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Jueves 25.07.2019 - Última actualización - 22:53
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Crónicas sueltas (por Rogelio Alaniz)

Las fobias de Alberto Fernández y las pesadillas de Moyano

 <strong>Foto:</strong> Archivo
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Crónicas sueltas (por Rogelio Alaniz) Las fobias de Alberto Fernández y las pesadillas de Moyano

Rogelio Alaniz

 

I

 

No me preocupa tanto que Alberto Fernández haya empujado a un borracho que lo insultaba. Me preocupan otras cosas del candidato kirchnerista, me preocupan, por ejemplo, sus relaciones con el periodismo o, para ser más preciso, su fobia indisimulable a los periodistas, y muy en particular, a los periodistas que le hacen preguntas que no le gustan. La impresión que da es que no puede controlarse, que la pulsión contra la prensa es superior a sus fuerzas. ¿No puede con su temperamento o no puede con su ideología? Yo diría que ambas variables se refuerzan mutuamente: una personalidad autoritaria y una ideología que no cree en la libertad de prensa. De mi colega Morales Solá pueden decirse muchas cosas, pero convengamos en principio que como conductor de un programa de televisión, sus preguntas se expresan en un tono coloquial, respetuoso, lejos del sensacionalismo y de los golpes bajos. Nada de ello alcanzó para que el Alberto le dijera en un momento de la entrevista que tenga cuidado con lo que diga porque más adelante puede llegar a arrepentirse. Michael Corleone no lo hubiera formulado mejor. Se dirá que la respuesta del dirigente K no incluye una amenaza física sino una advertencia sobre la profesionalidad de un periodista. En todos los casos, la respuesta es desmedida y si sus intenciones no eran amenazantes se expresó pésimamente, algo por otra parte difícil de creer en un candidato presidencial que desde hace años lidia con los periodistas y no puede disimular la antipatía que le despiertan. La conclusión a estas anécdotas es casi elemental: si ahora que está en el llano se comporta así, cómo será cuando ejerza el poder, si es que el pueblo decide votarlo en las próximas elecciones.

 

II

 

Si fuera asesor de Hugo Moyano, le diría que retire inmediatamente la denuncia contra Adrián Suar y Julio Chávez por haber filmado la serie “El Tigre Verón”. Y se lo diría con afecto y preocupación porque la denuncia no hace más que revelar que Moyano efectivamente cree que él es Verón, es decir, un dirigente sindical corrupto, prepotente, con inevitable dramas familiares porque ese estilo de vida que oscila entre el hampa y la mafia suele producir efectos letales en la familia. Moyano debería aceptar estos rigores de la vida como lo hicieron en su momento Al Capone o Lucky Luciano, quienes también estuvieron tentados de iniciar juicios a los directores de Hollywood por las películas en las que los protagonistas eran jefes mafiosos que inevitablemente se parecían mucho a ellos. El problema de la serie “El Tigre Verón” es su identificación casi lineal con lo que en la actualidad es la personalidad de un dirigente sindical argentino. Diría que la serie en cierto punto está más cerca de un documental que de una obra de ficción. Es más, agregaría que se hace muy, pero muy difícil para un guionista o un director tratar sobre la vida de un dirigente sindical sin apartarse de una realidad que se impone sin mediaciones. ¿O acaso es posible la historia de un dirigente sindical honesto, democrático, leal con sus afiliados? ¿Es posible una biografía de un gremialista austero, decente, como lo fueron allá lejos y hace tiempo los primeros luchadores sociales? No sé si la respuesta es un “no” absoluto a esta pregunta, pero sí sé que resulta muy, pero muy difícil hacer una película de dirigentes sindicales que se aparten de libretos al estilo “Nido de ratas”, “Hoffa‘ o, en el caso que nos ocupa, “El Tigre Verón”, para no mencionar, como al pasar, la crónica literaria escrita por Rodolfo Walsh, titulada “Quién mató a Rosendo” para referirse al dirigente metalúrgico Rosendo García, asesinado en una balacera entre sindicalistas peronistas en la mítica pizzería Real de Avellaneda. Retornando al Tigre Verón, está claro que las coincidencias con Moyano son inevitables: los dos son peronistas, los dos son prepotentes, los dos manejan el gremio como un feudo, ninguno de los dos puede dar una declaración jurada acerca del origen de sus bienes porque van presos. Es verdad, Verón se interesa por el box, mientras que Moyano lo hace por el fútbol; también hay algunas diferencias familiares, aunque algunos dramas se parecen. Entonces es verdad: Adrián Suar está contando la historia de Moyano. Diría que puede ser la historia de Moyano, pero también podría ser la de Luis Barrionuevo, Armando Cavallieri, Gerado Martínez, o el Caballo Suárez. Yo insistiré una vez más que en la Argentina de las patrias sindicales resulta prácticamente imposible filmar una serie, escribir una novela o representar una obra de teatro acerca de dirigentes sindicales, sin caer prisionero de esa realidad corrupta, morbosa que distingue casi sin variaciones a nuestros jerarcas sindicales.

 

III

 

¿Todos los dirigentes sindicales son iguales? Supongo que no. Hay diferencias no solo psicológicas, sino de valores e incluso de clase. Gremialistas más vinculados a las clases medias están obligados a ejercer prácticas más democráticas que gremios de trabajadores más rústicos, dejando para otra nota la indagación acerca del por qué de esas diferencias. De todos modos, y más allá de las diferencias de personalidad, el problema gremial de la Argentina reside, en primer lugar, en la estructura de un régimen sindical que sigue siendo tributario de las ideas que Benito Mussolini tenía al respecto, ideas que en nuestras playas desembarcaron de la mano de Juan Domingo Perón. Es esa estructura la que recrea las condiciones de este gremialismo autoritario y venal con jefes sindicales parecidos a capos mafiosos. Nunca me voy a cansar de repetirlo: una de las grandes derrotas de la democracia recuperada en 1983 fue no haber logrado sancionar la Ley Mucci que contemplaba la democratización de los gremios. La Ley Mucci lamentablemente no fue aprobada, pero a pesar de todo la democracia recuperó la libertad de expresión, esa libertad que hoy Moyano pretende jaquear porque considera que “El Tigre Verón” es un plagio de su vida, cuando en realidad no es más que un espejo en el que Moyano ve reflejada una imagen que le resulta familiar y desagradable. No es la primera vez en la historia que los hombres del poder se enojan con el mensajero porque no les gusta el mensaje; o se enojan con el director de cine porque no le gusta una serie que dice de ellos lo que son pero que ni ellos mismos están dispuestos a aceptar.

 

IV

 

Petros Markaris, el novelista griego creador del comisario Jaritos, sostiene en una entrevista que la novela policial en la actualidad es la que mejor permite reflexionar acerca de los problemas de las sociedades contemporáneas. La afirmación es interesante, pero admite diversas opiniones. A Markaris un escritor podría refutarlo diciendo que para las reflexiones sociológicas o políticas están los sociólogos y los politólogos, por lo que la literatura debería preocuparse por otras cosas, por indagar otros interrogantes de la vida a través de la percepción y el lenguaje. El debate es largo, porque en Markaris, por ejemplo, si la tarea de la literatura es pensar a través de imágenes, uno de sus nobles objetivos podría ser precisamente reducir a imágenes dramas sociales cotidianos como la corrupción política o sindical, los negocios empresarios, las tragedias de las inmigraciones, las peripecias del narcotráfico. Para discutirlo, pero mientras tanto no es arriesgado afirmar que en el futuro escritores como Andrea Camilleri, Vázquez Montalbán, Henning Mankell, Petros Markaris, Donna León, Ian Rankin y, por qué no, Georges Simenon, serían los testimonios de la comedia humana que esas generaciones leerán para conocer cómo era el mundo a fines del siglo veinte y principios del veintiuno, del mismo modo que en el siglo XIX los escritos de Balzac, Zola Dickens o Jane Austen, nos permitieron conocer la vida cotidiana de esos tiempos con una inquietud que solo la literatura, la buena literatura, puede lograr.

 

En la Argentina de las patrias sindicales resulta prácticamente imposible filmar una serie, escribir una novela o representar una obra de teatro acerca de dirigentes sindicales, sin caer prisionero de esa realidad corrupta, morbosa que distingue casi sin variaciones a nuestros jerarcas sindicales.

 

El problema de la serie “El Tigre Verón” es su identificación casi lineal con lo que en la actualidad es la personalidad de un dirigente sindical argentino. Diría que la serie en cierto punto está más cerca de un documental que de una obra de ficción.




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