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Martes 26.02.2019 - Última actualización - 14:27
14:22

Dante Fernández y su propia batalla contra la enfermedad

"Nunca pensé que me podía morir"

El querible cordobés volvió a despuntar el vicio en las canchas, tiene el mismo peso que cuando jugaba y cuenta todo lo que hizo para superar el cáncer. La ayuda de los amigos, el Bichi Fuertes y Azoge, la Iglesia Evangélica, el reiki, las gotas de cannabis y un repaso de su carrera. 

Dante Fernández en Café con Fútbol, el programa que se emite por la pantalla de Cable y Diario los lunes a las 19, con repeticiones. Una charla imperdible con un hombre que nunca perdió sus ganas de vivir. <strong>Foto:</strong> Luis CetraroDante Fernández en Café con Fútbol, el programa que se emite por la pantalla de Cable y Diario los lunes a las 19, con repeticiones. Una charla imperdible con un hombre que nunca perdió sus ganas de vivir.
Foto: Luis Cetraro

Foto: Luis Cetraro



Dante Fernández y su propia batalla contra la enfermedad "Nunca pensé que me podía morir" El querible cordobés volvió a despuntar el vicio en las canchas, tiene el mismo peso que cuando jugaba y cuenta todo lo que hizo para superar el cáncer. La ayuda de los amigos, el Bichi Fuertes y Azoge, la Iglesia Evangélica, el reiki, las gotas de cannabis y un repaso de su carrera.  El querible cordobés volvió a despuntar el vicio en las canchas, tiene el mismo peso que cuando jugaba y cuenta todo lo que hizo para superar el cáncer. La ayuda de los amigos, el Bichi Fuertes y Azoge, la Iglesia Evangélica, el reiki, las gotas de cannabis y un repaso de su carrera. 

La vida lo puso ante una encrucijada. Tenía que convertirle el mejor de los goles. Y lo hizo. Aquél cordobés alegre, divertido y “amiguero”, que llegó a Santa Fe para no irse nunca más, recibió un golpe duro. La enfermedad lo hizo tambalear pero no lo pudo hacer caer. La afrontó con entereza. Quizás le haya quitado la risa durante un tiempo, pero esa misma alegría que lleva adentro y que lo convierte en un tipo querible lo ayudó, seguro que lo ayudó, a ganar esta pelea. “No podía hablar, te lo juro que no podía hablar. Me iban a visitar los muchachos y se iban llorando de mi casa. Tengo 51 años y me propuse pelearla. ¡Cómo no la iba a pelear con las ganas de vivir que tengo!”, dice Dante Fernández, el “Búfalo”, el cordobés que llegó a Santa Fe siendo un pibe para ascender en el ‘89 y para iniciar una carrera que terminó siendo muy corta en el fútbol grande.

 

—¿Sabías que Alberto Violi le contaba a todos que traía un “9” que la iba a romper, a la vez que venían figuras como Pepe Castro, Echaniz o Passucci?

 

—Si, si... Es la historia que todos me cuentan. Yo había debutado dos años antes en la primera de Liga de San Vicente, con Luis Pentreli. ¿Sabés lo que me pasó el día del debut?, estaba calentando, mi viejo estaba afuera y me alentaba. De pronto se acerca un compañero mío, que estaba jugando. Era conocido, zurdo, número 10, experimentado, no te voy a dar el nombre, había jugado en la selección argentina en un Preolímpico. “Luis, no lo pongas al pibe, ponelo a Ramírez”, que era un 5 de marca, le dijo a Pentreli. Hasta el día de hoy me acuerdo... Yo lo miraba a mi viejo y tenía ganas de saltar el alambrado e irme a mi casa.

 

—¿Y cómo te descubre Violi?

 

—Al sexto partido que estaba jugando en la Liga Cordobesa, iba goleador. En Instituto estaba Mario Zanabria de técnico y había arreglado Ariel Cozzoni. Instituto me quería pero había llenado el cupo de refuerzos. Entonces, Zanabria se comunicó con Violi y le dijo que vaya a verme. Ganamos 4 a 1 ese día, hice dos goles y metí dos pase-gol. Ahí me llevó. Y en la pretemporada jugamos contra un combinado de Carlos Paz, ganamos 5 a 4 e hice los cinco goles. Así arranqué.

 

—Y te toca jugar aquella final del 29 de julio de 1989. ¿Estabas nervioso?

 

—El otro día me pasaron un video que es increíble, con imágenes de la noche anterior al partido. Nosotros concentramos en Paraná y entró un periodista, Adolfo Orioli, a hacer imágenes. A mi me estaba masajeando Omar Ferrero y al lado mío estaba Madelón haciendo “palabras cruzadas” y el Huevo Toresani. ¡Jovencito y sin canas Leo...! Y yo con una carita de nene que ni te cuento.

 

—¿Se sentían ganadores en ese momento?

 

—¡Nooo..! Estábamos confiados pero con respeto. No íbamos a festejar nada hasta conseguir el objetivo. Había cuatro o cinco grandes que nos manejaban a los más pibes y nos retaban cuando nos desviábamos un poquito. Nos cagaban a pedos...

 

—¿Ya te portabas mal de entrada?

 

(Risas) —La verdad que yo no tenía conciencia de lo que se estaba jugando, era de afuera y los veía a los muchachos con mucha ansiedad y preocupación. No entendía mucho. Con el paso del tiempo me dí cuenta de cómo se viven los clásicos acá. A veces me dicen que lo único que tenemos para acordarnos es el 89 y quizás sea así. Pero vamos a decir la verdad: el de Unión quiere estar arriba de Colón y le alcanza; y con el de Colón pasa lo mismo. Ojalá algún día esto cambie.

 

“Jugando en Primera me infiltré ocho veces en la rodilla y me equivoqué. Eso me pasó factura y a los 26 años ya casi no podía jugar. Seguí hasta los 29 por los antecedentes y no por rendimiento”.

 

Dante Fernández

Ex jugador de Unión

 

—¿Cómo era un típico gol de Dante Fernándezx?

 

—Con el tiempo aprendí que el ABC del delantero es pensar siempre que la pelota en algún momento viene. Te doy un ejemplo: en los córner que van al primer palo, cuando un delantero la peina, el 95 por ciento pierde la marca de los que van por el segundo palo. En Quilmes me cansé de hacer goles así. Vivas, Monzón, Velásquez o Grelak iban al primer palo y la peinaban. Y yo quedaba solo por atrás para meterla.

 

—¿De quién aprendiste más?

 

—Del Pepe Castro... En Unión hacíamos jugadas de definición y cuando terminaba la jugada y la pelota quedaba ahí, solita, porque nos habíamos pasado de largo o lo que fuere, el Pepe iba, le pegaba y la metía. Y yo le preguntaba por qué hacía eso, y él me decía que todas las pelotas hay que meterlas adentro del arco, que no hay que dejar ninguna afuera.

 

—¿Quién te gusta de los actuales delanteros de Unión?

 

—Lotti... Me encanta Lotti.... Le daría cinco partidos para que juegue de titular.

 

—¿Por qué antes había más goleadores que ahora?

 

—Porque ahora es más difícil hacer goles. Los “9” de área están desapareciendo. Hoy la primera línea defensiva de los equipos son los dos delanteros. Y si entro a la cancha y no corro, el técnico va a elegir a otro. Eso es lo que requiere el fútbol de hoy. Pratto o Silva son los ejemplos. No digo que desaparecieron los 9, pero hay muchos menos. Por ejemplo, en Quilmes, todos jugaban por afuera y yo iba por el medio y me tiraban centros de todos lados. Era el que menos obligaciones de marca tenía, porque utilizaba toda mi potencia en el área rival.

 

—¿Cómo te llevabas con Maradona cuando te dirigió en Mandiyú?

 

—Pasaron cosas extrafutbolísticas... Diego me sacó del equipo porque en el primer partido me equivoqué y me hice echar contra Rosario Central, cuando le tiré un manotazo a Bonano. Ahí me sacó, me dejó en el banco, pero yo quería sumar. Pero se metió el presidente, Roberto Cruz. El le pidió a Diego que me ponga... Casi que le ordenó... Y eso con Diego no se hace, no le gusta, no se lo podés decir. Cuando me enteré lo llamé, antes de un entrenamiento y hablé con él.

 

Una de las formaciones de aquél equipo de 1989. De pie: Passucci, Humoller, Altamirano, Mauri y Tognarelli. Agachados: Castro, Dante Fernández, Toresani, Echaniz, Madelón y Jorge García. En ese tiempo, el cordobés recién estaba pisando los 20 años. Foto: Archivo El Litoral

 

 

—¿Qué le dijiste?

 

—Que me viera en las prácticas y decidiera, nada más... No anduvimos bien. En 12 partidos que él nos dirigió, sólo ganamos uno. Quería jugar al ataque, ir al frente. Y con Mandiyú no se podía. Se peleó con el presidente y se fue.

 

—¿Y la convivencia?

 

—¡Armaba unos asados!... ¿Sabés lo que hacía?, el martes lo mandaba al chofer a Buenos Aires para que lo llevara al padre y buscara la carne. Y el jeuves llegaba Don Diego con la carne y nos hacía unos asados impresionantes. Me acuerdo que don Diego tenía un anillo gigante en uno de los dedos, era una persona increíble.

 

—¿Te costó el retiro?

 

—Mi carrera en plenitud fue corta, duró hasta los 26 años nomás. A partir de allí empecé con unos problemas de rodilla terribles. Seguí jugando hasta los 29, pero por los antecedentes y no por mis actuaciones.

 

—¿Por qué tuviste tantos problemas con tan corta edad?

 

—Yo me equivoqué con mi rodilla... Estando en Unión, jugué ocho partidos infiltrados en Primera y terminé rompiéndome todo, pero era porque yo lo permitía. Me decían que si me infiltraba, jugaba. Y lo hacía... Te cuento el día que jugábamos con Boca, que tenía a Latorre y Batistuta. Nos pegaron un baile bárbaro y perdimos 4 a 0. Dos días antes me lesiono y entró rengueando al vestuario. “Si vos querés, probá. Te infilitramos y probá”, me dijeron. ¿En serio?, les contesté. Y me hice infiltrar, me durmieron la rodilla y salí a hacer pelota parada el día previo. Y jugué. A la larga, eso te pasa factura y me quitó cinco años de carrera. Me quedó la experiencia de decir que me equivoqué. No quiero involucrar a nadie, no tengo bronca con nadie, sólo digo que no me supe dar cuenta para decir que no.

 

—¿No tenías a alguien, un representante por ejemplo, que te aconsejara en ese momento?

 

—Yo me manejé siempre solo y por eso me bicicletearon siempre. No tenía representante y las dos o tres propiedades que pude comprar con lo poquito que hice, las perdí. Me encerraban en la habitación de un hotel y me decían que si quería cobrar el 15 por ciento de la venta, no se hacía la negociación. Me apretaban y me extorsionaban. Y una vez que me convencían, iba a Futbolistas Argentinos Agremiados con el cheque del 15 por ciento que, apenas salía de Agremiados, me lo quitaban y lo rompían.

 

“Un día miré al cielo y dije: ‘Si me mandaste esto a mí para no tocar a mi familia, dámelo, que lo voy a afrontar”.

 

Dante Fernández

Ex jugador de Unión

 

—¿Pensás que con un representante no te pasaba?

 

—Mirá, hay representantes que son alevosos, pero te reconozco que perdí mucha plata por ir solo a pelear por lo mío. Igual, a todo eso no lo recuerdo con tristeza.

 

—¿Se pegaba más antes o se pega más ahora?

 

—Si me apurás, te digo que antes... ¡Lucho Malvárez...!, ¿te acordás?... No me dejaba tocar la pelota y cuando chocabas con él, parecía que chocabas contra una pared.

 

—Y de ese cordobés gracioso, jovial y alegre, de pronto pasamos a un Dante Fernández al que la vida lo puso contra la espada y la pared...

 

—Mirá, te aseguro que a partir de lo que me pasó y hasta que termine mi vida, voy a estar en esta tierra para agradecer. Esta enfermedad me hizo ver un montón de cosas. Cuando estaba en el peor momento, me preguntaba si nadie me quería decir lo que pasaba o era tanto lo que me había hecho querer que no querían que me ponga mal.

 

—¿Y qué fue entonces lo que pasó?

 

—Pasó que empecé a recibir palabras de aliento y ayuda espiritual de gente increíble, porque no sólo eran los ex jugadores que fueron compañeros o los amigos, sino gente que se acercó y me sorprendió. Te doy el ejemplo del Bichi Fuertes y Azoge, que una vez estuvieron en una juntada de jugadores y amigos, insistieron y me ayudaron. Yo no quería dinero. Pero eran como 80 personas y me ayudaron. Algún día se lo voy a agradecer personalmente al Bichi Fuertes, porque de por vida me voy a olvidar de lo que hizo por mí. Eran momentos duros. Los muchachos iban a mi casa a verme, yo no podía hablar, me veían muy mal y se iban llorando.

 

—¿Te hiciste la pregunta de “por qué a mi”?

 

—Un día miré al cielo y dije: ¿vos me mandaste esto a mi?... Bueno, está bien, lo voy a enfrentar como lo hice en cada partido o cuando mi señora quedó embarazada y me casé con ella y conservo a mi familia desde hace 30 años. Si me mandaste a mí para no tocar a nadie de mi familia, dámelo... Y así lo afronté.

 

—¿Pensaste que ese cáncer te podía llevar a la muerte?

 

—No, nunca pensé en la muerte. Tenía demasiada fuerza para encararlo y máxime cuando me dijeron que normalmente era curable.

 

—¿Qué cosas hiciste, al margen del tratamiento?

 

—Empecé a ir a la Iglesia Evangélica, hice reiki, probé las gotas del doctor Crescenti, gotas de cannabis, oré mucho... Y la ayuda de la gente que me quiere, obvio.

 

—¿Y ahora?

 

—Voy a salir, estoy saliendo... Ahora hago controles cada dos meses. Y los voy a encarar como desde el primer día, porque quiero vivir, tengo mucho por hacer en la vida todavía.

 

—¿Cuántos kilos bajaste?

 

—¡Muchos...! Me vino bien (risas)... Ahora estoy en 77 y medio, igual que cuando jugaba. No puedo llegar a los 80, que sería lo ideal. Pero he vuelto a jugar al fútbol y eso me motiva.

 

Autor:

Enrique Cruz


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