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Lunes 17.06.2019 - Última actualización - 21:19
21:16

Mirada desde el sur (por Raúl Emilio Acosta)

No podemos escapar de Discépolo

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Los hermanos Armando y Enrique Santos Discépolo describieron el “ser nacional”, allá por 1920... Lo tremendo es su continuidad en el alumbrar del 2020. Demasiado tiempo después. Foto: Archivo El Litoral




Mirada desde el sur (por Raúl Emilio Acosta) No podemos escapar de Discépolo

Raúl Emilio Acosta

 

Conocidos los resultados en la provincia de Santa Fe y las intendencias del sur y prontos a las nominaciones para las listas legislativas nacionales, aparece una conclusión: no podemos escapar de Discépolo.

 

Es cierto que los hermanos Discépolo refieren su relato, su queja, su universo literario a Buenos Aires, el inmigrante, la pobreza, la traición, la soledad, el desengaño y el desencanto. El río, la montaña, las alturas de América difieren del puerto, pero Argentina, el sur santafesino dentro de ésa Argentina, adquirió la cultura portuaria. La hizo suya.

 

No es menos cierto que el arquetipo de personaje urbano no escapa de aquel que pintan, a su modo, los dos hermanos. Vamos, cuando “Charlie” dice “quien sabe Alicia este país...”, no hace nada más que continuar a Discepolín. “Te vi, yo no buscaba nada y te vi”. Fito igual. Y nada que decir de Lito: “solo se trata de vivir”.

 

Con Armando la pieza fundamental del teatro nacional: Stéfano. Solo habrá empate con German Rozenmacher y su “Réquiem”, mucho después. Con Enrique, su hermano menor, el lenguaje escapa y se convierte en sarcasmo, queja, denuncia, finalmente dogma.

 

ORIGINALES PORDIOSEROS

 

Enrique nació en el barrio porteño de Balvanera y murió en el mismo barrio de un ataque al corazón, 50 años después.

 

Tras fallecer sus padres, su hermano, Armando Discépolo, 14 años mayor, se convirtió en su maestro y le descubrió la vocación por el teatro. Con él dio sus primeros pasos como actor en 1917. En 1918 escribió sus primeras obras de teatro. Prosiguió escribiendo para el género teatral y al mismo tiempo, en 1925, compuso la música del tango Bizcochito y la letra y la música de Que vachaché. Este es el punto de cruce. “El verdadero amor se ahogó en la sopa, la panza es reina y el dinero es Dios”...

 

Varias veces insistí, esta es otra oportunidad, que al aparecer este tango en ese año, el 1926, donde también aparecen textos de Álvaro Yunque, Raúl González Tuñón, Güiraldes, Borges, Manzi, Roberto Arlt -puede aceptarse la exageración-, allí nacemos al Siglo XX con una literatura particular. Su hermano Armando define, después de Vacareza el teatro argentino. El otro hombre argentino. En Stéfano este texto:

 

EL SER NACIONAL

 

“ALFONSO: (Asiente) -Ah. En cada hijo crece un ingrato. Lo pide todo e cuando lo tiene... lo tira. (Stéfano es alto, fornido, pero está en plena decadencia física. Agacha ya los hombros y carga el andar en las rodillas. Tiene las mejillas flácidas y el cuello flaco, con magrura de sufrimiento; la frente amplia deprimida en las sienes. Al echar hacia atrás los cabellos ondulados que le blanquean, su ademán asegura que los tuvo abundantes. La ‘embocadura’ del trombón le ha deformado el centro de su labio de bigotes castaños. Sus manos son amables, elegantes, virtuosas. Usa un anillo de piedra oscura en el anular izquierdo. Serio, parece que llorara y al sonreír -que sonríe fácilmente, hasta cuando va a llorar-, sus ojos de párpados pesados se agrandan expresivos, socarrones. No es débil y se le ve qué control lo domina al soportar una injusticia o una desgracia. Apasionado es desmedido y en la ira debe ser feroz. En la soledad decae con tristeza aplastante. Viste saco negro, cruzado; pantalón de fantasía sobre el botín de elástico; cuello bajo duro o palomita y corbata hecha, con alfiler. Su galera no tiene sitio constante. Al entrar la trae sobre una oreja... Debe haber caminado mucho, solo, ajeno a todo. Va a volverse, pero su mesa iluminada le sorprende. Mira con fastidio hacia izquierda. Se acerca a los papeles y los observa con disgusto creciente). STÉFANO (Amenaza darles un manotazo) -Basura. (Se aparta echándose el sombrero sobre la otra oreja. Ve a los viejos que se inquietan en el rincón oscuro.) ¿Quién se ha muerto?... Parece que estuvieran oyendo una marcha fúnebre... (Solfea la 3a de Beethoven) ¿Qué tienen?”. Esta es su descripción del personaje nacional.

 

Ahora su pensamiento: “STEFANO -Nada. E la caída de este peso cada ve má tremendo é la muerte. Sémpliche. Lo único que te puede hacer descansar es l’ideale... el pensamiento... Pero l’ideale (Se esfuerza por ser claro. Es posible que sin saberlo se esté burlando) es una ilusión e ninguno ha alcanzado. Ninguno. (Don Alfonso lo mira por entre las cejas) No hay a la historia, papá, un solo hombre, por más grande que sea, que haya alcanzado l’ideale. Al contrario: cuando más alto va meno ve. Porque, a la fin fine, l’ideale es el castigo di Dio al orguyo humano; mejor dicho: l’ideale es el fracaso del hombre”.

 

No es mi propuesta advertir que van en paralelo dos hermanos inmigrantes, la desilusión, el país, el crac del ‘29 porque sería ocioso. Fue así. Lo tremendo es la continuidad de ese texto de Stéfano (escrito por Armando) y los tangos de Enrique en el alumbrar del 2020. Demasiado tiempo después.

 

DATOS MÍNIMOS

 

Enrique en 1928 compuso el tango Esta noche me emborracho (“fiera venganza la del tiempo que le hace ver desecho lo que uno amó”... “sola, fané, descangallada”), popularizado por Azucena Maizani.

 

Más tarde, entre 1928 y 1929, escribió Chorra, Malevaje, Soy un arlequín y Yira, yira, entre otros (“aunque te quiebre la vida, aunque te muerda un dolor, no esperés nunca una ayuda, ni una mano, ni un favor...” eso advierte en Yira, Yira).

 

En 1935 viajó a Europa y a su regreso se vinculó al mundo del cine como actor, guionista y director. Simultáneamente escribió y compuso sus tangos más notables Cambalache (1934, “que el mundo fue y será una porquería”...), Desencanto (1937), Alma de bandoneón (1935), Uno (con música de Mariano Mores, 1943 “si yo tuviera un corazón, el mismo que perdí...”) y Canción desesperada (1944).

 

En 1947, después de una gira por México y Cuba, compuso Cafetín de Buenos Aires (1948 “si sos lo único en la vida que se pareció a mi vieja...”). Durante los siguientes años continuó produciendo películas, obras teatrales y tangos, algunos de los cuales fueron estrenados después de su muerte. Finalmente, el 13 de abril de 1951, estrena y protagoniza su última película como actor, dirigida por Manuel Romero, llamada El hincha. Ese año muere.

 

“¿Qué sería de un club sin el hincha? Una bolsa vacía. El hincha es el alma de los colores. Es el que no se ve, el que se da todo sin esperar nada. Eso es el hincha... ESO SOY YO... ¿Y para qué trabaja uno si no es para ir los domingos y romperse los pulmones a las tribunas hinchando por un ideal? ¿O es que eso no vale nada?”... “¿Que sería del fútbol sin el hincha?... El hincha es todo en la vida...”.

 

El hombre que imaginó Armando y las vicisitudes que describió Enrique son, todavía, el “ser nacional”. Las elecciones, las listas, los personajes tienen ese origen. Ni bien ni mal. Simplemente sucede.




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