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Sábado 04.05.2019 - Última actualización - 18:56
18:28

Peisadillas

Pre - Histeria

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Prehistoria. Prehisteria. Foto: Ilustración Lucas Cejas




Peisadillas Pre - Histeria

Por Carlos Mario Peisojovich (El Peiso)


Los sueños, mis Peisadillas, me preparan para lo mejor, es que a mis sueños los voy usando de pretexto para descontextualizar el presente ausente de presencia activa. Nuestra vilipendiada Argentina se encuentra inmersa en un estado de histeria absoluta, en un proceso (con perdón de la palabra), que es absolutista en sus reacciones y desmadrado de dimes y diretes, de culpas y acusaciones, de culpables que se presumen inocentes, de inocentes acusados de culpa y cargo, de jueces y fiscales desacreditados, de juzgados sojuzgados... La justicia parece pecar de inocente. Causas, casos y casas sin cosas.


Algunos de los actores, (digo actores no como sujetos sociales o actores sociales, sino por sus actos y sus gestos sobreactuados, marketineados ¿vió?); dicen que están pagando el pasado de despilfarro y choreo, mientras los otros actores, secundarios en este caso, ya que no detentan el poder, dicen que estamos hipotecando el futuro a costa de hambrear el presente con su inacción o el deliberado traspaso de recursos.


Entre el público expectante y sufriente, existe un submundo pago de dedos acusadores que ahora son virtuales, ellos, desde un “Twitt” o desde cualquiera de las redes sociales que nos enredan la cabeza, los ejércitos de opinólogos asalariados, mercenarios de la desinformación, conocidos como “trolls”, van destruyendo la credibilidad con epítetos que a veces (la gran mayoría de las veces), rozan el mal gusto, con mala leche, faltos de una línea argumentativa creíble o cierta, violentos, repetitivos y con la simple finalidad de generar confusión, alimentando la bronca y la desilusión; su principal herramienta es hacer creíble una noticia falsa, llamada “fake news”, instrumentan paralelamente noticias viejas, imágenes trucadas, adjudicando palabras que no son propias del personaje agredido; o simplemente difamando. También apelan al archivo, demostrando que ninguno sobrevive a su pasado y dejando en evidencia que somos esclavos de nuestros actos y nuestras palabras, y que esos grilletes son parte de nuestra mutación ideológica y fáctica. El pasado es un lastre cuando se utiliza con el objetivo de desacreditar el presente.


El menjunje es un revuelto de verdades y mentiras, donde las mentiras parecen verdades y las verdades se disfrazan de mentiras.


Pérez-Reverte se refirió al rol de Twitter y las redes sociales en una nota brindada a Clarín, donde dice entre otras cosas: “Lo que sucede es que la gente no se da cuenta. La ciudadanía ha perdido la percepción de lo necesario que es el periodismo y cree que puede sustituirlo con Internet o Twitter. Y están equivocados. Porque el material en bruto no es información: es caos y ruido hasta que el intermediario culto, formado, profesional y adiestrado le da forma para que sea comprensible”, yo le agregaría a sus palabras que lamentablemente hay intermediarios de la información que la utilizan de forma no profesional...


En todo este contexto, la población asiste impávida a la profundización de la grieta en todos los ámbitos de la vida diaria, carnívoros o veganos; machistas o feministas; izquierdistas y derechistas; abortistas o anti abortistas; friolentos o acalorados; radicales o peronistas; católicos o judíos; gato o yegua...


Víctimas de la polarización por diferencias irreconciliables, estamos sentenciados a situarnos en un lugar específico, pero el problema, a mi entender, no es estar en uno u otro lugar, el problema es ser “anti-algo”, porque ser “anti” es ser irracional, irreflexivo y estigmatizador. Eduardo Duhalde dijo una vez: “los argentinos estamos condenados al éxito”. La sentencia no llega nunca, es que ya sabemos, en Argentina, la justicia es lenta.


Releyendo este párrafo analíticamente, me doy cuenta que fueron unas palabras que quedaron en los anales de la comunicación política vernácula, yo calculo que fue un exhorto a la esperanza tan típicamente argenta de pensar que somos el mejor país del mundo, y ojeo y releo entre líneas lo que salta a la vista: nos va para el culo.




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