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Miércoles 20.02.2019
9:08

VOCES DE VERANO

Río Barroco

La voz del tenor Julián Herdt hiló el conjuro exacto que sólo la música puede encarnar. <strong>Foto:</strong> Gentileza producciónLa voz del tenor Julián Herdt hiló el conjuro exacto que sólo la música puede encarnar.
Foto: Gentileza producción

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VOCES DE VERANO Río Barroco

 

Guillermo Domínguez Aleffa

 

Es un jueves fresco para los febreros que los santafesinos saben soportar, en una sala que aún exuda el olor de lo nuevo y con el viejo río que va, esta vez, cruzando el atardecer. 

 

El público se dispone con displicencia estival en los asientos del auditorio del Museo de la Constitución mientras los programas de “La edad de los afectos”, segundo concierto del ciclo Voces de Verano organizado por la Municipalidad de Santa Fe y Santa Fe Lírica, van de una mano a otra.

 

La atmósfera es una mezcla tan rara que es casi perfecta: un recorrido musical con vista privilegiada al paisaje costero de Santa Fe, que propone llevarnos desde las postrimerías del renacimiento al corazón del barroco europeo. La invitación es difícil de resistir y nos empuja a pensar más en el lirismo romántico del siglo XIX que en la complejidad formal del siglo XVII. 

 

No obstante, no hubo lugar para la contradicción o la inconsistencia temporal. La voz del tenor Julián Herdt hiló el conjuro exacto que sólo la música puede encarnar.

 

Con la primera obra “Flow my tears” de John Dowland, originalmente compuesta en 1596, ya pudo sentirse el latido del concierto completo. La interpretación de Julián Herdt fue de gran dulzura y delicadeza expresiva y, algo no siempre usual, de gran claridad en la pronunciación del texto. 

 

Hacia la mitad de la primera parte del programa el destino hizo también un guiño afectuoso. Mientras de espaldas al ventanal el tenor cantaba “Si il dolce tormento” de Claudio Monteverdi, publicada por primera vez en Venecia en 1624, en el ventanal del fondo el velo de la noche se iba corriendo de izquierda a derecha flotando sobres las aguas con una precisión tal, que cuando entonó “sospirimi un dì” el último ocre desapareció del horizonte.

 

Estuvo bien acompañado en esta parte por Elías Jahuares en guitarra y Javier Benítez en violoncello, quienes lograron que los instrumentos fueran realce de la voz sin perder su lugar en las obras. Durante la segunda parte se sumó la siempre presente Zunilda Soncini al piano.

 

Latiendo barroco con piezas de J.P. Rameau, G. F. Händel y J. S. Bach, el cantante abordó con solvencia las coloraturas y mantuvo la hondura expresiva de su interpretación, sin dudas, su punto fuerte.

 

Si los lugares y los recintos recogen memoria y la almacenan en sus fibras y paredes para cobrar vida, este concierto será seguramente uno de los recuerdos felices que enjugará las lágrimas de los más tristes.
Auspicioso momento para un músico con prometedor porvenir y para una sala con gran potencial para explotar al máximo.

 

Eso más allá de lo musical: Algunos parecieron disfrutar del evento por partida doble. Por caso, Gabriel Villot. Sentado hacia la derecha en la segunda fila de butacas, secundado por una sonriente Alejandra Pistoni y, posiblemente, inspirado por la música se entregó gozosamente a dibujar lo que veía... Interesante para revivir en el futuro esta tarde a través de la mira de un artista en el público.

 


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