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Viernes 15.02.2019 - Última actualización - 18:29
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A seis años de la renuncia de Benedicto XVI

Vigencia de su magisterio

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Papa Benedicto XVI. Foto: Archivo El Litoral




A seis años de la renuncia de Benedicto XVI Vigencia de su magisterio

Prof. María Teresa Rearte (*)


El 11 de febrero de 2013, el Papa Benedicto XVI, a poco de llegar al final del octavo año de su pontificado, conmovía a la Iglesia Católica y al mundo con el anuncio de su renuncia al ministerio petrino. ¿La causa de su decisión? Por la falta de capacidad -física y espiritual- para llevar adelante el enorme peso del pontificado. En una época en la que por cierto las exigencias de los problemas y los tiempos, los viajes y campos de la misión son múltiples e incluso de alcance internacional.


Mucho se ha especulado sobre este acontecimiento que marca la historia de la Iglesia. No obstante, ponerse a enfocar toda la atención en un acto a todas luces humilde como el del hoy Papa emérito, desplazaría a la trastienda el testimonio personal tanto como la dignidad y brillantez de su Magisterio, que ¿cuántos -católicos y no católicos- conocen?


Tiempos de encuentro y escucha


Resta poco tiempo para que se inicie el Encuentro para la Protección de los Menores, que tendrá lugar en el Vaticano. Y reunirá a los presidentes de todas las Conferencias Episcopales del Mundo con el Papa Francisco. Por lo que es justo e importante tener presente que fue el hoy Papa emérito Benedicto XVI el que inició los encuentros no publicitados, sin cámaras, en los que lo que contaba era la escucha y había espacio para el llanto y la oración. Lo que puso en evidencia que se trataba de un problema o de problemas que no se podían resolver con normas, códigos o la instauración de prácticas que, aunque pudieran parecer buenas, resultaban ineficaces.


No siempre se valoró el Magisterio del Papa Ratzinger, nacido del corazón y la mente de un auténtico Pastor. Incluso se lo desestimó por la incapacidad para advertir la riqueza y complejidad nacida de la probada fidelidad a las enseñanzas del Concilio Vaticano II. No podemos ignorar la procedencia de una práctica que recordaba con insistencia que “la Iglesia no posee nada por sí misma”. Ante Aquel que la fundó “su misión” es “ser instrumento de redención”. ¿Cómo? Dejándose “penetrar por la Palabra de Dios” que “introduce al mundo en la unión del amor con Dios”. Lo expresado dista mucho de la confianza en las estrategias humanas. Y convoca a “ponerse continuamente al servicio de la misión que se ha recibido del Señor”. Esto supone la disposición para “abrirse siempre” a las preocupaciones del mundo, como un modo de realizar “el sagrado intercambio que comenzó con la Encarnación” (Discurso del Papa emérito Benedicto XVI, que data de septiembre de 2016). Tantas veces hemos dicho que el Cristianismo tiene una espiritualidad; pero no es un espiritualismo. Por lo cual quiero poner el acento en cuanto a la naturaleza de la obra de la redención, la que tiene su lugar en la historia de los hombres. En contacto con las realidades humanas, que equivale a decir, con la vida de las personas. Y por la fe, en relación con los hijos de Dios.


Una Iglesia satisfecha de sí misma


Benedicto XVI advertía la tendencia de una Iglesia satisfecha de sí misma y replegada hacia su interior. Y un interior verticalista. “No pocas veces -decía- damos más importancia a la organización y a la institucionalización, que a ser llamado a abrirse a Dios y a abrir el mundo a los demás”.


En este mensaje, el Papa emérito mostró la otra cara de la secularización, en cuanto ha contribuido al cambio interior, a la purificación de la Iglesia misma. Liberada de privilegios y cargos, “la Iglesia puede nuevamente vivir con mayor fluidez su llamada al ministerio de la adoración a Dios y el servicio al prójimo”.


Es un hecho palpable que la excesiva institucionalización la cierra al contacto con las realidades humanas, y la vuelve sorda al clamor de los que son heridos y sufren.


Un factor de esperanza


Me parece saludable destacar un factor de esperanza: el hecho de que la voz de Dios en el corazón del hombre puede ser sofocada y hasta distorsionada. Y por cierto que -a veces- eso sucede. Pero nunca deja de resonar y, con insistencia, no cesa de abrir caminos para hacerse oír de nuevo.


Al mismo cuadro de esperanza, pese a todas las voces de la negación y las constataciones del fracaso, pertenece la necesidad de recogimiento, de contemplación, de sacralidad auténtica; en fin, de contacto con Dios, cuyas huellas podemos advertir en distintos lugares. Las que -en definitiva- configuran la necesidad de verdad y bien.


Sin embargo, observando el conjunto, falla por debilidad la capacidad de motivación personal. Es más fácil arengar en favor de la libertad que practicar en la propia vida la disciplina de libertad y cultivar la paciencia del amor por los que sufren. O dedicar a su servicio la propia vida, a costa aun de renunciar a una parte importante de la libertad individual.


La amargura contra la Iglesia


La amargura contra la Iglesia tiene un motivo específico. En un mundo gobernado por la injusticia, por duras disciplinas, o de libertades y dignidad avasalladas, sin embargo se levanta hacia la Iglesia una silenciosa esperanza. Y es así porque se espera de la Iglesia algo más y diferente de lo que se espera de otras instituciones mundanas. En y con la Iglesia se debería poder realizar la utopía -no ideológica sino ética- de un mundo mejor, por el que tantas personas heridas claman.


También hay quienes sufren porque la Iglesia se ha adaptado demasiado a los parámetros del mundo actual. Y en algunos de sus miembros, hasta ha sucumbido a sus idolatrías como la del dinero, el placer, el sexo desnaturalizado, el poder, la ambición, etc. Pero ¿es la Iglesia fundada por Cristo para ser Sacramento de salvación en el mundo o son un importante número de hombres de la Iglesia? La cual es una pregunta que -ciertamente y con sinceridad- debemos formularnos.


Pedro y sus sucesores


Sería un error recordar al Papa Benedicto XVI, Vicario de Cristo y sucesor del Apóstol Pedro, sólo como un Papa “emérito”, que vive al lado del Papa Francisco, su sucesor. Es necesario ver que el ministerio de Pedro y sus sucesores guarda una línea de continuidad que prolonga la obra de la redención, incardinada por Cristo entre las coordenadas de la historia. Por lo que las comparaciones entre uno y otro Papa, nacidas de voces ajenas a la Iglesia, o de quienes se dicen católicos pero la subordinan a partidismos políticos, o a actitudes que pretenden enaltecer a un Papa y devaluar a otro, resultan cuanto menos poco instruidas, mezquinas y sin sentido.


La reflexión muestra algo esencial en la sucesión romana de Pedro: que el martirio de Pedro en Roma fija el lugar donde su función continúa. El Primado romano no es una invención de los Papas. Sino un factor esencial de la unidad de la Iglesia, del que sobre todo los bautizados deben tener clara conciencia.


Una esperanza renovada


Si la desproporción de las capacidades de los hombres para una función tan relevante como de evidente dignidad puede resultar estridente para nuestro mundo descreído, debe quedar claro que no son los hombres el sostén de la Iglesia. Sino Aquel que lo lleva a cabo. Si la Iglesia conserva la fe en la palabra de la Escritura acerca del Primado de Pedro, no lo hace por una especie de triunfalismo. Sino que, con humildad y asombro, reconoce -agradecida- la victoria de Dios sobre la debilidad de los hombres y aun a pesar de ella.


Desde ese contexto de fe quiero -por este medio- asociarme al justo reconocimiento que significa la conmemoración de la renuncia del Papa Ratzinger a la Cátedra de Pedro, y a su contribución al hecho eclesial de pronta concreción que se avecina.




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