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Sábado 12.01.2019 - Última actualización - 19:31
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Peisadillas (por Carlos Peisojovich)

¡Hay tu tía!

“Venero con sumo amor y orgullo a aquellas mujeres que salen día a día a ganarse el pan para su casa y el de su alma, reafirmándose con no pocos obstáculos que llegó para plantar bandera...”, escribe el autor. <strong>Foto:</strong> Ilustración de Lucas Cejas“Venero con sumo amor y orgullo a aquellas mujeres que salen día a día a ganarse el pan para su casa y el de su alma, reafirmándose con no pocos obstáculos que llegó para plantar bandera...”, escribe el autor.
Foto: Ilustración de Lucas Cejas

Foto: Ilustración de Lucas Cejas



Peisadillas (por Carlos Peisojovich) ¡Hay tu tía!

Por Carlos Mario Peisojovich (El Peiso)


Soné con esos tiempos de vacas flacas, donde escaseaban las cosas que se hacen ¿Qué hacer? Se preguntaba entonces, la Doña, los quehaceres de la casa. Antaño esas amas de casa que amaban sus cosas escasas, que con magistral habilidad en las artes y con un innato oficio de domesticar los electrónicos aparatos y a la familia, imaginaban, desarmaban y armaban nuevas armas para sobrellevar la batalla del plato lleno de variada imaginación y transformación, que con paciencia pero sin la sapiencia de un experimentado chef o con artes de gourmet, se mandaba sublimes platos que deleitaban a sus diarios y sarmientinos comensales. Ellas mantenían cada sala de la casa como si fuera un salón de los espejos, todo relucía impoluto, angelical, y patinoso... Lavaban la ropa y la conciencia de imaginar más allá de los límites de la habitación matrimonial.


Ante la inquisitiva mirada de sus amados desanimados rompía en llanto silencioso en los rincones escondidos de todas las miradas de la casa. Repasaba tesoneramente cada uno de esos rincones que fueron testigos de la tristeza silenciosa de saber que no tenía nada pero que ponía todo para tener algo que dar a “su” familia, y a la de los amigos de sus hijos también, que a la hora del almuerzo, o en las cenas de verano, caían de sopetón, y que sobraba para dar a quienes en horario de la siesta, puntualmente entre “la una y las tres”, tocaban a la puerta con cara de interminable tristeza, con un hilillo de voz y tono de sufriente preguntaban con temor y hasta reverencia: “doña, ¿tiene algo que le sobre?”, y sí, sobraba, porque el destino no manifiesto de ese arroz blanco con albóndigas era el de mutar en torrejas, en sopa de arroz o en tortilla primavera. Ellas dignificaban nuestros hogares con su diario trajín.


Más acá en nuestra línea temporal de éste sueño extemporáneo, la mujer salió de su covacha familiar para meter los ovarios donde en algunos trabajos faltaban huevos, afanosa e imprudente dentro de la prudencia patriarcal y filo-machista fue ganándose su merecido y relegado lugar, sacando hermosos pechos ante los problemas de una sociedad con sujetador, se liberó sacándose el corpiño opresivo de la mirada lascivamente machista. Con la frente en alto y los pelos al viento, se calzó el mameluco e hizo pata ancha, con tacos finos, pisando fuerte y dejando tras de sí años, o siglos, de inoperante y marginada realidad entre cuatro paredes de maternal imposición.


Idolatro, como mujerista empedernido, la belleza de la mujer en todos los sentidos, cuando entran y cuando se van. Adoro recordar a mi madre como una alegre y sufrida ama de casa, que llevaba adelante su hogar con la hidalguía y la soberbia de aquel que hace el trabajo bien hecho, la comida a la hora exacta y prefijada implícitamente por su reloj interno, la casa pulcramente inmaculada, sus obligados dictados diarios que nos obligaba a hacer para no perder la caligrafía y mejorar nuestro lenguaje. Ella fue el molde de todo lo bueno que existía en mi mundo.


Venero con sumo amor y orgullo a aquellas mujeres que salen día a día a ganarse el pan para su casa y el de su alma, reafirmándose con no pocos obstáculos que llegó para plantar bandera, sin importar si es color verde o celeste, ellas nos ejemplifican que las pelotas que ellas llevan empequeñecen a unos cuantos carneros y sementales cabríos machos.


Mujerista, repito, y santafesino de corazón y hasta los huevos, me relamía con intensa humildad (a veces suelo comparecerme de mí mismo...), cuando escuchaba a mi entrevistada en Tele Peisadillas por CyD, mi amiga y admirada “Chiqui” González, cuando ella me decía que la provincia de Santa Fe es la provincia que más localidades con nombre de mujer tiene en su topográfica y abotinada dimensión territorial. “¡Del planeta!” reafirmaba.


Desperté, y agradecí haber estado arrullado por los amorosos brazos de Evaki. Feo Morfeo para un sueño deliciosamente femenino.


El recientemente fallecido escritor Israelí Amos Oz decía, en alguna parte de su libro “Contra el Fanatismo”: “Creo que la esencia del fanatismo reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar”. Ellas abrieron los ojos, se despertaron, y tienen lo mejor del género para darnos.


Ni una ni la otra, mejor dicho, la una y la otra.


Y ni una menos.




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