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Domingo 28.07.2019
19:15

Espacio para el psicoanálisis (por Luciano Lutereau)

Niños del siglo XXI: ¿de la teta a la pantalla?



Espacio para el psicoanálisis (por Luciano Lutereau) Niños del siglo XXI: ¿de la teta a la pantalla?

Luciano Lutereau (*)

 

La primera relación de un niño con su madre es a través de un flujo continuo. El mejor símbolo de esa continuidad es la incorporación de la leche. Pero éste es sólo un símbolo, porque un niño bien puede dejar de mamar sin que eso introduzca el primer corte que, como suelo decir, no es con la madre sino con la succión.

 

En muchos niños a veces diagnosticados de autistas se trata de esa continuidad previa al destete; por eso su respuesta al tratamiento, cuando se empieza a trabajar en torno a discontinuidades, es tan buena. Eso demuestra que no eran autistas, sino que lo que se mostraba como tal era una fijación temprana, una inhibición en el crecimiento. Una continuidad elemental para estos niños es el piso, en el que suelen pasar bastante tiempo, como si no hubiera “otro lugar” (espacialidad que sólo el destete consigue); o bien cuando comen no mastican ni tragan, es como si sorbieran los alimentos, por eso los prefieren dulces y blandos.

 

Esta hipótesis también sirve para dar cuenta de otra serie de casos, aquellos que hoy se diagnostican como “mutismo selectivo” (niños que no hablan más que con sus padres) en los que no se trata de un rechazo del lenguaje, sino de un uso de la palabra que rechaza la discontinuidad de otros interlocutores; una palabra que no funda exterioridad (como la que usan aquellos más grandes que sólo pueden hablar en contextos de mucha intimidad y le temen a la voz pública; también son casos de destetes mal atravesados, a veces consiguen hacerlo en análisis). Lo interesante y problemático es cómo se han propuesto diagnósticos apresurados donde a veces faltan lecturas clínicas.

 

Por otro lado, a veces los adultos nos preocupamos de que los niños jueguen en la Tablet (celular o Play) con juegos violentos, pero no tenemos que olvidarnos de que el destino principal del juguete es la agresión. Antes que para jugar, un juguete es para ser agredido. Así es que los niños rompen sus autitos, revolean por la ventana muñecos, etc. ¿No tuvimos que decir mil veces ‘Si lo rompes no te compro otro’ o ‘Más despacito’ como si el juguete fuera principalmente un objeto sobre el que descargar una fuerza? Un niño en extremo cuidadoso con sus juguetes no es sano. Lo normal es la agresión exteriorizada, que puede ser deliberada o camuflada (incluso para quien la practica) como torpeza. La pregunta, entonces, es ¿cómo se proyecta la agresión del juguete en las pantallas cuando no tiene un soporte material de ejercicio sino visualmente o cuando se destruye la experiencia? Porque con el juguete roto se puede jugar o se lo arregla, pero la pantalla rota cae fuera de registro.

 

Asimismo, a propósito de los niños y las pantallas, me parece importante pensar no sólo la relación de ellos con los objetos tecnológicos, sino también nuestra costumbre de fotografiarlos, filmarlos, a veces incluso de manera compulsiva, para subirlos a redes. ¿Qué relación esperamos que tenga con la pantalla un niño que fue visto sobre todo a partir de una? A veces se trata de casos extremos, es decir, ¿si la pantalla termina siendo una condición para que un padre/madre vea a su hijo? Ese pasaje por la imagen como condición, para poder ver a un niño como hijo, ¿no termina produciendo que éste sienta un poco de la pantalla también? A mí no deja de sorprenderme cómo la canción que dice “Vamos a la playa, a curar el alma, deja la pantalla” le gusta tanto a los niños. ¿No será un mensaje que nos devuelven? Recuerdo el caso de un niño que en la plaza le dijo a su madre de jugar en la arena “pero en este rato no vale usar el celular”, dijo el niño. Me encantó cómo lo dijo como una condición lúdica... ¡para el adulto! Menos divertido me parece el caso de ese niño que una vez dijo que le gustaba visitar a su terapeuta porque es la única persona que le habla sin un teléfono en la mano.

 

(*) Psicoanalista. Doctor en Filosofía y Doctor en Psicología por la UBA. Coordina la Licenciatura en Filosofía en UCES. Autor de los libros “Más crianza, menos terapia” (2018) y “Esos raros adolescentes nuevos” (2019).

 

Me parece importante pensar no sólo la relación de los niños con los objetos tecnológicos, sino también nuestra costumbre de fotografiarlos, filmarlos, a veces incluso de manera compulsiva, para subirlos a redes. ¿Qué relación esperamos que tenga con la pantalla un niño que fue visto sobre todo a partir de una?




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