para el personal.

 

Paralelamente, Cleo se inicia a la vida sexoafectiva, lo que redundará en un embarazo no deseado que la acompañará durante buena parte del metraje, y tendrá ribetes inesperados. Entre estas dos tensiones, Cleo atravesará hieráticamente las fiestas de fin de año en haciendas ajenas, la intervención de la violencia paraestatal post Masacre de Tlatelolco (representada en la Matanza del Jueves de Corpus, también conocida como el “Halconazo”), hasta llegar a la apoteosis en unas minivacaciones, escena de la playa (la del afiche) como cumbre estética, filmada con el sol de frente y casi sin cortes (el propio director se encargó de la fotografía y coedición final de una de sus películas más personales).

 

Parece que hemos spoileado mucho, pero no es así, estimado lector: porque el arco narrativo puede parecer minimalista (puede: la vida y la muerte a veces son segundos y lo que dura es el susto o la impresión que deja el momento), pero la gracia está en los detalles: las formas de hablar, de tratarse, de movilizarse: un comentario intrascendente y una respuesta parca pueden indicar mucho sobre la relación de los hablantes y del todo social, donde conviven las clases privilegiadas, cultas y cosmopolitas, con el campesinado indígena que se está volviendo “de ciudad” (la doble fiesta en la hacienda, la de los patrones y la de los empleados, es una concesión al cine latinoamericano de aquellos tiempos: Raymundo Gleyzer, Glauber Rocha y Leonardo Favio se la hubieran festejado por igual).

 

Perfiles

 

Cuarón elige también la dualidad y la tensión para ponerle rostro a su cuento. Y lo encontró en Yalitza Aparicio, una docente de preescolar petisita, de ascendencia mixteca, que encaja con la perspectiva de una Cleo silenciosa, que sufre sus cuitas en silencio y sin llorar, pero que no por eso carece de intensidad en sus emociones: un perfil que en México se viene construyendo desde la llegada de Hernán Cortés. Pero del otro lado eligió a Marina de Tavira como la señora Sofía, una actriz experimentada en cine y en producciones televisivas exitosas, como “El Señor de los Cielos” y “Capadocia”: la patrona es el opuesto de Cleo, con sus estallidos de enojo y de tristeza, y al mismo tiempo en evolución: una especie de Nora de “Casa de muñecas”, pero tardía y maternal.

 

El elenco principal incluye intérpretes de poca o ninguna andadura actoral, empezando por los niños: Diego Cortina Autrey (Toño, el mayor), Carlos Peralta (Paco, el segundo, de buena performance), Daniela Demesa (Sofi, la niña de la casa) y Marco Graf (Pepe, el pequeño travieso). Nancy García García se pone en la piel de Adela, la compañera y paisana de Cleo, más aclimatada a la ciudad y de un humor más intenso y afable.

 

Verónica García le pone su presencia a Teresa, la abuela de los niños, inspirada en la del propio director.

 

Fernando Grediaga tiene pocas apariciones como el señor Antonio, mientras que José Manuel Guerrero Mendoza le aporta picardía y seriedad a Ramón, un novio de Adela que experimenta con el rock, antes de que comience una escena de presencia internacional. Por último, Jorge Antonio Guerrero se destaca como Fermín, el interés amoroso de Cleo, entre la violencia y la paz de los psicópatas.

 

La picardía en el casting está en la participación del luchador Víctor Manuel Reséndez Nuncio, más conocido como Latin Lover, encarnando al Profesor Zovek, un personaje real conocido como “El Houdini mexicano”.

 

Canales

 

Por fuera de lo específicamente cinematográfico, “Roma” se metió de cabeza en la pelea de la circulación y distribución de las películas. Con una particularidad: siendo tan desarrollada para la sala de cine (incluyendo el diseño de sonido, que juega con el fuera de campo y la variedad de las intensidades), es la apuesta “artística” de Netflix y su caballito de batalla para la temporada de premios. Curiosamente para “jugar” en la misma hay que tener estreno en salas, pero el realizador logró que el juego se abra más allá de lo estrictamente reglamentario: otro guiño para los veteranos de las pantallas grandes.

 

 

 

“Roma”

 

Ídem (México-Estados Unidos, 2018). Guión, dirección y fotografía: Alfonso Cuarón. Edición: Alfonso Cuarón y Adam Gough. Diseño de producción: Eugenio Caballero. Elenco: Yalitza Aparicio, Marina de Tavira, Fernando Grediaga, Diego Cortina Autrey, Carlos Peralta, Daniela Demesa, Marco Graf, Nancy García García, Verónica García, Jorge Antonio Guerrero, José Manuel Guerrero Mendoza, Latin Lover, Andy Cortés, Zarela Lizbeth Chinolla Arellano, Clementina Guadarrama. Duración: 135 minutos. Apta para mayores de 16 años. Se exhibe en Cine América y por streaming en Netflix.

* * * *

MUY BUENA

 


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