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Jueves 28.03.2019 - Última actualización - 22:45
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Crónicas sueltas (por Rogelio Alaniz)

Los conejos de Margarita

Desde hace mucho tiempo Margarita Barrientos apoya a Mauricio Macri. Habla más desde el oficialismo que desde la oposición. Foto: Archivo El Litoral




Crónicas sueltas (por Rogelio Alaniz) Los conejos de Margarita

Rogelio Alaniz

 

Margarita Barrientos habló con el tono de quien mantiene con la calle y los sinsabores de los pobres una relación cotidiana. Margarita puede que hable más desde el oficialismo que desde la oposición, pero sobre todo habla desde la calle, desde lo que su sensibilidad forjada en la pobreza percibe, más allá de la propaganda, los rigores de las campañas electorales y las mediciones de las encuestas.

 

Sencillamente dijo que si el gobierno tiene un conejo en la galera, lo saque ya. Como se dice en estos casos: “Los que quieran oír que oigan”. Las necesidades sociales, las carencias, en algunos casos el hambre, motivan a la dirigente barrial más reconocida de Cambiemos a sugerir un reclamo que suena como una crítica o como una apelación a la magia, pero si se presta atención podría significar otra cosa... seguramente significa otra cosa que apelar a Mandrake el mago.

 

Margarita no le pide a Mauricio Macri que fabrique en el desierto panes y peces, le pide que tome algunas decisiones políticas que modifiquen el actual escenario social y el creciente malhumor de la sociedad. Lo que le está diciendo es que haciendo exactamente lo mismo que está haciendo, no se ganan elecciones. Dispone de la necesaria experiencia política para saber que no se trata de cambiar rumbos estratégicos sino de dar respuestas a la coyuntura en un país en el que la soberanía reside en el voto popular, por lo que sin esa adhesión no hay estrategia de mediano o largo alcance que valga.

 

Si todo se redujera a repartir más bolsos de comida o más planes sociales, Margarita lo diría sin eufemismos, sin recurrir a metáforas, porque si algo ha aprendido en su vida es lo que importan esos bolsones de comida para la gente que no sabe si va a comer esta noche o qué significan esos planes sociales para los pobres de solemnidad, pero al mismo tiempo conoce los límites de esos repartos que evocan el viejo refrán de “Pan para hoy, hambre para mañana”.

 

Tampoco se le escapa, porque la he escuchado hablar al respecto, que no hay solución al tema de la pobreza y la miseria al margen de una solución nacional que incluya a todas las clases sociales. Sacar un conejo de la galera, entonces, no es un habilidoso juego de manos o un pase mágico; significa también una respuesta a los dilemas del capitalismo en la Argentina y a sus crisis crónica.

 

El país no anda bien. Es evidente y notorio. No anda bien, pero no padece una crisis terminal. El problema es que las actuales complicaciones son presentadas por la oposición peronista -no hay otra- como si fueran “fin del mundo”, retórica no muy diferente a la que los antepasados políticos de los actuales opositores usaron contra Frondizi, Illía, Alfonsín y De la Rúa, es decir contra los gobiernos que no eran de su signo y que en todas las circunstancias fueron considerados intrusos.

 

La actual situación social y económica no es muy diferente a la que padecimos en 2009 y sobre todo en 2014, con la diferencia que entonces todo se suavizó, todo se relativizó y, sobre todo, todo se ocultó. El gobierno de Macri se ha equivocado y además ha tenido mala suerte, es decir soportó ventarrones y pamperos sorpresivos y en algún punto devastadores para una economía frágil.

 

Dicho esto, insisto una vez más: Así como van las cosas es muy difícil ganar elecciones, por no decir imposible. Por lo menos, “así lo veo yo”. El gobierno que ganó los comicios hace cuatro años apelando en más de un caso a un arsenal retórico que apelaba a las emociones más primarias, incluido pasos de baile a ritmo de cumbia, globos amarillos y otras zarandajas por el estilo, no puede tres años después convocar al electorado a una cruzada racional, a la exigencia de prescindir de los sinsabores de todos los días, a resignarse a la impotencia de sueldos que no alcanzan o a convivir con los padecimientos diarios que significan esas excursiones al país de los matreros que significa el territorio de los supermercados donde todo, salvo los sueldos, aumenta todos los días y todos: patrones, funcionarios, inspectores, políticos, se miran con cara de “Yo no fui”. Dicho en términos prácticos: luchar contra el déficit fiscal es necesario y justo, pero la gente no vota por el déficit fiscal; controlar el dólar es imprescindible, pero las decisiones de la gente remiten a cuestiones más pedestres que la cotización del dólar, por más que de esa cotización depende el precio de la carne, los fideos y la leche; Vaca Muerta es magnífica y las autopistas son extraordinarias, pero me temo que esos aciertos pueden ganar simpatías, aunque muy débiles comparadas con las simpatías que despierta un gobierno que debe anunciar aumentos de artículos de primera necesidad casi todos los días.

 

Como Winston Churchill está muy de moda y hasta un personaje como el Morsa Fernández, que en su momento hubiera sido un simpatizante ardiente del Eje, lo cita, no me voy a privar de mencionar algunas palabras de este extraordinario jefe de Estado: “El deber de los gobiernos es ante todo ser prácticos. Yo estoy a favor de los arreglos y expedientes provisionales. Me gustaría hacer que la gente que vive en este mundo en la misma época que yo, estuviese mejor alimentada y fuera, en general, más feliz. Si, además, beneficio a la posteridad, tanto mejor; pero yo no sacrificaría a mi propia generación a un principio, por elevado que sea, o a una verdad, por grande que sea.”

 

Si los sectores de menos recursos votan necesariamente con un bolsillo cada vez más flaco, las clases medias y altas lo hacen con mucho más entusiasmo. Y la diferencia entre unas clases y otras no son emocionales, sino acerca del grosor de la billetera, al punto que muy bien podría decirse que cuantos más pesos se dispone más se vota con la billetera. Esta verdad incómoda, antipática, poco poética, no se puede desconocer, mucho menos en política y mucho menos en las proximidades de un proceso electoral.

 

Si esto es así, el gobierno tiene que escucharla a Margarita Barrientos. Y sobre todo interpretar su pedido. En principio, debe hacerse cargo de que quien dice esto no es una opositora desestabilizadora, y en segundo lugar, que su expresión es una imagen que debe ser traducida: sacar un conejo de la galera no significa, ya lo dije, llamar a Mandrake, sino tomar una decisión política que cambie las reglas de juego actuales, que establezca una nueva lógica, que abra espacio a un nuevo debate, pero sobre todo, que recupere la estima social, la creencia, la fe, atributos que en estos meses se están perdiendo a través de un persistente goteo.

 

¿Qué pido concretamente en sintonía con la metáfora de Margarita? Que el gobierno tome una iniciativa parecida a la que tomó Alfonsín con el Austral o Cavallo con la convertibilidad. Hay condiciones para hacerlo, pero no sé si hay voluntad política. Dejó a los técnicos la tarea de instrumentar, pero o damos vuelta la taba o la taba nos da vuelta a nosotros. Insisto: por donde se va, se marcha hacia la derrota y me temo que la derrota electoral de Cambiemos sea históricamente una derrota para la Nación, porque Cristina o Lavagna, con las diferencias del caso, están más comprometidos con el status quo, con la Argentina corporativa, con el país anclado en una lógica agotada, con variantes más o menos extremas de populismo.

 

Su expresión es una imagen que debe ser traducida: sacar un conejo de la galera no significa, ya lo dije, llamar a Mandrake, sino tomar una decisión política que cambie las reglas de juego actuales, que establezca una nueva lógica, que abra espacio a un nuevo debate, pero sobre todo, que recupere la estima social, la creencia y la fe.




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