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Viernes 01.02.2019
21:52

Reflexiones vaticanas II (por Germán De Carolis)

Los silencios de Francisco



Reflexiones vaticanas II (por Germán De Carolis) Los silencios de Francisco

Por Germán De Carolis

 

Son por todos conocidos los momentos difíciles que el Sumo Pontífice afronta en el seno de la propia Iglesia. He escuchado de boca de simples ciudadanos romanos que aún no pudo vencer la enconada resistencia de los altos prelados vaticanos, aunados para no resignar centenarios privilegios y resistir la exigencia de mesura y austeridad que el Papa intentó imponer apenas elegido.

 

Respecto de cuestiones que nos conciernen más de cerca. Por ejemplo, el Papa Bergoglio es injusta y permanentemente acusado de cerrar los ojos ante el drama venezolano. ¿Alguien podría imaginar que desconoce lo que sucede en ese país, sometido a una opresiva dictadura? ¿Alguien puede intuir lo que sucedería si abiertamente proclamara su censura al régimen que hoy persigue brutal y cruelmente a los opositores? Si el Papa Bergoglio hiciera algo así mucha más sangre inocente se derramaría sobre Venezuela.

 

Un hombre consagrado al Dios que representa no puede dar señales que propicien la furia irracional y homicida de militantes fanatizados.

 

Cerca y lejos de la Argentina

 

Con relación a la Argentina, a mi juicio sucede algo similar. Bergoglio conoce perfectamente la naturaleza irascible y violenta de una gran parte del pueblo del país en el que nació y trata por todos los medios de evitar que sus gestos puedan ser interpretados interesadamente por operadores políticos que propician el desorden y el caos para alcanzar sus fines.

 

Nadie inteligente podría negar que el Papa conoce bien la realidad argentina, cuya patética fatalidad se remonta a los albores de su nacimiento como Nación. Bergoglio sabe cuáles son las razones que han transformado un país dotado de grandes riquezas en un lodazal de corrupción en el que se ahogan los que nada tienen y flotan seguros e indiferentes, refugiados en lujosas embarcaciones navegando sobre la miseria y el hambre, los responsables del caos jurídico, moral y material en el que vive sepultada su patria.

 

Sabe también, y así lo ha dicho con claridad en varias declaraciones, que es y ha sido usado, refiriéndose sin duda a personajes nefastos que invocan su cercanía para embaucar a otros en su nombre. Prefiere callar y no desautorizar a muchos indecentes que se valen del vínculo establecido con él para ganar espacios políticos haciendo creer que el Papa los respalda.

 

Por qué razón no habla sabiendo que quien calla otorga es un misterio que solamente Bergoglio conoce, pero quienes puedan intentar leer entre líneas estarán en condiciones de comprender medianamente el porqué de su silencio.

 

Pensemos en algunos personajes siniestros que ha recibido y recibe. Estimo que, más allá de sus convicciones religiosas que lo obligan a perdonar y a ofrecer la otra mejilla -mucho más siendo el Papa de los católicos-, no hay que olvidar que Bergoglio es también un ser humano, y que los seres humanos experimentamos cierta compensación moral si quienes nos han injuriado y descalificado terminan postrándose a nuestros pies e implorando nuestro perdón cuando hipócritamente necesitan reivindicarse ante la sociedad por sus deshonestas acciones. La historia juzgará la conducta de aquellos que un día lo denostaron y vilipendiaron, y otro día le fueron a tocar la puerta con falsas sonrisas y regalos para adularlo, intentando sacarle ventajas políticas luego de haberlo insultado y despreciado. ¿Qué mejor ejemplo de lo que manifiesto, que haya recibido y dado un rosario a quien en el pasado lo ultrajó verbalmente y desparramó excrementos sobre un altar?

 

Un hombre sabio

 

Hay que aceptar que el Papa Bergoglio es un hombre más sabio de lo que se piensa, que habla poco pero que dice mucho con su hiriente silencio. Actúa con indiferencia ante quienes lo utilizan, pero su indiferencia no es desconocimiento; él sabe perfectamente que con su silencio desconcierta.

 

Calla cuando afirman que es peronista, pero nadie puede exhibir una prueba contundente de que lo sea o que haya manifestado serlo. Calla cuando dicen que fue tibio ante la dictadura militar, pero nadie ha presentado evidencias de semejante calumnia. Calla cuando lo tildan de simpatizante del gobierno anterior -que se apoderó de la nación para saquearla-, pero considero que el Papa deja en manos de la historia la sanción ética y jurídica que tarde o temprano caerá como un rayo sobre la impunidad de los corruptos.

 

Muchos argentinos se preguntan horrorizados cómo es posible que aún no haya visitado su patria. Son tan ciegos que no ven la respuesta que fulgura como un letrero luminoso en la noche. Si el Papa Bergoglio ha dejado transcurrir cinco años sin volver a pisar el suelo de su patria, si sabe que es lo suficientemente anciano para no tener la certeza de que algún día la salud le permita hacerlo, si acepta sin decir palabra la crítica desvergonzada de quienes lo censuran por no venir y la devuelve con su silencio o con mensajes elípticos que nada dicen diciéndolo todo, es porque existen razones poderosas que anidan en su espíritu y hasta hoy le han impedido hacerlo. Por mi parte, estoy convencido de que Jorge Mario Bergoglio no viene a su patria porque la corrupción, la inmoralidad y la desvergüenza del cálculo político de esta nación lo asquean. Así de simple.

 

A mi juicio sabe muy bien lo que ha sucedido en la Argentina y que aquellos que la saquearon vilmente no han bajado la guardia: sabe que si viniera sería un factor de confrontación -que probablemente generaría sangre y violencia-, y lo que menos quiere Jorge Bergoglio es que por su causa se pueda derramar una gota de sangre. Sabe que corre el riesgo de arteras manipulaciones por parte de los deshonestos que sueñan con volver a apoderarse de la patria.

 

Bergoglio conoce el paño sobre el que se juega el destino de la Nación y creo que espera que sea la historia la que condene a quienes sumergieron a millones de seres humanos en el hambre y la pobreza. Y nótese que digo la historia, porque la Justicia ha sido parte de la corrupción, y aún no se ha reivindicado de manera clara.

 

Consideraciones finales

 

Días atrás tuve el privilegio y la enorme alegría de reencontrarme con mi querido maestro Jorge Bergoglio, de poder abrazarlo en su carácter de Sumo Pontífice y hombre universal. Es difícil expresar el cúmulo de sentimientos que sacuden el alma de quien como yo lo ha conocido cuando apenas tenía quince años y me formaba en el querido colegio Inmaculada.

 

Lo he observado atentamente y he visto su expresión adusta, severa y de cierta tristeza, y me animo a creer que es porque le duele el alma ante el inextinguible drama del mundo y la triste y patética condición humana.

 

Naturalmente, a veces sonríe, especialmente ante los niños, presumiendo su inocencia.

 

Al encontrarnos me abrazó con alegría conociendo perfectamente mi naturaleza iconoclasta y mi enconado descreimiento en las religiones. Sabe que confío más en un escorpión venenoso que en la índole de los seres humanos. Ése es para mí Jorge Mario Bergoglio, ése es para mí el Papa Francisco.

 

Ignoro si un Papa puede hacer más buenos a los hombres, pero al menos Bergoglio lo intenta con denuedo desde que era un joven maestrillo jesuita, y lo hace hoy ejerciendo con convicción su peculiar y sacrificado papado.

 

Ignoro si el Vaticano y sus Papas son una mera atracción turística, pero me consta que el Papa Francisco cree firmemente en las enseñanzas de Cristo y las practica a rajatabla. El Vaticano podrá desdibujarse, pero las convicciones de Jorge Bergoglio permanecen intactas. Él cree firmemente que el Dios que representa y la religión que encabeza pueden contribuir a la paz y a la fraternidad entre los hombres.

 

A los resultados de su apostolado los juzgará la historia. Y si alguna vez la ciencia demostrara que los dioses no existen, los Papas y las religiones al menos habrán consolado durante milenios la angustia metafísica de una humanidad irredimible.

 

Ignoro si un Papa puede hacer más buenos a los hombres, pero Bergoglio lo intenta con denuedo desde que era un joven maestrillo jesuita.

 

Hay que aceptar que el Papa es un hombre más sabio de lo que se piensa, que habla poco pero que dice mucho con su hiriente silencio.




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