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Domingo 12.05.2019
19:26

Espacio para el psicoanálisis (por Luciano Lutereau)

El destete en la infancia



Espacio para el psicoanálisis (por Luciano Lutereau) El destete en la infancia

Luciano Lutereau (*)

 

El destete no es lo mismo que dejar la teta. Sí, lo digo nuevamente: es posible que un niño sea destetado y, sin embargo, continúe amamantando junto con su madre. En efecto, hoy en día ocurre que muchos niños ya no se desteten con la teta, sino más tardíamente, a partir de la alimentación con sólidos -por eso repentinamente desarrollan una forma selectiva de comer (pasan a querer comer cada vez menos cosas)-, por la que muchos padres consultan preocupados y, sin embargo, se trata de un periodo normal del crecimiento.

 

Comienzo con esta idea, porque me resulta ofensiva la cantidad de prejuicios que hoy en día hay en torno a estas cuestiones y que buscan incidir en el modo en que una mujer debe amamantar a su hijo. Desde mi punto de vista, nadie puede decirle a nadie como criar a su hijo. Los conceptos no son para decirle a nadie lo que tiene que hacer, sí para entender ciertas manifestaciones que, de otro modo, permanecerían como enigma.

 

Pero así como no hay conceptos que digan que hay que dejar de amamantar, tampoco los hay que prescriban que haya que hacerlo. En serio, dejemos que cada mujer descubra sin culpa la manera en que quiere criar a su hijo. Descubrir ese lazo singular es lo único saludable.

 

Pasemos ahora sí a algunos conceptos. El destete no es separarse de la teta, sí de la succión. Dicho de otra manera, un niño destetado es ese para el que el mundo ya no es una extensión de su boca. Esto es algo que se verifica de manera habitual, por ejemplo, cuando al dormir empiezan a hacer un gesto particular, parecido al rechinar de los dientes, parecido a veces a un tic (pero sin serlo), que muestran cómo el cuerpo se vuelve objeto de una satisfacción en sí mismo. Esta erotización generalizada del cuerpo es un efecto del destete y la antesala de la masturbación -con la que se recortará una parte específica del cuerpo, para separarse del erotismo generalizado.

 

Por otro lado, el destete también conduce a la activación del apoderamiento. En este punto es como si los niños ejercitaran una venganza saludable, que se comprueba al decir “Yo puedo” o “Yo solo”. De esta manera es que el bebé pasa del “ser” al “hacer-con”. El destete, entonces, es separarse de la pasividad; a tal punto que para el bebé el inicio de la actividad tendrá como punto de llegada dos grandes logros: empezar a caminar y la preparación para el control de esfínteres. Esto es algo que clínicamente se advierte de manera más o menos constante: que niños que se destetaron tardíamente empezaron a caminar más tarde; que hasta que el destete no es efectivo, el control de esfínteres es impensable.

 

El destete, por lo tanto, prepara un nuevo mecanismo psíquico (que ya no es la incorporación, propio de la succión), el de reproducir activamente lo vivido primero de manera pasiva. Separarse de la pasividad, por ejemplo, conduce a que el bebé empiece a interesarse por las distintas partes del cuerpo del otro, sobre todo con el desarrollo del tacto. La sensibilidad táctil es otro de los efectos del destete.

 

Asimismo, la aparición del “hacer-con” -de la que hablé antes- le imprime a la relación con el hijo un sesgo particular: se puede disfrutar de hacer cosas, juntos; el niño así se convierte en un potencial compañero. En este sentido es pensar que el destete es una reelaboración de la dependencia de origen.

 

Los profesionales hemos tenido todos estos años una visión muy adaptativa del destete, quizá demasiado normativa y, por suerte, las madres no han enseñado (a partir de la experiencia clínica de observación de bebés) a pensar de manera distinta algunas cuestiones.

 

Ya no es apropiado plantear que el destete se encarga de frustrar al niño, que se debe separar al niño de la madre y otras ideas que antes se repetían de manera irreflexiva y sin mucho fundamento. El destete es para separarse de la succión y, por cierto, que esta separación es fundamental, por las diversas consecuencias que mencioné en este artículo. Que cada quien atienda a cómo y cuándo su hijo realiza este paso, a sabiendas de que poco tiene que ver este acto de amamantar.

 

(*) Psicoanalista. Doctor en Filosofía y Doctor en Psicología por la UBA. Coordina la Licenciatura en Filosofía en UCES. Autor de los libros ‘Más crianza, menos terapia‘ (2018) y ‘Esos raros adolescentes nuevos‘ (2019).




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