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Domingo 30.06.2019 - Última actualización - 10:39
10:37

Hay respeto y algo de temor si Messi se despierta…

Nos tienen miedo? ¿Será?

El gran choque de semifinales que estaba predestinado para ser una probable final, encuentra a una Brasil que juega mejor pero eso, en esta clase de definiciones, pasa a ser relativo. Y si no, pregúntenle a Colombia y Uruguay, que se marchan invictos en los 90 minutos de los cuatro partidos que cada uno disputó.

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Hay respeto y algo de temor si Messi se despierta… Nos tienen miedo? ¿Será? El gran choque de semifinales que estaba predestinado para ser una probable final, encuentra a una Brasil que juega mejor pero eso, en esta clase de definiciones, pasa a ser relativo. Y si no, pregúntenle a Colombia y Uruguay, que se marchan invictos en los 90 minutos de los cuatro partidos que cada uno disputó. El gran choque de semifinales que estaba predestinado para ser una probable final, encuentra a una Brasil que juega mejor pero eso, en esta clase de definiciones, pasa a ser relativo. Y si no, pregúntenle a Colombia y Uruguay, que se marchan invictos en los 90 minutos de los cuatro partidos que cada uno disputó.

(Enviado Especial a Río de Janeiro, Brasil)


 

Mientras Uruguay y Colombia se marchan invictos (no perdieron en los 90 minutos de los cuatro partidos que jugaron), nosotros, que fuimos, de las grandes potencias del continente, los que nos metimos “por el balancín del baño” a los cuartos de final, resultamos los únicos que clasificamos sin necesidad de recurrir a los penales. El segundo puesto en el grupo nos favoreció; el equipo respondió a la exigencia de evitar el papelón de quedar afuera por no ganarle a Qatar o por perder con Venezuela y acá estamos. El destino, que parece retobado y dispuesto a meter una y más muecas, nos pone ahora en semifinales en el camino de Brasil y nada menos que en el Mineirao, un estadio al que Brasil ya le practicó el “exorcismo” y al que volvió en las últimas Eliminatorias, justamente para propinarnos una paliza y ganarnos 3 a 0, en un partido en el que nos hicieron precio.

 

Pero acá estamos, todavía sin Messi en la plenitud esperada, con la firme posibilidad de repetir equipo de un partido al otro por primera vez después de años, sin una imagen colectiva que nos llene, pero acá estamos. Padecimos para entrar pero nos metimos en semifinales “mostrando credenciales”, como se suele decir en el fútbol. Y en la antesala de un gran partido.

 

Brasil es un clásico para Argentina y hay una vieja consigna futbolera: “los clásicos no se juegan, se ganan”. Pero para no depender de la suerte o de la fortuna, como nos pasó en Italia ’90, hay que jugar lo mejor posible, bien si se puede, con eficacia defensiva y contundencia ofensiva, calificativos indispensables en la construcción de un resultado.

 

Uno palpita el respeto que hay por Argentina, la magia que despierta un Messi aún dormido en esta Copa y el hecho de que la impresión es que los brasileños querían enfrentar a cualquiera menos a Argentina, al menos antes de la final. El fixture no era complaciente con el que saliera primero de ese grupo B (el nuestro). Ganarlo implicaba jugar con el segundo de un grupo en el que Uruguay y Chile tenían las chances de ocupar esa posición. Y salir segundo, como nos tocó, también nos ponía enfrente a un segundo. Brasil se vio en dificultades para ganarle a Paraguay; Uruguay y Colombia fueron las dos potencias continentales de hoy que quedaron afuera siendo invictas en el torneo y nosotros estamos acá, “vivitos y coleando”.

 

Hay que ser muy sinceros: Brasil ha mostrado hasta ahora que es más que Argentina. Pero también Uruguay y Colombia eran más que Perú y Chile y se quedaron afuera. Y mientras se siga discutiendo y polemizando con el VAR, el martes se juega un partido que el mundo quiere ver, una final anticipada de la que puede salir el que mejor se perfile para quedarse con la Copa América. Un partido en el que, al fin de cuentas, poco terminan contando los antecedentes. Si fuese por ellos, todo juega en contra nuestra. Brasil tiene más poderío, está mejor armado desde lo colectivo (aún con la ausencia de Neymar), es local y Argentina nunca pudo ganarle un partido oficial en su tierra.

 

Pero el respeto existe y el temor de que por fin aparezcan estos jugadores desequilibrantes que Argentina tiene, llámese Messi, aumenta esa sensación de intranquilidad que se nota en un pueblo brasileño bastante ambiguo respecto de Argentina: muchos nos ven como rivales a los que se le debe ganar siempre y otros tienen un respeto casi ancestral, no exento de esos fundados temores.

 

Scaloni dijo que sabe cómo ganarle a Brasil. Antes de Venezuela aseguró que iba a tener más población de jugadores en el mediocampo, pero eso no se dio. Fue más eficaz en el lugar en el que se definen los partidos, o sea en las áreas. Pero, en el juego, las dudas respecto de cómo hará Argentina para contrarrestar a Brasil no se pueden soslayar.

Autor:

Enrique Cruz


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