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Sábado 08.06.2019 - Última actualización - 18:54
18:50

Peisadillas

Ser y Edad

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Foto: Archivo El Litoral




Peisadillas Ser y Edad

Carlos Mario Peisojovich (el Peiso)

 

Las Peisadillas no tienen tiempo, si bien trato de ordenarme linealmente a los hechos que se suceden, desfalleciendo en el intento de ordenar cronológicamente los sucesos, o al menos respetando los límites demarcados del razonamiento uniformemente continuo, es obvio que mi discurso mental no sigue por la recta razón de la lógica... porque señores/as, las Peisadillas son sueños con aroma a realidad, o al “vesre”, ¿capiche?


Todavía, y si los músculos me lo permiten, me gusta hacer cabriolas, en mi caso apenas un contrapaso sin marcapasos, despliego mi histriónico y sobreactuado traspasar por la senda peatonal de las avenidas, y voy imaginando la cara de esos pasmosos automovilistas, ansiosos, pie en el acelerador, crispados dedos al volante, esperando con irascible zozobra y mirando incrédulos y desencajados por una risa inoportuna, viendo a este septuagenario clown de mesas de café, obligado interlocutor de peatonal y esquinas, de anecdotario vivo y viviente, paseando como si estuviera en una gran plaza, manos detrás de la espalda, mirada afable, bronceado perenne, y risa constante y sonante, de pago efectivo a la orden.


Si ves pasar a este viejo loco, no te olvides que mi única propina es la sonrisa compartida, el “peisoooo”, “peisappinggg” o simplemente el cabeceo de saber que vos estás ahí, y yo aquí, pero que ese instante fue nuestro, aunque nunca nos crucemos otra vez, aunque nunca sabré tu nombre, ese fue nuestro momento, y que de eso se trata la vida, mi vida.


Hace poco me enteré (en esta época de estratificar la edad, la forma, el pensamiento, etc.), que yo estoy dentro del rango de los que ahora le llaman “Perennials”, y que está dentro de esa edad difusa -digo difusa porque es la edad en la que nuestra mirada se vuelve brumosa- entre los cuarenta y los sesenta y larguísimos o más años, ahí entran los “pendeviejos”, los cuarentones de viejazo exagerado, el viejochotismo adaptado a las nuevas tecnologías, el viejo verde autocensurado, el geronte asumido, los dinosaurios eternos y otras comunidades etarias que aglutinan en su seno a nuestros congéneres adultos que evaden la decrepitud del paso del tiempo con espíritu y actitud joven y algún que otro Sildenafil (la pastillita azul, la de las “VIejitas AGRAdecidas”). La característica principal de aquellos que están dentro del rango de “Perennials” es que el concepto de edad no tiene ningún tipo de importancia, la edad está, sí, pero solo cuantitativamente, es un número solamente, un número abstracto; la verdadera edad está en cómo se siente uno interiormente. Para mí no son otra cosa que viejitos/as piolas, (y aquí surge la primera grieta etaria, los que no son “Perennials” no saben del significado de “Piola”...); somos, porque me incluyo, esos viejos que aún tenemos proyectos, que asumimos desafíos, que tenemos una visión optimista de lo que vendrá, una visión romántica de lo que pasó, y una actitud positiva ante la experimentación personal del cuerpo a través de métodos saludables y novedosos.


Si uno habla con los nietos, inmediatamente nos damos cuenta que estamos mucho más cerca de ellos que de nuestros hijos, ellos, nuestros nietos, nos ven como su par, comparten el mismo humor soez, frontal y desfachatado que tienen los pibes de hoy y de siempre, la diferencia radica quizás en otro sentido, en la especial devoción que ellos tienen por los aparatos y las nuevas tecnologías, los guachos no saben poner un disco, o ven un “combinado” o un “pasacassettes” y les parece algo de las películas de ficción; ellos ven “los ochenta” como si fuera un planeta del sistema solar, allá lejos y a años luz de la cultura del “ahora mismo”, de lo veo, lo descargo, lo disfruto y lo deshecho; pero sin embargo, nosotros supimos adaptarnos a esa cultura joven, la admiramos y la compartimos, y ellos nos la comparten, sin inhibiciones, nos meten dentro de sus chanzas, nos hablan “irrespetuosamente” de “vos”, del “vamos”, del “vení”, del beso con abrazo y no de la agachada de cabeza y del separatista “señor”. Ellos son parte de la fuerza y energía vital que corre por nuestras venas avejentadas. Soy Perennial. Soy el Peiso. Soy y vivo. Porque para ser no pienso en la edad. Y si me ves reír hablando de cosas serias, es porque soy cultor de que la seriedad no tiene que estar reñida con el buen humor. Mucho menos con el buen amor.




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