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Sábado 26.01.2019 - Última actualización - 18:47
18:46

Peisadillas (por Carlos Mario Peisojovich)

Corsodrama



Peisadillas (por Carlos Mario Peisojovich) Corsodrama

Por Carlos Mario Peisojovich (El Peiso)

 

“Tatá... tum tum... tatarataratatá...” sueña que suena mi cabeza de murga dominguera, no por exceso de barrilito de cerveza por amanecida resaca, ni de madrugador amador de las buenas noches, mucho busto... ni siquiera por el estrés postraumático de una noche calurosa adornada por el estridente y molesto zumbido de mosquitos del tamaño de murciélagos hambrientos de sangre nueva. Nada que ver y mucho para escuchar, repiqueteo de tambores y zurdos, de trajes de colores vivos, de féminas de exultante vaivén, caderas que se mueven a muchas revoluciones por minuto, caderas RPM con la fuerza de cien caballos de fuerza que invocan, quizás sin saberlo, a los fantasmas alegremente vivos de las antiguas fiestas paganas de saturnales orígenes, sus cinturas y sus pies se mueven en frenético temblor de músculos y carne transpirada, sonrisa de blancos dientes, miradas de ardor posesivo y frenética lascivia. La masa alegre, colorida y sonriente, avanza a paso redoblado por redobles y rulos de redoblantes, panderetas, trompetas y bombos.

 

La marea humana y danzante cubre la calle en toda su anchura, pero los límites de la alegría no están divididos por ninguna línea imaginaria, aquí no hay muros geográficos, ideológicos o vilmente levantados por ladrillos o cavados en zanjas infestas de animales. Aquí la alegría es general, el abuelo que pierde su artificial dentadura en una risotada espontánea, la mujer de puritana educación que saca a relucir su mirada de instintivo con distintivo viso animal de gata en celo, los niños/as que se olvidan ser niños/as, las mujeres que se olvidan ser damas y los viejos que se olvidan ser viejos. Los márgenes de la alegría no tienen entidad, aquí nadie es y todos son, al son de los bombos, la periferia es centro.

 

Llega a mi memoria un sueño de serpentinas y colores centelleantes de lentejuelas y brillos de satén, la alegría no es sólo brasileña, aunque el ultra derechista presidente de Brasil, Bolsonaro, se haga el distraído por tener un hijo amante de los bolsos ajenos. Si bien nuestra latinoamericana tierra se caracteriza por la alegría de su gente, por sus fiestas populares y culturales, paganas o religiosas, importadas o de identidad propia, nuestra vasta gente sabe del deleite y la algarabía, con poco y con nada, nosotros somos artesanos del disfrute por el disfrute mismo.

 

Los carnavales en Santa Fe de hace décadas, con sus murgas barriales, las carrozas y los bailes populares ocupan un espacio inmenso en mi memoria eidética, olfativa y gustativa. Muchos se acordarán del agua florida, los pomos recargables, las “bombuchas” de agua o de algún líquido de sospechosa fragancia... por la avenida se veían a los chicos dándoles machetazos plásticos y con “chifle” en la cabeza a las niñas descuidadas, que ellas respondían furiosamente con una buena dosis de espuma en aerosol, o nieve artificial, en toda la cara, apuntando irremediablemente a los ojos. Era fiesta, todos se divertían y gozaban al tun-tun de los corsos de la avenida Freyre.

 

Mi Peisadilla, como todo sueño pasado que no es pisado, sino que es presente de futuros recuerdos, se cuela por mis memorias carnavalescas para darme un baldazo de agua fría, el Rey Momo es un bromista empedernido y mete la baqueta donde no le corresponde.

 

Aires que no son de alegría se viven por la Bolivariana Venezuela, ¿se caerá de maduro que Maduro caiga? Es que el hambre arremete con furiosa y tremenda exactitud a la misma hora, la amabilidad y afabilidad del cálido pueblo venezolano se pone a prueba con un gobierno que no entiende ni comprende lo que es el hambre, la reconocida sangre caliente caribeña deja de ser fuego de amor para ser fuego de odio e impotencia. El Rey Momo del norte, de inquieto jopo rubio y palabras despreciables, se divierte a costa de los pueblos del sur, mientras su economía crece, la de los demás es inversamente proporcional. El Gran Corso tuvo su Waterloo.

 

Nuestro felino decretador serial abandonó sus plácidas y extensas vacaciones para anunciar que a partir de ahora se va a confiscar lo malamente ganado con el laburo de la corrupción, su legado familiar tiembla, aclaremos, el de muchas familias, la ley de Extinción de Dominio que acaba de decretar, y que es de dominio público, levantó polvareda... Ahora empezarán los tejes y manejes de siempre entre la oposición, los del medio, los de arriba y siempre en desmedro de los de abajo, machetazo y a la bolsa.

 

Dominio, patente, patente de corso, papelito legalizado para seguir robando a futuro, y a los que robaron en el pasado. Con este calor, y pese al aumento de agua, los chorros siguen haciendo de las suyas, no mojan, pero te dejan helado.

 

Siga el baile, siga el baile, de la tierra en que nací...

 

Nuestra latinoamericana tierra se caracteriza por la alegría de su gente, por sus fiestas populares y culturales, paganas o religiosas, importadas o de identidad propia, nuestra vasta gente sabe del deleite y la algarabía, con poco y con nada, nosotros somos artesanos del disfrute por el disfrute mismo.

 

La marea humana y danzante cubre la calle en toda su anchura, pero los límites de la alegría no están divididos por ninguna línea imaginaria, aquí no hay muros geográficos, ideológicos o vilmente levantados por ladrillos o cavados en zanjas infestas de animales.




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