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Martes 02.04.2019 - Última actualización - 9:36
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Por Pablo Benito

La política por otros medios

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Por Pablo Benito La política por otros medios

“La primera víctima de la guerra es la verdad”. Julian Assange

 

Por Pablo Benito

 

También se puede afirmar que la política es la continuación de la guerra por otros medios. De tomar una línea de tiempo más extensa a lo habitual y establecer patrones históricos prolongados, se puede concluir que la regla de las relaciones humanas colectivas identificada en naciones, tribus, clanes o imperios, es la guerra. La violencia que tiene como fin la sublimación del enemigo que, siempre, es un producto de la imaginación y la imposición subjetiva de quienes dominan una cultura o identificación del “nosotros” en oposición a un “ellos”.

 

La idea de pueblos, organizados en ejércitos, enfrentándose hasta la muerte con otros pueblos no puede tener justificación más que una mentira y la necesidad millones de personas de creer que para vivir es indispensable matar. No hay otra forma de argumentar la guerra.

 

El 26 de mayo de 2004, una editorial del diario con mayor influencia en el mundo, The New York Times, reconocía livianamente que la información en la que había argumentado la necesidad de una invasión a Irak “no era rigurosa, provenía de fuentes no confiables, no se chequeó y se pudo saber que era errónea”.
Las filtraciones de los organismos de inteligencia militar de EEUU, dejaron al descubierto la historia que se había inventado, sobre la existencia de armas químicas de destrucción masiva en Irak, era deliberadamente producto de la ficción. La editorial culminaba afirmando que “al mirar atrás, deseamos, haber sido más exhaustivos en reexaminar la información a la luz de las evidencias o a la falta de estas”. No se trataba del error de un juez de línea que convalida un gol convertido por un delantero en offside. Lo que se pueda decir sobre esto es poco, las consecuencias del deliberado “error” son inconmensurables. Es increíble que esta enorme farsa genocida haya sido cometida en nombre de la “lucha contra el terrorismo” de la conducción política de una nación que hoy continúa en esa “misión”, con el beneplácito del resto de la comunidad internacional, y sigue dando autoridad de una autoproclamada “Gendarmería de la libertad”, bajo la escudería de la OTAN.

 

Malvinas “el delirio controlado”

 

Agotado el efecto chauvinista del mundial 78, la junta militar no encontraba argumentos internacionales para justificar su permanencia en el poder y el horror comenzaba a conocerse en el mundo con más y mayor certeza.


El poder económico y político-civil que había promocionado el golpe y financiaba económica y logísticamente a las dictaduras militares, en el marco de la guerra fría, y que fue conocido como “Plan Cóndor”, comenzaban a presionar al gobierno militar.


El mundo capitalista necesitaba una guerra “caliente”, como quizás la necesita en nuestros días, para entibiar el marco mundial de conflictos de “baja intensidad”. Con la presión de las empresas y el gobierno de EEUU conjuntamente con el británico se planeó el desembarco de las tropas armadas argentinas en las islas Malvinas. Margaret Thatcher y Galtieri tenían algo en común, las conducciones férreas de sus políticas liberales los aislaban de su propio pueblo tanto como internacionalmente. Una, amenazada por las urnas, y el otro, por la interna política en las Fuerzas Armadas.


La excusa era el reclamo de soberanía de aquellas tierras. Ir a la guerra no necesitaba de consensos en una dictadura, a la vez que para el gobierno británico unir las fuerzas políticas ante la “agresión” extranjera era tarea fácil que lo habilitaba para ir hacia un “estado de guerra” en el que las democracias son habilitadas al secreto de Estado y la emergencia económica. El brutal ajuste que realizó Thatcher, sólo podía realizarse con una justificación armada. De uno y otro lado de los continentes, las mismas empresas multinacionales necesitaban de ese sacudón que enderece el barco.



“Clama el viento y ruge el mar”


El desembarco de las tropas argentinas, el 2 de abril de 1982, en la isla fue el desencadenante de la reacción británica. La guerra ya estaba declarada. 


Entre fuerzas armadas entrenadas para la represión interna – pertrechadas a tal fin también- y los históricos piratas imperiales, no había chances de que el conflicto armado – en todo sentido- dure más de lo necesario.

 

Los resortes sociales para lograr un consenso en la población argentina, tampoco eran un escollo para una dictadura, que llevaba cuatro años ocultando campos de concentración. La información estaba más que controlada y la “oposición” más que encerrada en cárceles y centros clandestinos, cuando no disciplinados a fuerza de una violencia inimaginable.


La guerra seguía siendo interna en el ejército, las aberraciones a las que estaban sometidos nuestros soldados, como el estacamiento, por desobedecer órdenes, falta de alimentos, falta de abrigo y constante hostigamiento, no hacía más que corroborar la imaginación de ese “delirio pautado”, ya no para dar popularidad a los genocidas sino para dar la última misión que el bloque occidental le encomendaba. La guerra, para ajustar clavijas de una crisis que golpeaba, por entonces, al bloque anglosajón de los aliados.

 

El Poder de la negación


El 30 de marzo 1982, la CGT Brasil, una de las dos centrales en que se dividía el movimiento obrero durante la última dictadura, convocó a una movilización a Plaza de Mayo. En un clima de creciente descontento obrero y popular, la central dirigida por el cervecero Saúl Ubaldini motorizó una protesta que terminaría poniendo contra las cuerdas a la dictadura. Esa movilización obrera apuró la “salida hacia adelante” de Galtieri que, 3 días después, anunciaba la toma de Malvinas.

 

En marzo de 1982 había tres razones fundamentales para convocar a la protesta. La primera estaba vinculada con la ola de quiebras que desde principios de 1981 venía sacudiendo a diversas ramas industriales: metalúrgicas, textiles, automotrices, etc. Los efectos más nocivos del programa de Martínez de Hoz se habían empezado a manifestar con fuerza recién a partir de 1980. En los periódicos se publicaba, casi a diario, noticias de cierres y suspensiones en fábricas de todo el país. En febrero de 1981 se hablaba de “record de quebrantos”.


Esta situación iba de la mano de un proceso de creciente malestar entre las filas obreras. Los conflictos se extendían en todas las ciudades. Y en muchos casos se produjeron extensas tomas de fábrica en defensa de los puestos de trabajo. El SMATA, dirigido por José Rodríguez – sindicado como cómplice en la represión de los delegados combativos de la Mercedes Benz, Peugeot y Ford al comienzo de la dictadura-, declaró dos paros nacionales de mecánicos durante 1981.

 

Galtieri lo dio vuelta

 

Del movimiento obrero contra la dictadura, a la plaza de Galtieri celeste y blanca y con la palabra “patria” encubriéndolo todo.


La Plaza de Mayo, lugar central de la vida pública argentina, se colmó de multitudes innumerables veces a lo largo de la historia, incluso desde antes de llevar ese nombre; así, por ejemplo, en 1806, cuando fue escenario del momento final de la desordenada batalla que expulsó a la que pronto sería recordada como la primera invasión inglesa; o cuatro años después, el 25 de mayo con la Revolución.


Ese fue el campo de batalla en el que se impuso, eventualmente, el presidente de facto Leopoldo Fortunato Galtieri. Lo que cuatro años antes lograba el Mundial y Argentina campeón hoy se vivía de la misma manera con miles de pibes yendo a la muerte en el Atlántico Sur


Miles de argentinos vitorearon la muerte y hasta la mismísima cúpula de montoneros, colaboró con los verdugos de sus propios subalternos.


La operación Algecira, fue encomendada a montoneros por el Almirante Jorge Anaya y consistía en atentar contra una embarcación británica en Gibraltar. Desde esa zona costera española zarparon numerosos buques, fragatas y corbetas de guerra inglesa hacia las Islas Malvinas. La misión de aquellas cuatro personas era volar con una mina alguna de esas embarcaciones.


El relato de la Guerra de Malvinas, continúa plagado de temores a descubrir que no se trata de una historia de heroísmo y patriotismo, aunque pueda ser vista de esa manera legítimamente. Lo cierto es que parte de ese lenguaje violento y patrioteril de la dictadura se mantiene en cierta reivindicación de la muerte utilizada en nombre de un honor que tenía claro fines políticos para nada patrióticos.


Sólo el fanatismo extremo puede ayudar a comprender tamaña agresión a la razón que lleva 37 años impregnada en los argentinos.


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