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Martes 29.01.2019
8:46

Mar del Plata

Hay que explicar a un Gato

El espectáculo del Gato Peters se llama “No me arrepiento de este humor” y debe creérsele. No hay guarangadas ni tilinguerías. <strong>Foto:</strong> Gentileza producciónEl espectáculo del Gato Peters se llama “No me arrepiento de este humor” y debe creérsele. No hay guarangadas ni tilinguerías.
Foto: Gentileza producción

Foto: Gentileza producción



Mar del Plata Hay que explicar a un Gato

 

Raúl Emilio Acosta

 

En el espacio se encuentra información de este gato... El Gato Peters es un hombre de la provincia de Buenos Aires. Nació en Carhué, cursó estudios secundarios en las escuelas Agrarias de Rivera y Coronel Vidal, se recibió de veterinario en La Plata, ha formado su familia y vive en Las Flores.

 

Para este veterinario y docente de la rama de educación agraria, que se jubiló hace unos años, el humor aparece justamente en el quiebre que generan los cambios sociales y tecnológicos para toda una vasta generación de argentinos. “En mi época, un cambio tecnológico repercutía en tres generaciones. Ahora todo cambió mucho. Y ésa es una cosa macanuda para hacer humor, porque la capacidad de asombro te desborda: vivimos comparando lo de antes con lo de hoy”, explicó.

 

Peters, que nació como Ricardo Daniel, se siente un defensor de la ruralidad, tanto en sus espectáculos como en su amplia gestión educativa, que lo llevó incluso a desempeñarse en el cargo de director provincial de Educación Agraria. “Me siento comprometido con los pueblos. Hoy vengo a darme cuenta de que siempre hice eso de defender un estilo de vida, como el cuidado del medio ambiente. Cuando me iba mal en el humor pensaba que no importaba, porque yo era educador, y cuando me iba mal en la educación pensaba que tampoco importaba porque yo era humorista. Viví siempre en ese equilibrio...”.

 

Hablemos de este Gato

 

Hasta allí lo que cuenta el espacio, las redes, el mundo al que pretende escapar la apología del hombre de campo que encarna el monologuista. El Gato Peters es varias cosas y ninguna de modo absoluto. Es un hombre parado delante de todos, que simplemente habla.

 

Un Landriscina a toda velocidad y, como en Luis, el cuento se llena de oraciones derivadas que representan, en sí, un cuento dentro del cuento, un dicho dentro de otro, una consideración sobre la otra. Sencillo y complicado, como el caracol. El Gato no pierde el hilo, al contrario, desenrolla el carretel de cada historia parsimoniosamente.

 

Un Tato Bores sin doble intención ni contaminación urbana. A diferencia del cómico televisivo, esquiva el humor político, mantiene la velocidad de Tato, pero es muy notable como rodea la circunstancia, el sector, el embanderamiento con algo o alguien de la coyuntura social y más, es Tato sin teléfonos y personajes influyentes. Tato y un hombre, un paisano común sin medallero, sin actores políticos nombrados de modo efectivo. Las citas de Peters son sobre anónimos personajes, un permanente García, Rodríguez, Pérez reposicionados con nombres y apellidos de los que se encuentran en la cotidianeidad, que suele ser más rica que un “García”.

 

Un Pinti sin presunción de magister. A diferencia de Enrique, el Gato también reivindica dosis de honestidad y diferencia delito de picardía y, finalmente, evoca un pasado de comunicación y esperanza. Sus personajes tienen la ilusión por la posible salida hacia una mejoría de la sociedad, como parte de los buenos momentos de Pinti y ninguna de sus palabras endurecidas. No espanta al burgués.

 

Un Omar Moreno Palacio que, aunque no toca la guitarra, puede tener la misma bandera de las cosas simples de la provincia de Buenos Aires. Es, si se me permite: sencillito y de alpargatas.

 

Simplismo

 

El Gato suma trozos de otros y, desde el momento que existe y ha sido leído por Peters, puede respirarse un aliento del simplismo sobre la interpretación de los dichos camperos que usaba, a su modo, Roberto Fontanarrosa esto es, el gato tiene algo de Inodoro. Poquito. Pero si. Está el Inodoro.

 

Qué hace Peters con esto es la explicación obvia, pero imposible de resumir. Durante 90 minutos, con una guitarra y un viejo guitarrero amenazando, en acompañamiento de milonga surera, que va a empezar a cantar, el gato no canta. Cuenta. A veces amaga una payada o un relato campero rimado. Siempre el perdón, la acotación, el remate con alegría y sencillez.

 

El espectáculo se llama “No me arrepiento de este humor” y debe creérsele. No hay guarangadas ni tilinguerías. Es necesario indicar que hay una reivindicación, sin concesiones, por el habitante de los pequeños pueblos de la pampa gringa que mantiene en llanura a Buenos Aires, Santa Fe y La Pampa. De allí sus personajes, sus dichos y los aconteceres mitad verdad, mitad bien contados. Contra el stand up y confesando que no se tuvo triciclo cuando chico y una mujer lo abandonó en el ascensor, el Gato Peters se mantiene en lo que quiere: pintar su pago, un pago lleno de personajes increíbles, elementales, sabios y muy ingenuos. Como su humor.

 

El Gato llena y hay que poner sillas pero no agrega funciones y se necesita esperar una semana para encontrarlo otra vez en el complejo Radio City, Melany, Roxy. Eso solo (llenar sin regalar nada) ya es una calificación. Tiene su público. Estoy entre ellos. Para explicar este gato simplemente no hay que ser sordo. Con eso alcanza.


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