https://static.ellitoral.com/img/logo-litoral.png El Litoral
El Litoral
Domingo 14.07.2019 - Última actualización - 15.07.2019 - 15:16
20:09

La historia de Hipólito (por Martín Duarte)

Leer como derecho ciudadano



La historia de Hipólito (por Martín Duarte) Leer como derecho ciudadano

Por el Prof. Martín Duarte.

 

El héroe de Malvinas

 

Hipólito tiene 59 años. Vive en el norte de nuestra ciudad por calle Misiones. De pequeño, con su padre, en las islas entrerrianas, de dedicó a la cría de ganado. Siempre le ha gustado bailar folklore con sus pilchas guachas. Alguna vez domó potros salvajes en las jineteadas. Hizo la colimba en la década del ‘80; integró el grupo de Artillería Pesada 121 de La Paz (Entre Ríos). En el ‘82, combatió en Malvinas como tirador de cañones. Una bomba enemiga lo dejó fuera de combate: el explosivo -entre otras cosas- le voló la dentadura y lo dejó casi sordo (actualmente usa audífono). Los apresaron los ingleses el 14/6/82. El 19/6/82 volvió a territorio argentino. Recién le dieron la baja del ejército el 5/8/83. Se casó en el ‘84 y se vino a vivir a Santa Fe. Crió tres hijos que hoy tienen 31 (es chef), 26 (estudia psicología en la UADER) y 17 años (está en quinto año del secundario y planea hacer la carrera de enfermería). Después de la guerra, se empleó en la construcción, en un frigorífico cocinando morcilla, en una cooperativa preparando huevo en polvo de exportación. Aprendió el oficio de plomero, gasista y electricista. En los ‘90, trabajó durante cuatro años en la cocina privatizada de uno de los hospitales santafesinos como cocinero; había sido contratado luego de pasar un examen práctico de selección de personal; un día, su jefe de planta le comunicó que -lamentablemente- estaba despedido ya que representaba un riesgo tener un empleado que no sabía leer ni escribir preparando los alimentos de los hospitalizados. ¡El héroe de Malvinas no estaba alfabetizado! No había asistido nunca a una escuela: primero, porque, cuando era pequeño, le quedaba muy lejos; luego, porque tenía que trabajar para mantener su hogar. Con la ayuda de su pensión como excombatiente tuvo un alivio económico y recién en 2015 aprendió sus primeras letras en la Escuela “José Hernández”. Hoy está en séptimo grado, es el abanderado. Es mi alumno de inglés allí. Cuando me contó toda esta historia que he resumido, lo primero que me vino a la cabeza fue: ¿Cuántas cosas pudo hacer Hipólito sin estar alfabetizado? ¿Cuántas más podría haber logrado si la lectura y la escritura hubieran llegado a su vida en tiempo y forma?

 

Leer y escribir como derechos ciudadanos

 

En “El arte de la mediación: espacios y estrategias para la promoción de la lectura”, Beatriz Helena Robledo sostiene que la lectura y la escritura son considerados hoy en día como prácticas sociales y culturales, elevadas a la categoría de derechos ciudadanos. Hay un acuerdo general entre los diferentes sectores relacionados con este campo en que definitivamente una persona del siglo XXI que no sepa leer y escribir es una persona excluida de los procesos básicos de participación que le permiten tomar decisiones relacionadas con su vida individual, cultural, social y política. De allí la importancia que cobra no solo la alfabetización, sino, y sobre todo, la formación de lectores críticos, autónomos y con capacidad de hacer diversos usos de la cultura escrita a favor de sí mismo y de los demás. De allí la necesidad de buscar diferentes alternativas -tanto desde lo público como desde lo privado- para facilitar el acceso a los materiales de lectura y a sus diversos usos.

 

¿Cómo “alfabetizar” desde la escuela y sus “alrededores”?

 

En “Pasado y presente de los verbos leer y escribir”, Emilia Ferreiro afirma que la alfabetización no es ni un lujo ni una obligación: es un derecho. Advierte que estar alfabetizados para la escuela no es sinónimo de estarlo para la vida ciudadana. A su vez, explica que no resulta conveniente hablar de “lucha contra el analfabetismo” sino de “acciones destinadas a elevar el nivel de alfabetización de la población”: “ser parte de la cultura letrada” designa un continuo que va desde la infancia a la edad adulta y, dentro de la edad adulta, un continuo de desafíos cada vez que nos enfrentamos con un tipo de texto con el cual no hemos tenido experiencia previa.

 

Para Emilia Ferreiro, haciendo foco en los ámbitos educativos, se “alfabetiza” mejor cuando: se permite interpretar y producir una diversidad de textos (incluidos los objetos en los que el texto se realiza); se estimulan diversos tipos de situaciones de interacción con la lengua escrita; se enfrenta la diversidad de propósitos comunicativos y de situaciones funcionales vinculadas con la escritura; se reconoce la diversidad de problemas que deben ser enfrentados al producir un mensaje escrito (problemas de graficación, de organización espacial, de ortografía de palabras, de puntuación, de selección y organización lexical, de organización textual...); se crean espacios para asumir diversas posiciones enunciativas delante del texto (autor, corrector, comentarista, evaluador, actor...); se asume que la diversidad de experiencias de los alumnos permite enriquecer la interpretación de un texto; la diversidad de niveles de conceptualización de la escritura permite generar situaciones de intercambio, justificación y toma de conciencia que no entorpecen sino que facilitan el proceso; se considera que los niños piensan acerca de la escritura y no todos piensan lo mismo al mismo tiempo.

 

¿Qué implica leer?

 

En sintonía con lo dicho anteriormente, Graciela Montes sostiene que toda persona merece que la lectura forme parte legítima de su capital cultural, porque para quien vive dentro de una sociedad de escritura, no es lo mismo leer que no leer, no es lo mismo entretejerse y formar parte del tapiz que quedar mudo y afuera. Leer es algo más que descifrar -señala en “La gran ocasión, la escuela como sociedad de lectura”- aunque toda lectura suponga un desciframiento. Leer es construir sentido. No sólo se “lee” lo que está cifrado en letras. Se “lee” una imagen, la ciudad que se recorre, el rostro que se escudriña; se buscan indicios, pistas, y se construye sentido, se arman pequeños cosmos de significación en los que uno, como lector, queda implicado. Mucho antes de disponer del lenguaje, desde bebés, “leemos” el mundo que nos rodea; infatigablemente buscamos sentidos (el sentido siempre es una conquista personal). Si contamos con la ocasión adecuada, también podemos “escribir” o “inscribir” en palabras, ese mundo que hemos leído. En síntesis, analfabetos de significación no hay, somos todos constructores de sentido. Y, si nos dan la palabra, todos podemos sentirnos, al menos por un rato, “dueños del cuento”.

 

No hay dos lecturas iguales de un mismo texto

 

Remarca Graciela Montes que cada lector -en su tiempo y espacio, en su circunstancia personal concreta- construye su propia lectura. No hay dos lecturas iguales de un mismo texto. La lectura es resultado de un trabajo del lector, de sus afanes, sus hipótesis, sus riesgos. No es algo que se ingiere. No es sustancia que se administra. Ni ‘comida” ni “remedio”; no es consumo sino producción. El lector se coloca frente al texto, entra en juego con él y produce su lectura. Lo que lee no cae en el vacío sino en su espacio personal, en su universo de significaciones. Se va a ir tramando, entretejiendo con su cultura, sus códigos, su pasado de lecturas, sus anticipaciones, sus equívocos, sus deseos. Cada nueva lectura va a suponer una reestructuración de ese espacio simbólico, va a suponer una relectura de lo ya leído. Habrá cruces, evocaciones, contradicciones, ecos. En conclusión, nadie se hace dueño de un texto que no ha pasado por él; “entender” viene junto con “ser parte”, con “hacerse cargo”, con “apropiarse”, con trabajar para ligar eso que tiene uno ahí adelante a la propia vida, las propias significaciones acumuladas; sin ese trabajo de construcción personal todo texto seguirá siendo ajeno y resbalará por la atención sin dejar huella.

 

Una historia sin fin

 

Afirma Montes - coincidentemente con Ferreiro- que la historia del lector es una historia sin fin: ni se inicia en la alfabetización ni termina en la universidad (por marcar un punto). Siempre estará aprendiendo a leer. La historia de un lector se confunde con su vida. Por eso retomo el ejemplo de Hipólito: cuando lo llamé para pedirle permiso para hablar de él en este espacio, me contó que estaba leyendo el libro que Favaloro escribió sobre José de San Martín (“Cuando leés te ‘ablandás’ y se te abre la mente”); también me dijo que planeaba redactar y publicar su propia biografía porque quería comprender -entre otras cosas- por qué le tocó ir a Malvinas y por qué los tuvieron escondidos (a los soldados) durante tanto tiempo. Hipólito estaba haciendo los borradores de su autobiografía, estaba escribiendo -esta vez, literalmente- su historia.

 

¡El héroe de Malvinas no estaba alfabetizado! No había asistido nunca a una escuela: primero, porque, cuando era pequeño, le quedaba muy lejos; luego, porque tenía que trabajar para mantener su hogar. ¿Cuántas cosas pudo hacer Hipólito sin estar alfabetizado?

 

Nadie se hace dueño de un texto que no ha pasado por él; “entender” viene junto con “ser parte”, con “hacerse cargo”, con “apropiarse”, con trabajar para ligar eso que tiene uno ahí adelante a la propia vida, las propias significaciones acumuladas; sin ese trabajo de construcción personal todo texto seguirá siendo ajeno.




Lo más visto
Piden el archivo de una denuncia   por trata con fines electoralistas - La parrilada de Blas Parera al 9300 donde se produjo el trágico episodio -
#Temas de HOY: 25 años de la Reforma Constitucional  Elecciones 2019  Dólar Hoy  Superliga Argentina  Colón  Unión  

Recomendadas